Enfermeras narran la cruda realidad que viven por el coronavirus

¿Enfermeras o héroes? Una pregunta angustiante

Por AP

Los paramédicos llevaban a otro paciente del COVID-19 en estado crítico a la sala de emergencia y la enfermera de Chicago Cynthia Riemer sentía la adrenalina fluir.

“Se te acelera el corazón”, relata. “Piensas, ‘¿cuánto nos toma entubarlo de forma rápida y segura?’. Porque si no lo hacemos en los próximos cinco o diez minutos, puede dejar de respirar. Piensas, ‘¿cuál es el próximo paso? ¿Necesitamos más ayuda?’ Cuanta más gente hay en la sala, más expuesta estás, por lo que el personal permanece del otro lado de una puerta de vidrio y tu pides, ‘¡tráiganme esto!, ¡tráiganme aquello!’”.

Su equipo protector: Un delantal amarillo que le dio el hospital, fundas para los pies y una máscara N95. Además de una máscara de soldador que, según dice, “ayuda a conservar lo que tenemos”.

Riemer tiene 41 años y es un poco más joven que una enfermera de una unidad de cuidados intensivos de Nueva Orleáns que falleció la semana pasada por el virus. Ella y otras colegas se hicieron enfermeras para ayudar a los que sufren, para salvar vidas. Pero ante la escasez de insumos, reglas que cambian constantemente y una ciencia que evoluciona, algunas se preguntan: “¿Me comprometí a ser una heroína?”.

Un enfermero de Baltimore que tiene cuatro hijos dijo que pensó en dejar su trabajo tras leer un informe científico según el cual el virus se puede contagiar no solo a partir de microgotas sino también a partir de partículas más pequeñas todavía aerosolizadas. Le preocupa asimismo la escasez de máscaras y la pobre planificación para una crisis.

“Nadie quiere ir a trabajar pensando que está jugando a la ruleta”, dijo el enfermero, quien pidió permanecer anónimo por temor a represalias de sus patrones. “Muy pocos de nosotros nos metimos en esto para ser héroes”.

Todos los días surgen nuevos interrogantes y los enfermeros deben decidir hasta qué punto están dispuestos a sacrificarse, comentó Cynda Rushton, profesora de enfermería y de bioética de la Universidad John Hopkins.

“¿Quién soy? ¿En qué creo? ¿Cómo conservar la integridad en medio de este caos?”, agregó. “¿Qué hago para poder verme al espejo al final del día?”.

Una enfermera que participó en un foro por la internet el 28 de febrero escribió: “La pesadilla es real. Llegó a casa”. Los comentarios del foro serán publicados en un informe una vez que pase la pandemia. El informe ya tiene un título: “Nunca más”.

Durante semanas, hospitales y clínicas han estado luchando para mantenerse a flote en medio de una enorme escasez de equipo protector del personal, incluidas máscaras N95, que frenan el 95% de las partículas que hay en el aire. Generalmente se descarta la máscara después de un uso, pero se está pidiendo a enfermeras y médicos que las limpien y las vuelcan a usar. Algunos usan una misma máscara toda la semana.

“Tengo muchas dudas”, dijo Amber Weber, de 38 años, enfermera del Centro Médico Luterano de Wheat Ridge, Colorado, que recibió entrenamiento para lidiar con pacientes del COVID-19.

“Más de uno en mi familia me dijo que deje esto, que no se justifica” el riesgo, dijo Weber, quien tiene dos hijos pequeños. Pero decidió seguir.

“No me hice enfermera para abandonar a mis pacientes cuando más me necesitan”, explicó. “O para abandonar a otros miembros del personal del hospital cuando se están ahogando”.

En Baltimore, la enfermera facultativa –autorizada a recetar medicinas– Katharine Billipp, de 38 años, trabaja con pacientes pobres, enfermos, que viven en albergues, carpas o edificios abandonados. Hace dos semanas su esposo empezó a toser y a sentir fiebre, clásicos síntomas de COVID-19. Se hizo la prueba correspondiente y se quedó en su casa a la espera de los resultados. Pasaron dos semanas antes de que le confirmasen que habían dado negativo. Dice que se sintió “totalmente inútil” en ese período.

De vuelta en el Health Care for the Homeless (Centro de Salud para Indigentes) donde trabaja, le dan una máscara por semana. Se la saca solo para tomar una taza de café.

“Volver a usar una máscara es un problema”, afirmó. “Se acumulan partículas durante todo el día”.

De todos modos, una máscara por semana es mejor que ninguna.

“Hay una zona gris en todo esto y es muy desgastante”, dijo Billipp. “Estamos en el frente del combate, sin el equipo apropiado, siendo posibles transmisores de la enfermedad”.

Reimer dice que “una no puede irse porque las cosas se complican. Esa no es una opción”.

En su tiempo libre cose máscaras para sus colegas.

“¿Qué si lloramos? Claro que lloramos”, expresó. “Nos irritamos, nos frustramos. Pero la mayoría de nosotras no va a ceder”.

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