La lucha de un paraíso llamado Flamenco

Su indeleble historia de redención, sus aguas más cristalinas que la pura verdad que la acompañan han visto la supervivencia transformarse durante todo un siglo

Por Hermes Ayala

Playa Flamenco, Culebra, Puerto Rico. Son las 7:00 a. m. de un día hermoso de noviembre de 2019. El sol le da su caricia cotidiana a la blanca arena, aunque para cualquier turista de escasa melanina, eso puede sentirse como un azote.

A esta hora, ya empieza a poblarse la playa con visitantes y uno que otro local. Tito Ávila Esperanza echa a freír varios de sus clásicos pastelillos. ¡Chhrrrrrrr!, ruge la onomatopeya del aceite hirviendo mientras caen los manjares rellenos de mariscos. El olor de la codiciada fritanga se casa con el aroma del café que emana del kiosko #6, que desde hace siete años atiende don Tito.

“Casi siempre, cuando llego, hay personas esperando que abramos el kiosco. ‘¡En 5 minutos ya está el café, el revoltillo, los pastelillos, los desayunos!’, así es que yo los saludos. Y arrancamos. Casi todos son visitantes, porque los locales cogen su break de desayuno como a las nueve, que es cuando llegan”, puntualiza don Tito, culebrense que vivió gran parte de su vida fuera de esta isla municipio que lo vio nacer y crecer, pero que regresó justo cuando en 1975 culminó una lucha de décadas, con la salida de la Marina de Guerra de Estados Unidos.

Con los apellidos de don Tito, se bautizó la carretera PR-251, que discurre desde el aeropuerto Benjamín Rivera Noriega de la isla municipio de Culebra hasta la playa Flamenco: carretera Hermanos Dávila Esperanza. Son cinco hermanos veteranos de guerra, y lo lleva con honra, pero son culebrenses antes que todo; no vacilan en mostrar su orgullo por aquel triunfo de su pueblo.

“Lo mejor que ha pasado como playa a Flamenco es que fue rescatada. Es el motor de nuestra economía. Antes, la playa de Flamenco no significaba nada, y cuando entrabas, era una maleza, era un monte, inutilizada por los ejercicios de guerra que aquí se efectuaban… Pero, mira, quien te puede hablar bien de eso es Benjamín. Él ha escrito como seis o siete libros de eso”, dice don Tito, ya en plena faena de mediodía, pues esos pastelillos no se fríen solos.

Carretera del sector Tamarindo, Culebra, Puerto Rico. Son las 12:30 p. m. y don Benjamín Pérez, uno de los héroes de la lucha contra la Marina, nos aclara que son 10 libros; don Tito falló por tres o cuatro.

“Por aquí la señal es muy mala, gracias por llamarme de nuevo. Pero mejor vente para nuestro taller Puerto de Palos, que ahí puedo hablarte mejor”, dice.

Explicamos lo inalcanzable que, para nosotros, desde la supuesta Isla Grande, es ahora mismo esa utopía, pero que eso no impedirá que se complete la misión de hacer una crónica sobre Flamenco, como nada impidió que don Benjamín y sus compueblanos cumplieran su deber hace más de 40 años.

“Fue para finales de octubre del 75, creo que el día 28, que acabaron de irse. Hubo una gran fiesta. Fue un día de júbilo, convertimos un imposible en realidad”, relata don Benjamín. Despliega sus destrezas de narrador experimentado, le sale natural recitar el compendio de esta lucha.

“Empezamos con 13 personas. Nos tildaron de locos, comunistas, que desistiéramos, que con el imperio de Estados Unidos no se podía. Pero caían bombas por todas partes. De momento, éramos 50. Cayó una bomba en el balcón de una casa, y en la próxima marcha, salieron como 150 personas. Los marinos se emborrachaban, hacían pocas vergüenzas de noche. El pueblo estaba ya harto. Hasta los gatos y los perros marcharon”, prosigue.

“Estuvimos en guerra de guerrilla, como desde el 67 hasta el 72. Nixon tiró la toalla y decretó que la Marina se tenía que ir de Culebra. La opinión pública se les había vira’o. Hasta en el Vaticano se discutía esto. Y eso que no había internet, ellos taparon muchas cosas, muchos abusos. A mí me arrestaron junto a 12 más. Pasé 92 días en el Oso Blanco”, suspiró.

La última bomba que explotó en Flamenco, dice don Benjamín, “fue en 1972, si no contamos las que luego han explotado. Allí dejaron un basurero”.

“Flamenco, como playa, abrió en el 80, porque había que limpiar bien ese campo de batalla”, dice. “Pero lo logramos. El pueblo puede cuando se une”.

Su indeleble historia de redención, sus aguas más cristalinas que la pura verdad que la acompañan han visto la supervivencia transformarse durante todo un siglo.

“Los tanques que hay allí así lo ejemplifican. Eso es mucho más que un pedazo de metal en la playa, eso es historia”, dice Juan Carlos Garabito, director de comunicaciones del Proyecto Flamenco.

Desde 1998, Juan Carlos no ha cesado de ser un culebrense. Uno es de dónde le toca estar. Gracias a un acuerdo colaborativo, luego del huracán María, entre la entidad Foundation For a Better Puerto Rico, la Autoridad de Conservación y Desarrollo de Culebra (ACDEC) y el municipio de Culebra, nació el Proyecto Flamenco. Enhorabuena, contra.

Al comenzar el cuatrienio del ahora exgobernador Ricardo Rosselló, a la ACDEC se le retiraron los fondos que por virtud de la Ley 66 de 1975 les otorgaba el Gobierno central, poco más de $200 mil, con la excusa de que era una entidad que podía generar sus propios ingresos. En Flamenco comenzaron los ajustes: $2 por persona para usar las instalaciones de servicios, $5 para estacionamiento de automóviles, $4 por carritos de golf, $3 por las motoritas.

“Había que mantener esta empleomanía, a Flamenco como el motor económico de Culebra. El acceso a la playa sigue siendo gratis, lo que se cobra es por los servicios. Pero los visitantes lo han entendido, saben el valor de Flamenco”, resalta Juan Carlos.

El consorcio entre Foundation For a Better Puerto Rico, ACDEC y el municipio no tardó en rendir frutos. Entonces, vino el huracán Irma, que le pegó de fuerte a Culebra, y las marejadas del huracán María. La playa quedó hecha añicos. Las dunas, el agua, el ecosistema fueron abatidos. De nuevo, el pueblo de Culebra —ahora con la ayuda de voluntarios de la Isla Grande y de otras partes del mundo— volvió a asumir una lucha. Entidades como Mujeres de Isla, la Asociación del Desarrollo Humano de Culebra y la Fundación Culebra, entre otras, trabajan día a día, hombro con hombro.

“Trabajamos mucho con voluntariado. Se nos unió Para La Naturaleza, con la rehabilitación de las dunas a cargo de Luisa Rosado Seijo. La arquitecta paisajista Rosana Vaccarino y el arquitecto estructural César Bobonis trabajan con el rediseño, la rehabilitación y la reconstrucción de las zonas de servicio de Flamenco. Reabrieron los kioscos, se están haciendo facilidades de cuidado médico. Esperamos que, para principios del 2021, Culebra tenga un servicio turístico cinco estrellas”, resume Juan Carlos.

El principal dilema ahora va lejos de las bombas de la Marina. Tiene que ver con la transportación marítimo-terrestre. Un jueves de fin de semana largo, Culebra —un municipio de 1,800 habitantes— puede recibir 600 personas, 600 más el viernes y 600 más el sábado si nos dejamos llevar por dos viajes diarios con 300 personas por lancha.

“Pero todos se quieren ir el domingo. ¿Por qué no entonces habilitar una lancha de mil personas? En mi carácter personal, creo que el problema grande parte de una transportación meramente de conectividad hacia la Isla Grande. No se piensa mucho en el turismo”, señala Juan Carlos, recordando que Culebra aún no está apto para poder tener un aeropuerto internacional y que los vuelos ahora mismo son de poca monta.

Sí, es harto conocido el desbarajuste que hay en la alicaída Autoridad de Transportación Marítimo-Terrestre (ATM). Pero, al igual que en Vieques, “los culebrenses son bravos”, como dice Juan Carlos. Y Flamenco es su bastión más sagrado.

“Sí, es una de las mejores playas del mundo. Es una maravilla de Puerto Rico. Pero Flamenco es mucho, mucho más”, indica.

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