Crónica: California no huele a Krippy Kush

El inicio de 2018 marcó la apertura de dispensarios de marihuana recreativa en el estado de California, Metro fue en búsqueda de uno para conocer cómo operan

Por Karla Figueroa-G.

El 2018 comenzó con la legalización de la marihuana para uso recreativo en California. Sin embargo, el que las palabras legalización y cannabis estén en la misma oración, no es sinónimo de que el estado tenga olor a marihuana.

Muchos creen que lo único necesario para comprar un buen porro es tener una identificación que compruebe la mayoría de edad, pero la realidad es otra: usted no puede bajarse de su auto y entrar a cualquier dispensario.

Visité cuatro dispensarios de marihuana en California. Solo en uno se nos permitió la entrada. En el primero, ubicado en la ciudad de Glendale, en un edificio de tiendas pequeñas y oficinas, no se me permitió entrar. Antes de poder llegar a la puerta, el oficial de seguridad del establecimiento se paró en seco y dijo: “Rec card and prescription”. Al ver que no tenía ninguna de las dos, dijo que solo vendían marihuana medicinal.

La segunda parada fue en Pasadena. En un dispensario algo escondido, sin letrero o timbre. Una cruz verde en su esquina me hizo saber que estaba en el lugar correcto. Llena de dudas empujé la puerta y, a mi entrada, un joven sentado detrás de un cristal me pidió la “rec card”. Otra vez fue imposible el hacer la transacción. Pregunté si era posible entrar solo con la identificación, “ya que la nueva ley está en vigencia”. Recibí un rotundo “no”.

Recogí a un amigo y él me acompañó a mi tercera parada: el famoso Fashion District de Los Ángeles. Entramos en un edificio blanco con su cruz verde sobre la puerta. Por tercera vez, un joven de seguridad nos pidió la “red card”. Al ver que no teníamos, nos informó que, en ese establecimiento, solo se pueden comprar “medicamentos”. Explicó que, para poder vender cannabis de forma recreativa, los dispensarios necesitan una licencia diferente. Luego nos dijo dónde sí la podíamos conseguir.

Según sus instrucciones, llegamos al establecimiento que nos recomendó. No había letrero. No había cruz verde. Los tintes oscuros de la puerta no permitían la visibilidad a su interior.
Abrimos la puerta, y entramos en un espacio con poca luz. Nos topamos con un guardia de seguridad sentado detrás de un cristal y un letrero que decía: “Por favor, tenga lista su identificación o pasaporte”.

“¿Primera vez?”, preguntó el hombre vestido de negro. Asenté con la cabeza y le entregué mi licencia de conducir. Él agarró mi identificación y nos puso en las manos cinco páginas grapadas. “Completen este documento”, dijo.

Luego de entregarle el panfleto con nombre en letra de molde en la primera y en la última página, 32 iniciales, la fecha de nacimiento y una firma al final, el caballero me entregó mi licencia, no sin antes pasar mi identificación por lo que puede ser un Scanner ID.

Desde su silla apretó un botón, y listo: oficialmente, nos abría la puerta a un dispensario de marihuana recreativa. Con una vibra rastafariana y con grafitis de colores en todas las paredes, este dispensario tenía unos cuatro empleados, quienes, al momento, estaban todos ocupados con diferentes clientes que pueden entrar y salir del lugar desde las 10 a. m. hasta las 11:45 p. m.

En las paredes se pueden ver los especiales diarios. Por ejemplo, los lunes puedes comprar una octava de marihuana por $25, mientras que los jueves de Thirsty Thursday, todas las bebidas con cannabis tienen 25 % de descuento. Los viernes, y bajo el nombre TGIF, los usuarios que ya son miembros reciben un cigarrillo de marihuana por un dólar cuando gastan $25 o más… y así, como mismo en la vida cada día tiene su afán, en el centro de la ciudad de Los Ángeles, cada día tiene su especial de marihuana. Ah, y ¿cómo olvidarlo?, todos los días hay happy hour a las 4:20 de la tarde.

Entonces, mientras miraba los letreros que prohíben las fotos dentro del establecimiento y exploraba la nevera llena de jugos, postres y hasta sushi con cannabis, uno de los empleados nos hizo saber que estaba listo para atendernos. En el mostrador había marihuana VIP, Private Reserve o Top Self. Un espacio en donde la palabra kush aparecía más veces que en una canción de Bad Bunny; y el término Moon Rocks estaba en tantas envolturas que yo lo quería buscar en Google.

En diferentes jarras habían “moñas” de un sinnúmero de cepas de marihuana. Mi amigo pidió que sacaran las jarras para poder notar la diferencia en olor, cristales, colores y hojas. “Ven. Siente la diferencia en olores… Mira la diferencia en colores”, me dijo mi acompañante con la misma cara de emoción que puso mi sobrina cuando fue a Disney por primera vez. Tenía razón, los olores eran diferentes, los tonos de violetas y verdes eran distintos.

En la misma vitrina había brownies, paletas, chocolates, barras de cereal gummy bears y aceites. De pequeñas gavetas sacaban los pre-rolls (cigarrillos de marihuana), lo único que me preguntaron era si quería índica, sativa o híbrida (una combinación de las dos cepas).

El empleado nos explicó que, por ser la primera vez que visitábamos el dispensario, teníamos derecho a ventas especiales como, por ejemplo, 3.5 gramos de marihuana Top Self y nuestra preferencia entre un pre-roll o un dab (wax de marihuana).

Había que tomar decisiones sobre qué comprar. Así que, con seguridad en mi exterior, pero muchas dudas en mi interior, compré dos pre-rolls, porque el letrero de cash only me hizo saber que el presupuesto eran los 15 dólares que tenía en efectivo.

Pagué. No me entregaron recibo. Echaron los dos joints en una bolsa blanca que dice prescription. “¿Dónde está el dab?”, pregunté. “Parece que eso es allá”, me respondió mientras señalaba una puerta abierta a través de la cual se veía un muchacho sentado en un sofá con su blunt en la mano.

“Come this way”, le dijo una empleada. Caminé. Pasamos la puerta y entramos a algo similar a una barra, pero sin alcohol. Estábamos en un smoking bar, pero se supone que no existan barras para fumar en California. Parte de mí gozaba de la experiencia. La otra parte escuchaba a mi mamá diciéndome que “la curiosidad mató al gato”. Pero nada, ya estábamos ahí.

La muchacha sacó una bonga transparente, pero con manchas que evidencian que por ese vidrio ha corrido humo. Le cambió el bowl (la parte donde se acomoda y se quema la marihuana). “¿Por qué le cambia eso?”, le pregunté (bajito) a mi partner in crime, que me respondió: “Es que la marihuana y el dab se fuman diferente”.

La mujer vestida de negro agarró un pequeño envase de cristal, y de este sacó algo parecido a la miel de abeja, pero mucho más espeso y de aspecto pegajoso. “Ese es el wax”, dijo mi amigo con emoción. Ella lo acomodó en el bowl, le pasó un poco de alcohol a la boquilla de la bonga y, con una antorcha de gas (sí, con una antorcha de gas), comenzó a quemar el dab hasta que logró derretirlo.

Mi amigó se pegó a esa bonga. Inhaló el humo. Lo botó como chimenea en Navidad y, aun con la opción de quedarnos a fumar en el establecimiento, decidimos que ya era hora de irnos.

Nos despedimos como si fuéramos clientes regulares. Salimos con olor a marihuana y con las bolsas blancas en las manos, que delataban nuestra procedencia. Un policía nos pasó por el lado. Miré a mi amigo. “Nena, cálmate”, me dijo. No pasó nada.

 

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