Ellos también festejaban. En medio de la calle San Sebastián, un grupo de amigos se reunió frente a la residencia 252 para celebrar la vida y la cultura.

Entre risas y recuerdos, entre el tema del huracán María y el servicio de la Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), este grupo de residentes gozaba de las tradicionales Fiestas de la Calle San Sebastián a su manera.

La mayoría lleva más de 25 años residiendo en el lugar. Dicen que no se han perdido ni una.

Aunque algunos residentes se van de la ciudad amurallada durante las festividades y otros alquilan sus residencias, otros se quedan para disfrutar de la tradición cultural que este año, evidentemente, han congregado menos personas que en ediciones anteriores.

Así se celebraban antes”, exclamó la escritora Magali García Ramis frente a la puerta de la residencia donde, también, celebraban el cumpleaños de la veterana periodista Yolanda Zabala.

Y es que estos vecinos han celebrado casi desde el inicio esta verbena rescatada a mediados de los años 70 por el historiador Ricardo Alegría y doña Rafaela Balladares de Brito.

“Originalmente, yo iba porque con mi hermano menor teníamos un taller de serigrafía y como por 20 años vendimos aquí en la calle. Para nosotros, las Fiestas de San Sebastián era cuando no venía casi nadie. Era una fiesta tan chula porque, además, todos los vecinos vendían desde sus casas de todo. El que hacía camisetas, el que hacía sandwiches, el que hacía frituras, era una cosa auténtica. A mí me encantan. Ya esto no es una fiesta de aquí, esto es el carnaval de Puerto Rico, literalmente. Yo jamás me he ido”, dijo la autora de Felices días tío Sergio y quien lleva viviendo unos 40 años en el Viejo San Juan.

Todavía hay algunos vecinos que perpetúan el folclor y sacan sus cuadros, sus camisas y sus artesanías para la venta.

Según comenzaron a llegar más personas a disfrutar de la ebullición cultural que cierra la época navideña, los gobiernos han ido tomando acción para regularlas. Sin embargo, hay tradiciones entre los “originales” que no se han perdido.

Los recuerdos

Una de ellas es la instaurada por Ramón ‘Monchi’ Almodovar quien lleva 30 años reglando pedazos de historia capturadas por su lente.

“Empecé cuando no había nada digital. Le tiraba fotos a mis amigos en las Fiestas, al otro año se las daba y le tomaba otra. Es un regalo que le hago a mis amigos. Este año va a ser el último. Cada vez es más difícil verlos”, contó.

En los comienzos, ‘Monchi’ citaba a sus amigos en la simultánea de ajedrez que se celebraba el último día de carnaval frente al negocio Aquí se puede. Allí, capturaba el tiempo. “Me acuerdo que no tenía flash y después que oscurecía no tiraba más fotos”, rememoró entre risas.

Siempre revela dos copias: una para entregarla y una para él. Tiene 30 álbumes de historia con los que desea realizar una exhibición.

“Esa foto es de hace tres años. No la había visto y se la entregué ahora. Si no te veo, el año siguiente te la entregaré”, comentó sacando de un bolso de mano un paquete de fotos que aún no ha podido dar.

Fiestas de la calle San Sebastián Uno de los regalos de "Monchi".

 

 

Durante las Fiestas se acostumbra a que un vecino abra su casa y venimos todos. Así era originalmente”, resaltó ‘Monchi’.

Este año, por haber menos cantidad de personas, les facilitó el esparcimiento por la calle. Sacaron siete sillas y tres mesas con galletas, embutidos, queso, cuatro tipos de salsa, vino y ron. De vez en cuando, alguien entraba a la casa por más comida o bebida.

En el hogar no solo estaban los residentes, sino que también decían presentes nietos e hijos.

“Nosotros las apoyamos, las disfrutamos, tenemos nuestros amigos y las vivimos en comunidad. Esa es una de las cosas hermosas del Viejo San Juan que, a pesar del aburguesamiento que ha habido –lo que llaman gentrification– todavía existe un espíritu comunitario donde compartimos a menudo. Aquí hay una comunidad y por eso estoy tan reacia a la comercialización de las fiestas porque va en contra de lo que representa el Viejo San Juan”, apuntó Wilma Reverón Collazo.

Este año se disputó en los tribunales la objeción a ordenanzas municipales que limitaban la forma de propaganda y la cantidad de anunciantes durante la festividad. Un juez federal falló en contra del municipio.

Los que faltan

Esta 48va edición son históricas, pues son las primeras en celebrarse luego del fatídico 20 de septiembre cuando el huracán María devastó a Puerto Rico. Quizás, esa sea una de las razones por la que la asistencia ha sido mucho menor.

“Todavía hay mucha gente que está lastimada por el huracán. No tienen dinero. Hay gente que sus ahorros los están perdiendo todavía comprando diesel y gasolina porque el gobierno ha sido tan equivocado en sus acciones que no ha podido suplir al país ni siquiera energía eléctrica”, sentenció García Ramis.

Para Héctor Candelas, residente de la capital por 25 años, el impacto de los huracanes –incluyendo a Irma– han golpeado fuertemente el ánimo de los puertorriqueños. Aunque palpa una merma, dice entender pues la situación en Puerto Rico es “crítica”.

“Nos gusta la tradición de salir con los cabezudos, de salir con todo el mundo a disfrutar, a fiestar. Y más este año, había que celebrar. Tú no tienes por qué quedarte encerrado en tu casa a sufrir”, apuntó Zabala.

Y es que, hace varios días, el debate de que si era conveniente o no celebrar la festividad se hizo latente. Mientras unos objetan que, por “respeto” a la devastación causada por los huracanes, las SanSe no se debían celebrar este año. Otros, se negaban a dejar morir la tradición.

“Porque quiera celebrar un rato [dicen] que uno es menos solidario y aquí yo te podría señalar la gente que, sin agua y sin luz, iban todos los días de voluntarios a llevarle confort a la gente mayor, a darle ayuda. Que esas personas que no han parado de trabajar se sienten un rato a tomarse un vino y ver pasar los cabezudos, ¿eso hace daño? Lo que hace daño es no tener esperanza”, soltó García Ramis.

“Hay que pensar también que todos los negocios se lucieron ayudando. Barra China daba desayunos a tres pesos. Café Cortés montó un espacio para que los nenes de la [escuela] Lincoln –que no tuvieron clase por dos meses– fueran a diario allí y los papás pudieran ir a trabajar. Ellos los atendían dándole clases de artes. Esas personas perdieron miles de dólares y cómo lo van a reponer, un poco con las Fiestas”, añadió la escritora.

De vez en cuando una que otra músico pasaba frente a la residencia y los vecinos movían sus cabezas, o sus hombros, o sus caderas, o sus piernas, al compás de la planea o la bomba. Reían. Conversaban. Bailaban. Disfrutaban.

Fiestas de la calle San Sebastián

Las disputas

No obstante, entre los residentes existen discrepancias sobre las medidas que han tomado las distintas administraciones capitalinas para regular la festividad. Quedó demostrado esta noche.

“Nosotros, definitivamente, no nos vamos. Nosotros siempre nos quedamos. Me parece que las Fiestas son una actividad espectacular. Yo hago cambios en mi agenda, el carro no lo saco, uso taxi o Uber, hago compra y me preparo”, relató el dueño de la residencia, Alexis Duprey Colón.

El residente se expresó enérgicamente en contra de la regulación del horario. “Ese tipo de prohibición raya en lo inconstitucional, hay que dejar que la fiesta corra naturalmente, pero con la seguridad y las medidas pertinentes. Una vez empiezas a limitar, vas a afectar las Fiestas. El año que viene se les antoja decir que son hasta las 9:00 de la noche. Yo venía de pequeño y todo estaba bien a cualquier hora. No hay que tenerle miedo a la noche ni a la madrugada”.

También, rechazó la ordenanza municipal sobre los estacionamientos. “Las calles son de todos. No puedo pretender que este cantito es mío porque vivo aquí”.

Sin embargo, ‘Monchi’ no comparte esas opiniones. A él le pareció una acertado que se limitara el horario hasta la medianoche cuando los comerciantes, so pena de multas, deben cerrar abruptamente sus negocios.

“Yo he sido víctima del vandalismo en mi casa. Se ponen a orinarse en la casa de uno. Yo tengo un estacionamiento y se metían ahí. A raíz de un incidente que hubo hace unos años, yo contraté seguridad y tengo una persona parada allí para que nadie entre”, reveló.

La noche continuó entre risas y carcajadas, entre conversaciones y silencios, entre saludos y despedidas.

“Ya mismo cerramos y nos vamos para allá, donde está la gente”, dijo Duprey Colón.

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