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Columna de Julio Rivera Saniel: "Los negros no tienen historia"

“Los negros no tienen historia”. Esa frase lapidaria marcó para siempre a Alfonso, un niño negro que confrontó a su maestro de escuela ante la total ausencia de las aportaciones, contexto histórico e influencias de los pueblos africanos llegados a Puerto Rico a la hora de construir nuesta identidad nacional. Esa respuesta resonó con fuerza en la mente de aquel pequeño, como de seguro continúa ocurriendo a diario en lo que supone una combinación peligrosa. Y es que el vacío se ocupa con desinformación, y esta a su vez desemboca en la perpetuación de la mentira como norma histórica.

Como aquella que se repite con insistencia año tras año en los libros de historia con los que se ha educado a generaciones de puertorriqueños. En ellos la aportación del negro a la identidad nacional puertorriqueña queda limitada a la anécdota, al folclor. Haga si no una búsqueda sencilla en la Internet. Le deseo suerte. Solo encontrá las líneas en las que esa aportación de la que hablamos queda reducida a un par de párrafos sobre el negro como esclavo.

Tal vez por ello el pequeño Alfonso decidió probar errado a su maestro, y, tras su mudanza y establecimiento en Nueva York, levantó el archivo más importante de la historia de la aportación negra a ese país.  Aquel niño no es otro que Arturo Alfonso Schomburg, irónicamente considedarado en Estados Unidos como uno de los padres de la historia negra, pero un desconocido en el país que le vio nacer. Un panorama que plantea en sí mismo una doble victimización de las aportaciones de los pueblos negros a nuestra historia nacional.

El reclamo de Schomburg para visibilizar esas aportaciones, hecho en pleno siglo XIX, sigue hoy igualmente vigente. Un reclamo que se valida ante la evidente invisibilización de prominentes figuras puertorriqueñas negras de nuestra propia historia. Por ello, como hombre puertorriqueño negro y en el marco de la conmemoración del Mes de la Historia Negra, se me antoja retomar esas aportaciones desde esta esquina.

Por demasiado tiempo y de manera institucional (quizá de manera intencional, quizá por un imperdonable olvido) el Gobierno ha invisibilizado las aportaciones de esos grupos negros que llegaron a esta isla a conformar parte de nuestra identidad nacional. Y lo ha conseguido obviando esas aportaciones de nuestra historia. La invisibilización destruye. Por tanto, lo que no existe en los libros queda borrado de la historia de los pueblos con el paso del tiempo. El resultado es una construcción artificial de nuestra propia historia, una que nos plantea como un pueblo exclusivamente blanco, sumiso, dependiente e incapaz.

Una historia en la que las aportaciones de los pueblos negros y sus descendientes queda circunscrita a lo folclórico. A la excepción. Figuras como el propio Arturo Alfonso Schomburg, considerado en Estados Unidos como uno de los padres de la historia negra de ese país, quien presidió la American Negro Academy y padre de la colección de historia negra que lleva su nombre en la biblioteca de la ciudad de Nueva York, venerado en Estados Unidos e ignorado en su propio suelo.

Personas como Juano Hernández, el primer actor puertorriqueño (negro) que se hizo de un espacio en el Hollywood de las décadas de 1940 y 1950, y que fue nominado entonces a un Golden Globe por su actuación en la cinta Intruder in the Dust. Responsable de un verdadero hito que abrió puertas para otros actores negros e hispanos. Ignorado por nuestra historia.

Personas como el muralista y padre del grafiti moderno Jean Michael Basquiat, reverenciado por el mundo del arte, ignorado por la historia del país de su madre. Figuras como Celestina y Rafael Cordero o José Campeche y tantos otros.

El respeto por nosotros mismos es solo posible tras el reconocimiento propio, la certeza de nuestro valor y aportaciones. No alcanzarlo nos coloca inevitablemente en la ruta de la no autoaceptación y la noción repetida de que lo que somos no es suficiente. Hoy, como Schomburg, me niego al discurso oficial que insiste en invisibilizarlos. A ellos, a todos, les celebro y agradezco. Hagámoslo todos.