Opinión: Checklist

Lea la opinión de Lilly Rivera

Por Lilly Rivera

Fractura craneal, huesos rotos, quemaduras de piel, moretones, cicatrices por heridas de arma blanca o de balas, embarazos no deseados, depresión, trastornos de ansiedad, mordiscos, cortaduras, rasguños, pérdida de conocimiento. Daños en los ojos o en los oídos, pérdida de función de extremidades, mala salud en general.

Angustia persistente, pensamientos o intentos suicidas. Llanto fácil, baja autoestima, confusión de la realidad, violencia sexual o contagio de infecciones de transmisión sexual, incluido el VIH. Intento de homicidio u homicidio. Todo esto y otras cosas terribles son las consecuencias que sufre la mujer que experimenta actos de violencia infligida por su pareja o expareja. ¿Y sabes quiénes más se afectan? Los menores, quienes también sufren serios daños emocionales o físicos, y en el futuro, pudieran ser personas violentas o ser receptores de más violencia o abusos y, con ello, perpetuar el problema.

Para reconocer la violencia hay que deshacer lo conocido. Hay que educarse, conocerse a uno mismo, aprender a identificar nuestros issues y buscarles soluciones razonables. Reconocer nuestras fortalezas de carácter que nos mueven a la prosperidad y al bienestar. Hay que tener amor propio y empatía. Mantener vínculos con la familia y amistades. Hay que entender que venimos a este mundo a amar, a ser amados, a producir y dejar un legado. Y comprender que la dignidad de cada ser humano es invaluable y se respeta. Pero claro, la violencia es compleja. Tenemos que bregar con factores que están ahí, percibiéndose como parte de la vida normal. La violencia infligida por la pareja no es una moda; es un grave asunto de salud pública a nivel mundial. Es la norma de una sociedad que no ha resuelto la desigualdad de género.

Criarse en una sociedad patriarcal en donde, desde pequeñas, nos han enseñado a obedecer a todas las figuras masculinas en la familia confunde a cualquiera. Únicamente cuando se es consciente de la gravedad de las consecuencias, a corto o a largo plazo, de la desigualdad y de la violencia, disminuimos el miedo, la culpa y la vergüenza de hablar, atender o resolver este tipo de actos.

La atención primaria —prevención desde edad temprana antes de que ocurra violencia—, tanto en las escuelas como en las comunidades, visitar los hogares para llegarles a las familias, es la herramienta imprescindible para reestructurar el comportamiento social basado en la desigualdad.

Si queremos reducir la incidencia (casos nuevos) y la alta prevalencia de casos de violencia infligida por la pareja o expareja, debemos comenzar por realizar intervenciones educativas que fomenten el diálogo sobre la igualdad y el respeto, la participación en debates sobre las consecuencias de la violencia como solución de conflictos, juegos de roles y usar los recursos que provee la Internet para adquirir mayor conocimiento y promover cambio de actitudes respecto a la violencia infligida por la pareja o expareja.

Por favor, den seguimiento a la intervención educativa que empleen, y evalúenla para saber si es efectiva, y si no lo fuera, cambiarla. Cada grupo de personas aprende distinto, y el fin del esfuerzo de la prevención temprana es que podamos transformar las creencias y actitudes de los menores respecto a la violencia en pensamiento crítico, paz, bondad, amor, compasión, reconocimiento y aceptación de la diversidad, e independencia en las parejas. ¡Trabajemos basándonos en evidencia! La violencia infligida por la pareja o expareja es prevenible y debe prevenirse ya.

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