Una mirada orgánica al precio de la fama

La artista se desnuda de sus artificios de maquillaje y extravagancias para presentarnos a una Ally vulnerable ante la superficialidad que, muchas veces, caracteriza el mundo del entretenimiento.

Por Félix Caraballo

La nueva propuesta de Warner Bros., que estrena hoy, nos recuerda que los clásicos se pueden revisitar si se realizan con el tacto y la pasión que se destila en esta versión que ya ha visitado la pantalla grande en varias ocasiones. En este poderoso drama romántico, Bradley Cooper y Lady Gaga se juntan para interpretar a un dúo que tiene que lidiar con las consecuencias de la fama por las distracciones que amenazan con desviar el camino de uno de ellos en un espiral autodestructivo.

Stefani Joanne Angelina Germanotta, nombre real de Lady Gaga y a quien más se parece su personaje, interpreta a Ally, una joven que alterna trabajos entre mesera y cantante de una barra donde se presentan íntimos espectáculos de drag queens en los que tiene la oportunidad de desatar todo el talento que, por complejos e inseguridades, no ha querido explotar.

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Una noche conoce a Jackson, un maltratado cantante de country rock (Cooper) que está culminando la etapa más exitosa de su carrera, y este encuentro va a provocar que el cantante le extienda una mano a la joven compositora, lo cual la llevara a saborear el éxito y la fama, mientras la carrera de este continúa en descenso por diferentes circunstancias que afectarán de manera significativa la relación entre ambos.

La artista se desnuda de sus artificios de maquillaje y extravagancias para presentarnos a una Ally vulnerable ante la superficialidad que, muchas veces, caracteriza el mundo del entretenimiento, y que se resaltan cuando comparte escena con Cooper, particularmente en los momentos más íntimos, revalidando su talento frente a las cámaras.

Mientras que un desgastado y frágil Cooper logra presentar la sensibilidad de un artista que intenta enfrentar viejos demonios de la mano del alcohol y que no sabe cómo lidiar sin este enemigo a su lado, pero que, en momentos de lucidez, logra apreciar la belleza física y espiritual de su contraparte. Otro de los grandes aciertos de la cinta es cómo Cooper, en su primer turno detrás de las cámaras, demuestra, con una sutil dirección, que este proyecto no es un golpe de suerte.

Está guiado por un libreto que destaca cómo, contradictoriamente, los sueños de éxito pueden tornarse en tu peor enemigo y terminar por arruinarlos. Además, su increíble dirección logra resaltar la vulnerabilidad de todos los personajes principales y secundarios, desde el hermano de Cooper, interpretado por Sam Elliot, hasta su amigo de la infancia, en una refrescante participación especial de Dave Chappelle.

También logra presentar de manera justa la misoginia que, por siempre, ha acompañado la escena musical, y cómo, en el personaje de Cooper, la deconstruye para romper con esa idealización de una figura del rock. Un trabajo que utiliza efectivamente los tiros de cámara cercanos para que veamos que hay mucho más allá de las imperfecciones que, a veces, los adornos no nos dejan apreciar, permite elevar el material con interpretaciones dignas de los premios que, sin duda, obtendrán en los próximos meses.

La cinta está acompañada de una acertada banda sonora que acentúa las emociones de los personajes principales de manera contundente, llevando al espectador de la mano hasta el climático final que provocará una catarsis en el público. Sin duda, la química entre los histriones se hace latente desde la primera escena juntos en la barra, y nos lleva de la mano por una travesía humana y real, con altas y bajas, que nos va a seducir. En los tiempos de Instagram, esta cinta quedará plasmada en la vida de los espectadores como una mirada íntima sobre las consecuencias de la fama en almas fracturadas y, de paso, le da mayor sentido a la escena musical de hoy día.

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