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Miñi Miñi: La meca del béisbol en Loíza

El significado de un parque para una comunidad de Grandes Ligas

Miñi Miñi

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LOÍZA — Para hablar de béisbol en la comunidad Miñi Miñi, en Loíza, hay que tomar asiento y prestar atención. Uno se pone cómodo, se relaja en casa ajena y deja que los viejos se encarguen de contar la historia hasta que caiga la noche y los mosquitos hagan fiesta en la marquesina.

Dicen los que saben que esta es la meca del béisbol en Loíza, porque la pelota se aprende a jugar primero con el corazón y luego con un guante marca Wilson, Rawlings o Mizuno. Eso es lo que se desprende de la memoria que comparten los hermanos Augusto y Pablo Fuentes, de 78 y 72 años, respectivamente. Dos hombres que se acuerdan como si hubiera sido ayer cuando se levantó la primera facilidad deportiva en el barrio.

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Fue en el año 1978 cuando por fin se pudo decir que había un parque de la comunidad en Miñi Miñi. La fiebre de jugar béisbol se manejaba haciendo pelotas con canicas, medias once once, y esparadrapo. Los bates que se usaban para repartir leña eran palos de mangle que se buscaban en el monte y, según se cuenta, no importaba que en las alineaciones se colara algún malango.

Don Pablo explica con detalles.

–Ahí [donde está el parque] se sembraba caña y cuando dejaron la siembra, criaban ganado. Un día nosotros dijimos que había que tener un parque aquí, porque habían parques en Parcelas Suárez, en Parcelas Vieques y en el pueblo, pero nosotros en Miñi Miñi somos la meca del béisbol de Loíza. Así que metimos mano. Los dugouts eran de pencas de palma y así jugamos lo que le llamaron la liga de las toronjas. Todo el mundo iba a jugar, porque la pelota era la única recreación que había en el pueblo.  Pescábamos [peces y jueyes] y jugábamos pelota.

Frente a Pablo, don Augusto asiente sonriente y recuerda que el barrio ya había producido jugadores de Grandes Ligas, a pesar de que no habían facilidades.

— No había una mentalidad de desarrollo aunque la comunidad ya había producido talento. La última comunidad de Loíza que tuvo su parque fue esta, Miñi Miñi, y fue porque invadimos los terrenos.

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El parque lleva el nombre de Carlos “Carlín” Velázquez, uno de dos peloteros de Grandes Ligas que ha dado el barrio y que en 1973 defendió los colores de los Cerveceros de Milwaukee, en calidad de lanzador.

Don Pablo prosigue con su historia.

— Cinco jugadores de Miñi Miñi han sido profesionales. Tenemos al difunto Carlín Velázquez y al también difunto Iván Calderón. Esos dos fueron Grandes Ligas y Calderón fue al Juego de Estrellas en 1991.

La memoria de don Pablo está tan fresca como la brisa de este día de noviembre. El veterano de mil campañas no falla las rolas fáciles y menciona, igualmente, a los nadies. Se acuerda de esos tipos que brillaron en algún momento, pero que —”por cosas de la vida”— se quedaron en el camino. Para él, que los vio desarrollarse en el terreno de juego, ellos también son igual de importantes.

— En esa lista de profesionales está Samuel “Samito” Osorio, que firmó, y los hermanos Chabriel y Pedro José Pizarro. Eran tremendos.

El béisbol necesita líderes   

Pablo y Augusto aseguran que el parque de Miñi Miñi es el más que se usa en Loíza, porque no solo es para jugar pelota. En ocasiones, el parque se transforma en pista de atletismo y a veces sirve para diferentes actividades comunitarias.

Sin embargo, en estos tiempos el parque de Miñi Miñi ha ido ganando un significado distinto al ayer. Las pequeñas ligas desaparecen a paso acelerado y los niños ya no van al parque como antes. No se juega tanta pelota como en aquellos años y el complicado escenario económico de Puerto Rico, así como las difíciles condiciones sociales, hacen del espacio una gran oportunidad para cambiar ciertas cosas.

Don Pablo recuerda que en algún momento Loíza tuvo tres equipos de Clase A. En su reflexión, entiende que ahora, que la criminalidad ha bajado considerablemente gracias a las iniciativas de la administración municipal, es un buen momento para hacer ajustes en el deporte desde la autogestión comunitaria. Augusto está de acuerdo con su hermano y añade un pensamiento adicional a la conversación.

— El problema ahora es que no tenemos líderes. Ahora hay que pagarle a la gente que dirige equipos por ahí.

Pablo escucha las palabras de Augusto y se emociona. A pesar de que da un salto, permanece en su silla, hablando con coraje.

— Nosotros hacíamos equipos. Una vez llegamos a tener 50 equipos de pequeñas ligas en Loíza. Hoy hay como cinco o seis equipos. Nosotros no tenemos categoría pamper hace años. ¿Cómo vamos a desarrollar los prospectos? Hay un montón de nenes por ahí. Es triste. Y así está Río Grande, así está Luquillo, Canóvanas… Así está medio mundo. Nos estamos quedando sin pequeñas ligas en Puerto Rico.

Don Augusto le vuelve a señalar a Pablo el problema.

— Es que ahora cobran por enseñar a jugar pelota, chico.

Pablo continúa y dice que en sus buenos tiempos hacía dos equipos. También menciona a un héroe sin capa de las Parcelas Suárez, Josean Viera, que hacía cinco equipos de pequeñas ligas sin cobrar un solo centavo.

– Te digo, llegamos a tener 50 equipos en Loíza. Y una vez llevamos a 80 niños a jugar a Santo Domingo, a San Pedro de Macorís y a Palenque.

De acuerdo con don Pablo, lo hacían porque les gusta demasiado el juego de pelota. Él jugó Doble A con Río Grande, aunque dice ser una golondrina de un verano. Tuvo un accidente y se lastimó dos tendones de una mano. Se dedicó a los muchachos y en el 2015 decidió no dirigir más, luego de estar a cargo del equipo de Doble A Juvenil del pueblo.

— Ahora todo el mundo cobra y nosotros pagábamos por hacer equipos. Uno se encargaba de preparar o comprar desayuno y almuerzo para todo el que no tuviera en el equipo. Yo decía: “levanten la mano los que no han comido”. Casi todos alzaban la mano. Y eso era una responsabilidad que en aquellos años nos cogíamos muy en serio. Era una inversión social.

Augusto dice que Pablo siempre decía que iba a llegar el tiempo de hacer potes para pagarle a los dirigentes. Pablo, mientras tanto, continúa su descarga.

— Ya no hay voluntarios y eso es lo que hace falta, porque niños hay. Otra cosa, no hay padres con compromiso de llevar a los nenes al parque. Ayer en el equipo que dirige este [señala al menor de sus hijos, quien escucha sin decir una palabra] habían cinco peloteros y tres estaban sin sus padres.

El compromiso, sin embargo, parece asomar otros destellos en Miñi Miñi. Este año habrá equipo de Clase A en el barrio. Será otro turno al bate para la comunidad y el Carlín Velázquez. Los que saben, con mucha seguridad, apuestan al béisbol de corazón.

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