Entre pico y espuelas: la historia de un chico gallero

Metro conversó con quien, en su familia, representa la cuarta generación de criadores de gallos de peleas.

Por José Encarnación Martínez

A sus 13 años Juan José Martínez Rosado asegura ser gallero de toda la vida, aunque –para ser exactos– hace cinco vueltas al sol fue que el chamaco del barrio Fortuna de Luquillo entendió lo que eso significaba. Al menos, eso dice el chamaquito, quien –a duras penas– recuerda la primera vez que pisó un club gallístico junto a su abuelo y su papá.

“Los gallos son mi vida”, confesó a la picá el nene una tarde de diciembre, mientras una serenata de kikirikís le ponía melodía a la visita de este medio.

En su familia Juanjo –como lo llaman en el Club Gallístico Doña Joaquina del barrio Palmer de Río Grande– representa la cuarta generación de galleros. Para él no ha sido elección adentrarse al mundo del pico y las espuelas. Pudiera decirse que, en esencia,  su realidad se ha tratado de una cuestión del destino. Su infancia, por ejemplo, ha quedado enmarcada en la rutina de mantener un proyecto tradicional que, de acuerdo con él, no es otra cosa que “criar gallos, cuidarlos y tratar de que salgan finos pa’ la pelea”, porque usted sabe, para muchos  esto de las peleas de gallos es cultura.

“Nosotros los cogemos desde chiquitos, ya uno sabe cuáles van pa’l frente y los trabajamos, porque esto está en la sangre de uno. Un gallo fino siempre busca pa’ lante y uno los conoce”, explicó.

Juanjo es de los que entiende que las peleas de gallos no pueden ser consideradas maltrato, porque “ellos se matan por naturaleza. Si tú los sueltas ellos se van a encontrar y se van a hacer cantos”.

“Para mí no es maltrato, es un deporte. Si lo aprendes desde chiquito lo vas a llevar siempre en la sangre. A los gallos no se les maltrata, ellos siempre quieren pelear. Tu los sueltas y empiezan a pelear. Esto es cultura y tradición. Si ellos [los que se oponen a las peleas] se hubiesen criado con los gallos, también les gustaría”, dijo recostado de un gallerín, mientras acariciaba un gallito rubio.

Para Juanjo los mejores gallos de combate son los giros. “Esos son los duros de verdad”, sentenció a la vez que mostraba algunos ejemplares en la finca de su casa. 

El chamaquito le aseguró a Metro que no vale la pena perder tiempo con gallos gallinos ni bolos, pues “un gallo marrueco es marrueco y nosotros [los buenos galleros] bregamos con gallos finos”.

Eso Juanjo lo aprendió del papá, pues pasa gran parte de su tiempo libre en la finca ayudando en la crianza y en la preparación de los animales. De hecho, llega de la escuela y, según contó, la primera tarea es echarle un ojo a los gallos.

Y es que el abuelo de Juan se encargó de sembrar la semilla generacional que al presente parece rendir frutos en cada posta de $200, $500 y hasta de miles de dólares que se pueden ganar varias veces en un solo mes visitando la gallera.

“Vamos casi todas las semanas. La cantidad de gallos que se llevan depende de cuántos están listos y eso”, detalló.

En la vida de este chamaquito de Luquillo la gallera es algo así como una segunda casa, donde más allá de los gallos, también se aprende la vida. A Juanjo le importa muy poco el hecho de que el Congreso de Estados Unidos pueda acabar con el llamado ‘Deporte Rey’.

Por cierto, le importa mucho menos la explicación de lo que es el Animal Welfare Act, la medida federal firmada originalmente en 1966 y que, desde 2007, prohíbe cualquier actividad combativa entre animales. De nuevo, Juanjo dice que es gallero y que la pasión por las peleas de gallos se lleva en la sangre.

“Ellos [la gente del Congreso] no saben lo que es esto. No saben na’… ¿Verdad, pai’?”, cuestionó. Y el papá, en silencio y con el ceño fruncido, dijo que sí con la cabeza.

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