Opinión de Emilio Pantojas: El mercado de trabajo y el karma

Lee la columna de opinión del profesor Emilio Pantojas

Por Emilio Pantojas

El pulseo entre empresarios y trabajadores para que estos regresen a sus puestos de trabajo con salarios de miseria y condiciones de precariedad, me recuerda la “ley del karma”. Esta ley o principio se deriva del hinduismo y el budismo y afirma que las acciones y pensamientos humanos positivos y negativos tienen una consecuencia o resultado equivalente para quien ejecuta una acción o concibe un pensamiento. Así, las buenas acciones, pensamientos e intenciones benefician a quien las genera. De igual manera, las malas acciones, pensamientos e intenciones resultan en detrimento o menoscabo para quien los genera.

Antes del huracán María los pequeños y medianos empresarios puertorriqueños impulsaron la ley de Transformación y Flexibilidad Laboral de 2017 (Ley Núm. 4 de 26 de enero de 2017). Conocida como la “reforma laboral”, esta ley causó la reducción o pérdida de beneficios marginales y llevó al empobrecimiento de decenas de miles de trabajadores. La ventaja de los empresarios se fundamentaba en el “libre mercado”. La libre competencia en el mercado entre productores de mercancías es un principio fundamental del capitalismo. La ley de oferta y demanda de mercancías dicta los precios de éstas: si la oferta es mayor que la demanda, el precio de las mercancías baja. Si la demanda es mayor que la oferta, el precio sube.

Los proponentes y favorecedores de la reforma decían que era necesaria para mejorar la competitividad de Puerto Rico en la economía global. La oferta de trabajo barato mundial superaba la demanda, y, por tanto, la mercancía “trabajo” debía costar menos. Lo curioso es que muy pocos o ninguno de estos empresarios produce para, ni compite con homólogos en la economía global; son empresarios LOCALES.

Ciertamente, la ley de oferta y demanda que rige el mercado obliga a constantes ajustes y correcciones en los precios de las mercancías, resultando en la racionalización y maximización de la utilización de los factores de producción: tierra, trabajo, capital y tecnología. Por tanto, reza el dogma neoliberal, los gobiernos no deben intervenir en los mercados, salvo para corregir aberraciones o fallas extremas.

Lo curioso es que, contrario a otras mercancías, el trabajo o la fuerza de trabajo, es la única mercancía que produce valor o productos de valor. Usted puede tener tierra, maquinaria y materiales de construcción (capital), pero sin trabajo no puede combinar esos componentes para construir un edificio y “desarrollar” un complejo de viviendas que vale mucho más que sus componentes (tierra, capital y tecnología). El trabajo es la base de la riqueza de las naciones, decía Adam Smith, el padre del capitalismo, fiel creyente en el libre mercado.

Tras más de una década de contracción económica sostenida, el huracán María y los terremotos provocaron el cierre de negocios y la emigración masiva de fuerza laboral diestra. Así, por ejemplo, emigraron desde los médicos, proletarizados por compañías de seguros que querían maximizar sus ganancias a costa de los ingresos de la clase médica, hasta enfermeras y tecnólogos médicos, explotados por los hospitales. Otros renglones sufrieron la misma suerte. Los trabajadores que quedaron fueron los menos diestros y aquellos atados al país por razones extraeconómicas.

Pero la pandemia necesitó de la intervención del estado en el mercado para que ni las empresas desaparecieran, ni los/as trabajadores/as quedaran desprovistos de las necesidades básicas para la subsistencia. Las leyes y programas de estímulo económico federal cambiaron el juego. Como colonia de Estados Unidos, tanto empresarios como trabajadores/as puertorriqueños recibieron pagos extraordinarios. El problema para los empresarios es que el gobierno federal fijó los pagos de los trabajadores en $15 por hora, más del doble del salario mínimo ($7.25/hora).

Ahora, los/as empresarios que favorecieron la Ley 4 se quejan de que los/as trabajadores/as no quieren regresar a trabajos que pagan menos de la mitad de lo que les paga el estímulo. Sus ideólogos—economistas, analistas políticos, cabilderos y consultores—acusan a los trabajadores de vagos y al estímulo de medida socialista. Estos/as empresarios/as que, además de favorecer la reducción de salarios y beneficios, evadieron consistentemente el pago de impuestos, como demostró la gestión del secretario de Hacienda Juan Zaragoza, ahora se quejan del resultado de sus acciones e intenciones.

El principio del karma, así como la ley de oferta y demanda, le echan un balde de agua fría al afán de lucro de la clase empresarial. La oferta de trabajo es menor que la demanda, gracias al “PUA” (asistencia para el desempleo pandémico) y al estímulo económico. La mezquindad de los/as empresarios/as ahora regresa para ajustar cuentas. Como dicen los americanos, el karma es una perra rabiosa (“karma is a bitch”).

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