Opinión de Amárilis Pagán Jiménez: Del odio y sus disfraces

Lee la columna de opinión de la abogada Amárilis Pagán

Por Amárilis Pagán

El odio anda suelto en estos días. Como si nos faltara algo más para empeorar la crisis económica y social que vive Puerto Rico. Como si las mujeres, las personas negras, las que viven en pobreza o las LGBTTIQ no tuvieran suficiente ya con los miedos y privaciones habituales. Y del odio, hay que hablar. Porque si no lo reconocemos, no podremos atajarlo y lo dejaremos sentarse entre nosotras y tomar decisiones contra nuestros derechos humanos desde un gobierno que ha sido nuestro agresor más consistente en los últimos años.

No está mal señalar el odio. Lo que es malo es dejar que entre en nuestros hogares o gobierne nuestras vidas.

Definamos odio. Según la Real Academia de la Lengua Española, odio es “la antipatía y aversión hacia algo o hacia alguien cuyo mal se desea”. La definición es sencilla. Y podemos derivar de ella preguntas y respuestas para identificar el odio. ¿Conocemos gente y grupos que sienten aversión y antipatía hacia las personas gays y trans? Claro que sí. También conocemos personas y grupos que sienten aversión por las mujeres que no se acomodan a su versión de la buena mujer (sea cual sea). Les escuchamos manifestar su aversión en nuestras casas y comunidades. Les escuchamos en medios de comunicación. Les escuchamos en escuelas y en iglesias. Algunas personas de estas disfrazan su aversión con palabras un poco más aceptables, pero su aversión se les sale sin que se den cuenta.

¿Es la aversión en sí misma odio? No. Porque para que esa aversión se convierta en odio, tiene que ser acompañada del deseo del mal hacia esa persona contra la cual sentimos aversión. ¿Conocemos gente y grupos que desean el mal a personas gays, trans y mujeres? Por supuesto que sí. Esa es la clave para identificar personas y grupos que operan desde el odio. Sienten aversión y desean el mal.

¿Y qué es desear el mal en este contexto? Los ejemplos de los pasados años abundan. Desear el mal es desear que en Puerto Rico se legalicen las terapias de conversión para niñas y niños LGBT. Desear el mal es radicar y apoyar un proyecto de ley que limitaría a tal extremo el derecho al aborto, que en nuestro país las mujeres tendrían que recurrir a los abortos clandestinos y exponerse a la muerte. Desear el mal es pretender que se dé carta blanca al discrimen a través de una mal llamada ley de libertad religiosa para que las personas discriminadas pierdan empleos, acceso a servicios y a derechos humanos. Desear el mal es conspirar cada día, de cada semana, de cada año con políticos y políticas corruptas para imponer creencias personales a un país entero y anular la autonomía de todas, que no es otra cosa que el famoso libre albedrío del que hablan algunas religiones.

¿Desean el mal las defensoras y defensores de derechos humanos? Cuando se reclaman derechos humanos y equidad, no se busca ni se desea el mal a nadie. Ni siquiera existe una aversión real hacia otros seres humanos, salvo la que provoca en toda persona justa el presenciar actos de violencia y discrimen o ver los efectos de esos actos en las víctimas del prejuicio. Ahí está la gran diferencia entre las personas y grupos de odio y las personas y grupos que trabajan para la equidad. La equidad no asesina. El prejuicio sí.

Hace varios años que desde nuestros grupos señalamos el discurso y las acciones de los grupos de odio que existen en Puerto Rico. No es algo que nos inventamos nosotras. La organización de derechos humanos Southern Poverty Law Center, define los grupos de odio como aquellas organizaciones que -según las expresiones y acciones propias o de sus líderes- tienen prácticas que atacan o demonizan una clase entera de personas, usualmente por sus características inmutables. El FBI, además, define como crímenes de odio, aquellos que se cometen contra una persona (o la propiedad de esa persona) en todo o en parte por un prejuicio por razón de raza, religión, diversidad funcional, orientación sexual, etnia, género o identidad de género de parte de la persona ofensora.

Los grupos de odio criollos- los de aquí, los que vemos en televisión y escuchamos en radio- son los mismos que hoy tratan de hacerse pasar por víctimas y perseguidos por el mero hecho de tener que enfrentar la pérdida de sus privilegios y una sociedad que cada vez les ve con mayor claridad. Ya no pueden esconderse. Ya no pueden andar tras bastidores conspirando. Ya no pueden aplicar terapias de conversión, ni maltratar mujeres, ni violentar niños y niñas, ni sentirse con licencia para discriminar porque resulta que les vemos. Les vemos. Sabemos lo suyo. Y no toleran que se reten sus privilegios. Por eso se vieron obligados a salir a la luz y tratar de entrar al gobierno por sus propios pies y desde una base de seguidores y seguidoras que- estoy segura- en algún momento verán que están siendo manipulados con terror y prejuicios centenarios.

El odio tiene muchos nombres y muchos disfraces. Cuando miro la historia le reconozco. La Inquisión. La esclavitud negra. El genocidio americano. El KKK. Los nazis. Palestina bombardeada. Defensoras del ambiente asesinadas. Mujeres políticas asesinadas. Periodistas asesinados. Golpes de estado para imponer dictaduras mal llamadas cristianas. El hambre. El silencio. La enajenación voluntaria ante el dolor de la humanidad.

Todo ese odio que ha transitado a través de la historia tuvo sus mensajeros y mensajeras. Algunos encantadores. Otros aterradores. Y siempre supo cómo adaptarse para sobrevivir. Goebbles fue un maestro y creo que hoy tiene estudiantes aventajados en Puerto Rico. Por eso el odio nos acompaña hoy, en Puerto Rico y en medio de una campaña eleccionaria donde se demoniza la perspectiva de género, donde se demonizan las feministas, donde nos aterrorizan con las personas LGBTTIQ, donde se atacan mujeres y niñas con tal de ganar una contienda política y donde medio país se queda atónito, sin entender ni saber qué hacer porque impera la confusión. La confusión es aliada del odio porque paraliza o hace que cerremos los oídos y los ojos a los llamados urgentes para abrazar la paz y la equidad.

Si el odio se disfraza, nos toca a las y los demás desenmascararlo. Y actuar. A pesar de los miedos y las amenazas. El amor no conoce de barreras como esas, por eso la humanidad trasciende.

¿Y qué tiene que ver esto con las elecciones? Mucho más de lo que podemos imaginar. De camino a las elecciones hay grandes decisiones que tomar para el bienestar presente y futuro de Puerto Rico. No podemos tomar esas decisiones desde el miedo, el prejuicio, la manipulación o la ignorancia. Las mujeres, particularmente nosotras, somos a las que nos buscan para que les regalemos nuestro el voto, pero nos ignoran a la hora de garantizarnos derechos humanos básicos. No podemos seguir regalando nuestro voto sin hacer un juicio crítico de lo que nos dicen y de cómo esos discursos nos definen. Según nos definen, así nos ven y así nos tratarán.

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