Please, Don´t Take Rita Moreno’s Oscar Away!

Racismo y Revisionismos Históricos o Cultura Crítica de la Memoria Histórica. Colaboración del catedrático e investigador de la Escuela de Comunicación de la Universidad de Puerto Rico, Eliseo Colón Zayas.

Por Eliseo R. Colón Zayas

En estos tiempos está de moda el revisionismo histórico. Es una moda que arropa a las llamadas ideologías de derecha, izquierda y centro. Todos los partidos políticos contemporáneos viven la euforia de unos populismos y unos post-populismos avasalladores, hasta que alguien desde alguna cúspide mediática o Tweetera vocifera una incomodidad. Todos entonces se tambalean. Pensemos en el siguiente escenario en las redes sociales en Puerto Rico. Alguien grita en Facebook: Rita Moreno es una racista. Miren como canta y disfruta bailando el Puerto Rico, my heart's devotion, / Let it sink back in the ocean, /Always the hurricanes blowing, /Always the population growing. / And the money owing, / And the sunlight streaming, / And the natives steaming. / Let it sink back in the ocean.

Rita Moreno

 

 

Los del partido en el poder comienzan a dar vueltas asustados por la viralidad de la exclamación. Los demás se inmutan. Hay un silencio de corramos un tupido velo ante al insulto al ícono cultural. El grito de una persona que se siente amenazada por la letra de la canción de Stephen Sondheim con música de Leonard Bernstein pidiendo que le quiten el Oscar a Rita Moreno nos cae a los puertorriqueños como un balde de agua. Es como si dijeran a los franceses que tienen que derribar Les Invalides porque ahí está la tumba de Napoleón, héroe – tirano nacional, quien masacró de 3 a 6 millones de personas entre 1803 y 1815.

Napoleon

Ante la acusación de racista contra una de nuestras heroínas, lo más probable es que la legislatura se disparará con vistas públicas, sesiones legislativas, órdenes ejecutivas, reconocimientos y aspavientos de culto fundamentalista. Los algoritmos dicen que todo acabará con alguna ley mordaza de revisionismo histórico. Será una ley fiel al canon fundacional de un partido que se asume como representante del jíbaro, simbólicamente el blanco de la coctelera étnico – racial tripartita del Estado Libre Asociado. Intentarán acallar con una ley de revisionismo histórico la crítica a una canción que el partido estaba considerando utilizar de jingle en su próxima campaña publicitaria. Algún publicista traído de EE. UU. les habría dicho que lo de “natives” sirve para la construcción de la Marca País Puerto Rico.

No hay que olvidar que el revisionismo histórico también sirve de justificación para llevar un país a la guerra, como fue el caso de la guerra preventiva de George W. Bush. Por otro lado, hay también formas sutiles de revisionismo histórico, como la del gobierno ruso en estos días. Por ejemplo, algunas de las series de la televisión rusa que se pueden ver en plataformas como Netflix o Amazon Prime sorprenden por la nostalgia con que se pretende recuperar un supuesto pasado perdido. Este revisionismo histórico va acorde con la propuesta del populismo imperial de Putin. Reivindica la iconografía zarista y cristiano-ortodoxa para el marketing neoliberal de la Marca País, a la vez que se atempera a los imaginarios de los turistas occidentales que visitan San Petersburgo y Moscú.

No obstante, quienes han crecido con imágenes de violencia a su alrededor, de conflictos y penurias de todo tipo, y han vivido personalmente la opresión y las dificultades para sobrevivir saben que los intentos de decretar una memoria histórica estática y cristalizada son inútiles y están condenados al fracaso. La ira y la furia de las reivindicaciones ciudadanas de estos días, bajo la consigna de un Black Lives Matter y cuyo rugir resuena en Estados Unidos y alrededor del mundo, son necesarias. Sin embargo, la importantísima lucha por erradicar el racismo estructural cobijado bajo un sistema jurídico y legal ha sido sustituida, en algunos casos, por la peligrosa estrategia del revisionismo histórico.

Este revisionismo histórico ha estado representado por la erradicación de aquellos símbolos considerados racistas. El desplazamiento hacía la destrucción o erradicación de símbolos, ya sean estatuas, formas de actuación y representaciones artísticas, libros, películas, géneros poéticos, cuadros, fotografías, cambios gratuitos de nombres a calles, etc. carece de sentido alguno si no atiende lo apremiante de toda esta lucha: el reconocer y buscar las maneras de contrarrestar los vínculos entre el sistema neoliberal actual y la tradición colonial occidental.

Como símbolos, el significado de estos objetos o artefactos culturales se modifica o se transforma. El problema radica en la dificultad de saber cuál será el resultado de estos procesos. El lugar o espacio en donde nace cualquier artefacto cultural, al igual que donde germina cualquier experiencia individual, no radica en un interior cultural o individual. Está afuera, en el exterior, en el entorno social que rodea a esa cultura, a esa persona, a ese artefacto. Por ejemplo, las familias de varias de las mujeres que prestaron su rostro a la marca Aunt Jemima reconocen la necesidad de mantener vivo el recuerdo de sus familiares y no ocultarlo. La crónica Relatives of Aunt Jemima actresses express concern history will be erased with rebranding de Gwen Avilés en Culture Matters de NBC es interesante e ilustrativa pues recoge las palabras de los descendientes de varias de estas mujeres y muestra los diversos significados que cobran los símbolos. Todos los parientes cuestionan el revisionismo histórico de la empresa Quaker Oats, a pesar de que entienden y están a favor de la lucha por las reivindicaciones de los afro-estadounidenses. Legislar el pasado y los recuerdos como estrategia contra el racismo, aunque sea por motivos nobles, puede que lleve a un callejón sin salida. Lucha tiene que buscar la transformación de un sentido común donde el racismo y toda forma de exclusión al otro y a la otredad están asentados en la tradición colonial occidental.

Cabe afirmar con fuerza que todas las formas de representación importan y más cuando constituyen maneras de reproducir el racismo, el machismo, la xenofobia, la homofobia, a la vez que sirven para formalizar el odio a la diferencia y a la otredad u otredades. No obstante, la destrucción e invisibilización de estas formas de representación no impiden que vuelvan a surgir por otro lado. Las imágenes mediáticas y otras formas de representación se encargarán de reproducirlas.

Una cultura crítica de la memoria histórica es una de las formas de comenzar la transformación del sentido común de la tradición colonial. No digo que sea la única estrategia, ni pienso que esté exenta de contradicciones. No obstante, en lo que respecta al ejemplo de West Side Story, una educación que promueva la cultura crítica de la memoria histórica podrá mostrar las contradicciones étnicas, raciales, coloniales y de configuración de identidades nacionales articuladas en el musical a quien acuse a la letra de Sondheim de racista. Temas que ya han sido ampliamente estudiados. La cultura crítica de la memoria histórica ayudaría a quien atribuye una temática racista a la canción a comenzar a comprender cómo la escenificación de los conflictos y rivalidades de los dos grupos juveniles en el musical están atravesados por todas las paradojas y tensiones de quienes luchaban para inscribirse en las dádivas del sueño americano durante la década de 1950. Entendería y sería capaz de problematizar el musical cómo la representación de unos conflictos personales motivados, entre otros, por una cultura de consumo y de bienestar basada en la homogeneización de la clase media blanca estadounidense.

Legislar el pasado y los recuerdos, destruir un objeto cultural e invisibilizarlo, eliminar un nombre, como a veces el revisionismo histórico pretende, saca de la discusión las tensiones culturales, raciales, étnicas, sexuales y de clase que los produjeron. Educar contra los racismos, la xenofobia, el machismo, la homofobia, la exclusión del otro y las otredades implica tomar conciencia crítica de la diversidad cultural, racial, étnica, sexual y de clase, y de las historias y los recuerdos. Para ello, hay que proporcionar a los ciudadanos los conocimientos y habilidades necesarias para evaluar su propio pasado local y nacional de manera imparcial en relación con otras realidades, como en nuestro caso podrían ser la española, la estadounidense, las latinoamericanas y las caribeñas, entre otras, y alentar a que nos convirtamos en pensadores críticos activos y participantes de nuestra memoria histórica. Una cultura crítica de la memoria histórica encaminará a la voz que denunciaba en Facebook el racismo en la letra de la canción América a valorar de otra forma el musical. Podrá apreciar de otra manera la interpretación de la película y la versión original de 1957, interpretada en el Winter Garden de Broadway por Chita Rivera.

Chita Rivera
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