Yolyi

Lea la opinión del licenciado Leo Aldridge

Por Leo Aldridge

Georgie Navarro ganó las últimas elecciones en su precinto por más de 5,000 votos, o 15 puntos porcentuales, lo cual representa una gigantesca brecha. En 2012, venció por menos de 900 votos, pero igual aseguró esa silla del Precinto 5 para su Partido Nuevo Progresista (PNP). En 2008, Georgie también barrió y se llevó más de la mitad del electorado.

Georgie es, a fin de cuentas, una máquina de ganar elecciones al nivel legislativo distrital en San Juan y Guaynabo, donde participan alrededor de 50,000 electores cada cuatro años.

No sé si Georgie está enfermo, como reclaman algunos, porque no soy un profesional de la salud mental. (Podríamos preguntarle a Henry Escalera, el súper policía, que desde su escritorio y sin conocerlo diagnosticó a Raulie como “inestable” para intentar sin éxito quitarle sus armas). Tampoco sé si Georgie abusa del alcohol. Lo único que sé — al igual que todo el país— es que se expone cada dos o tres meses al escarnio y la mofa generalizada por sus demostraciones acaloradas, usualmente en lugares públicos, usualmente a altas horas de la noche, y siempre grabadas con todo tipo de cámaras.

La última vez que Georgie se metió en un lío, tras un concierto en Isla Verde de donde salió herido y radicando querellas a mansalva, que no llegaron a nada, dijo en televisión que iba a cambiar su vida y moderarse un poco. Eso, evidentemente, nunca pasó.

El proceder de Georgie este pasado fin de semana, indudablemente, colmó la copa de paciencia de los tres líderes máximos de las ramas políticas del Gobierno, quienes, con sus luces y sus sombras, son extremadamente cautelosos con sus vidas personales. La gobernadora Wanda Vázquez, el presidente senatorial Thomas Rivera Schatz y el presidente cameral Carlos “Johnny” Méndez al unísono llamaron a capítulo al representante.

Vázquez envió un tuit dirigido a él indicando que los funcionarios deben mantener “decoro” y “buen juicio”. Johnny Méndez lo citó para reunirse ayer lunes porque le preocupa la imagen de la Cámara, pues esto es gasolina para quienes pregonan, falsamente, que el caso de Georgie es ejemplo de que todos los legisladores son iguales.

Y Rivera Schatz, presidente del PNP, tiene ahora la difícil tarea de equilibrar dos intereses pesados. Por un lado, Rivera Schatz sabe que Georgie ha demostrado una y otra vez que gana el precinto 5 de San Juan y Guaynabo. Los políticos existen, en gran medida, para ganar elecciones, y eso tiene que pesar bastante sobre el ánimo de un hombre de partido experimentado como Rivera Schatz. Pero, por otro lado, el líder senatorial está muy claro en que la imagen del PNP —la marca del PNP — está maltrecha después del verano de 2019, después de la gobernación breve de Ricardo Rosselló, y después de las acusaciones por corrupción. Georgie es la cherry decorativa en ese bizcocho.

Rivera Schatz enfrenta el problema de un dirigente de básket que tiene un buen jugador que sale del banco y mete 10 o 12 puntos consistentemente, pero que es indisciplinado, busca buya y falta a las prácticas. ¿Jugamos sin él por el bienestar mayor? ¿O nos vamos con lo que ya conocemos?

O el de un CEO de una compañía que tiene un producto defectuoso y dañino que, sin embargo, se vende muchísimo, y la gente lo compra una y otra vez, aun sabiendo que es malo. ¿Seguimos vendiéndolo y asegurando dinero? ¿O cogemos un golpe económico momentáneo y aseguramos la continuidad de la marca?

De cualquier manera, la decisión de Rivera Schatz —y por extensión del PNP— no será fácil, y alguien quedará resentido.

El problema del PNP con Georgie, a fin de cuentas, no es el alcohol. Hubo grandes políticos que eran medio borrachones, incluidos Benjamín Franklin y Winston Churchill. Georgie, sin embargo, no es ni Franklin ni Churchill, ni la sombra de la sombra. Georgie es Georgie.

Habrá, sin duda, políticos peores que Georgie. En la misma Cámara de Representantes renunció hace poco Guillermo Miranda, conocido por nadie y por nada hasta que fue grabado diciendo disparates y amenazando con botar a una empleada que no quería comprarle una libretita de $40 para su campaña. Pero ese señor encubría mejor su mediocridad que Georgie.

La inconsecuencia política y legislativa de Georgie, el señor presidente de la Comisión de Gobierno de la Cámara de Representantes de Puerto Rico, ya la conoce todo el mundo. Y eso es peor —por mucho— que un perreo sucio en la Placita.

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