El perfil del gobernante

Lea la opinión del licenciado Alejandro Figueroa

Por Alejandro Figueroa

Hoy ocupo este espacio para, ante la discusión de candidaturas para las elecciones del 2020, plantear varios puntos de lo que debe ser el perfil de un gobernante al servicio del bien común.

En un contexto de profundo escepticismo social ante los políticos, especialmente acentuado entre los jóvenes, el retrato que intento trazar pretende reivindicar y destacar la dignidad y la importancia de la misión de los representantes públicos a los que confiamos la dirección de nuestra isla.

Sin pretender abarcar todo aquello que describe al gobernante ideal y hablando tan solo con la autoridad de un miembro más del pueblo, propongo estos puntos como lo que desearía que configurase la figura de nuestros gobernantes. La idea principal es que, en la medida que nuestros lectores identifiquen políticos que cumplan este humilde bosquejo, no duden en confiarle su voto.

1. Debe ser, ante todo, una persona con convicciones sólidas, transparentes, coherentes y profundas, cuyas ideas no dependan de hacia donde se inclina la opinión pública en determinado momento. Sus principios tienen que estar claros y definidos.

2. Sus convicciones no puede imponerlas al pueblo, sino que, traducidas en proyectos políticos concretos, debe proponerlas con claridad meridiana en su programa de gobierno, para que podamos decidir con nuestro derecho al voto si convenimos o no con ellas.

3. Como persona pública de máximo rango, su conducta debe ser ejemplar. Debe de ser el primero en cumplir las exigencias legales, éticas y morales que recaen sobre todos los ciudadanos.

4. No debe perder jamás de vista el hecho de que no es ni más ni menos que un servidor público de alto rango. Es legítimo que gane un buen sueldo, digno y bien proporcionado a la gran responsabilidad que asume. Nada más. Debe renunciar a regalos, privilegios, ostentaciones y a cualquier fuente de ingresos que ponga en duda su integridad.

5. Debe servir a la verdad y no a “su  verdad”. La vocación de un político debe ser servir al bien común, no a su bien particular. El poder que le concede el pueblo soberano es tan solo una herramienta que necesita para hacer su trabajo, no una ocasión para medrar ni para imponer su santa voluntad.

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