Los hombres se mueren

Lea la opinión del periodista Julio Rivera Saniel

Por Julio Rivera Saniel

Por razones obvias, la violencia contra las mujeres —anclada en prejuicios y modelos de género que erradamente colocan al hombre como “superior”— ha ocupado titulares en la isla en los últimos meses. Solo el pasado año, 23 mujeres fueron asesinadas por sus parejas o exparejas. Esa cifra es parte de las 151 féminas que murieron de manera violenta en casos de violencia machista entre 2010 y lo que va de 2019. Pero mientras el Gobierno termina de articular su plan para atender esa situación, existen otros problemas de violencia menos discutidos, pero que merecen toda nuestra atención. Particularmente, la muerte sistemática de nuestros hombres jóvenes en casos de violencia vinculada, principalmente, al narcotráfico.

Entre enero y julio de este año, usted y yo hemos visto pasar ante nuestros ojos cifras espeluznantes. Unas 346 personas han sido asesinadas, y si lo que dice el Gobierno es cierto, el 80 por ciento de esas muertes está vinculadas a la guerra por el control de drogas. Pero si prestamos atención al detalle, nos daremos cuenta de que la mayor parte de las víctimas de esa guerra que se libra frente a nosotros a diario son hombres jóvenes. Quizá nos hemos insensibilizado ante ese hecho. Pero, como muestra, solo mire los casos más recientes. Como el del doble asesinato de la pasada semana en Río Piedras, en el que las víctimas fueron dos hombres identificados como Shaquile Ramos Vallejo y Joshua Jiménez, de 20 y 21 años, respectivamente. O, si lo prefiere, la muy sonada masacre en el residencial Ernesto Ramos Antonini. Allí fueron asesinadas 6 personas, 5 de ellas hombres. Cuatro de ellos jóvenes. Ángel Yadiel Enrique Agosto, de 21 años; Jordan Castillo Cordero, de 23; Ernes Omar Santiago Santiago, de 24. Otro joven, Alexis Padilla Rodríguez, de 21 años, permanecía recluido luego de haber sido alcanzado por las balas. También el doble asesinato de hace unos días en el centro comercial Plaza Carolina presenta las mismas categorías. ¿Las víctimas? Roberto Sánchez Vélez, de 35 años, y Juan Solís Meléndez, de 33 años.

Si continúa la búsqueda, seguirá encontrando un escenario similar. Y el escenario se repite a nivel mundial.

De acuerdo con el “Estudio mundial sobre el homicidio de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC)” que fue publicado en 2013, a esa fecha, a nivel mundial, 79 por ciento de las víctimas de homicidio eran hombres.

Parte del problema es que la situación se ha sido invisibilidad. Quizá porque las mismas construcciones de género que sirven de caldo de cultivo para los feminicidios nos han hecho creer —a hombres y a mujeres— que la naturaleza del “macho” es violenta.

¿Por qué habría de escandalizar a alguien que sean asesinados anualmente cientos de hombres? Marta Lamas, antropóloga y feminista mexicana, discutía el asunto en 2015 en el Primer Congreso Continental de Teología Feminista, llevado a cabo en la Universidad Iberoamericana de ese país. Allí reflexionaba: “Estamos inmersos en una cultura que dice que no hay que golpear a una mujer ni con el pétalo de una rosa. La violencia contra hombres está más naturalizada y no escandaliza como la ejercida de hombres contra las mujeres o mujeres contra mujeres”.

A esa normalización de la violencia que tiene a los hombres como protagonistas, es preciso añadir el elemento del narcotráfico en el que ese modelo del “macho violento” se cultiva desde pequeños, aprovechando, en la mayor parte de los casos, la falta de equidad y recursos económicos. Pocos recordarán que en 2012 las autoridades federales en la isla confirmaban mediante videos de vigilancia cómo los niños eran reclutados para ejercer funciones de “vigilantes” o “vendedores” en el mundo del narco local. En aquel entonces, el director de la Unidad Doméstica Antidrogas de la Fiscalía Federal para la isla, José Capó, confirmaba un aumento en el reclutamiento de varoncitos adolescentes para dar forma a organizaciones criminales. “Se crea una cultura de aceptación. Para algunos de ellos, esto es normal”, decía el funcionario. La denuncia del problema del hombre como víctima (y victimario) de la ola de violencia  no pretende ni remotamente minimizar el problema de violencia contra las mujeres que expuse al comienzo, sino, todo lo contrario. Es preciso reconocer ambos problemas para poder combatirlos.

Es imperativo dejar establecido que, en gran medida, son las mismas dinámicas de género —unidas a múltiples variables, como la crisis económica, la falta de oportunidades y otras— las que nos han traído a este escenario que nos salpica con la sangre de  tantas y tantos hermanos a diario. Por lo mismo, ya va siendo hora, señores, de comenzar a mirar la violencia desde una perspectiva que no siga solo centrada en las estrategias de siempre. Que con esas ya hemos perdido demasiado tiempo sin lograr resultados.

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