Nos han quitado tanto que nos quitaron hasta el miedo

Lea la opinión de Alejandro Figueroa

Por Alejandro Figueroa

“Nos han quitado tanto que nos quitaron hasta el miedo”, así leía una de las miles de pancartas que aquellos que asistieron a la marcha del pasado miércoles cargaban mientras se movían desde distintos puntos de San Juan hasta lo más cercano que pudieran llegar a La Fortaleza.  He estado pendiente a los acontecimientos de la marcha desde el exterior, al igual que en cuanto a todo lo que ha transcendido durante las ultimas dos semanas; sin embargo, la distancia solo ha servido para incrementar el sentido de indignación, coraje y rabia.

Esos sentimientos, a mi mejor entender, son representativos de lo que movió a la gran mayoría de los que asistieron a la manifestación exigiendo la renuncia del gobernador Rosselló. Y es que si bien el escándalo del chat generó este tipo de sentimiento, el chat no fue más que un detonante que hizo que la olla, cuya presión venía incrementando con cada escándalo de corrupción, estallara en los reclamos al unísono para que el gobernador renuncie.

Si bien es cierto que el gobernador ha pedido disculpas y ha tratado de convencer a los puertorriqueños de que está arrepentido de lo que expresó en el chat, no es menos cierto que ha perdido la confianza de la mayoría del pueblo.  El perdón y el arrepentimiento NO van de la mano con el restablecimiento de la confianza, y sabiendo que, para gobernar, el primer mandatario debe contar con la confianza de los que pretende gobernar, es hora de que el gobernador entienda que, en esta coyuntura, les sirve a los mejores intereses de Puerto Rico dando paso a un cambio de mando.

Tomo prestadas las palabras de un buen amigo para finalizar esta columna: “Cualquier credibilidad que el gobernador de Puerto Rico construyó en sus siete años de vida pública, cualquier esperanza de futuro que cifrara el pueblo en él se desplomó. El carácter que ha salido a relucir no es el que desean los puertorriqueños en su líder. El gobernador es el responsable de sus actos y, terminada su reflexión sobre estos, cualquier reflexión futura debe realizarse en su tiempo, no en el nuestro. Puerto Rico no tiene tiempo para eso. Con su proceder nos ha quitado tanto que nos quitó hasta el miedo.

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