Poder que ciega

Lea la columna de la periodista Mariliana Torres

Por Mariliana Torres

Uno de los temas más escabrosos del periodismo es la corrupción. Primero, porque requiere meses y meses de investigación y porque te ganas enemigos. A nadie le gusta que le señalen o que le recuerden que su conducta es corrupta. Nunca se debe temer, pues será inevitable la avalancha de odio de los implicados o fanáticos de la política en contra del periodista investigador. Por su parte, el periodista debe tener la piel dura para enfrentar las críticas. Es difícil hacer periodismo de investigación, más aún cuando las agencias gubernamentales le cierran la puerta a la entrega de los documentos públicos que se necesitan para contrastar los datos.

Los periodistas que realizan investigaciones en el Departamento de Hacienda (cuando los dejan) conocían que era cuestión de tiempo para que la imprudencia sacudiera los cimientos de la administración de Ricardo Rosselló. Investigadores federales pululan por los pasillos revisando información que podría revelar soborno, condonación de deudas y desaparición de documentos. No hay que ser un investigador fiscal experto para darse cuenta de que algo estaba pasando y que, si esas sospechas se confirman, constituyen delitos serios que, para cometerlos, se necesitan las manos de muchos contactos. Es muy lamentable porque podría tocar a personas que se han destacado por su seriedad y profesionalismo.

En todas las administraciones de gobierno, se han dado a conocer escándalos de corrupción, pero lo que sucede aquí se observa de cerca porque se desarrolla en un momento muy delicado: en medio de la crisis alimentaria, salud, muertes y pérdida de empleos como consecuencia del huracán María. Nos sacude en la cabeza que hubiera gente enriqueciéndose con el dolor. Develar noticias de corrupción ocasiona que reflexionemos sobre la corrupción como la raíz de los males sociales. Identificar a los poderosos que se benefician  es una prioridad en periodismo. Los constituyentes tienen el poder para exigir a quienes los representan un ejercicio transparente de sus funciones.

El tuit debate surgido por comentarios que reflejan implicación, ignorancia, falta de respeto, inseguridad y desespero arrojó más dudas que respuestas. Olvidémonos por un momento que quien lo escribió tiene serios problemas para poder redactar una oración completa o que faltó a la clase de Español. Los significantes del tuit dejan una estela de sospechas que los periodistas tienen el deber de aclarar con preguntas bien formuladas. ¿Qué hacía el que suscribe el tuit en la oficina del gobernador cuando él no es funcionario público y discutiendo asuntos administrativos que no le corresponden? ¿Por qué el exsecretario de Hacienda da a conocer una supuesta detección de empleados involucrados en esquemas corruptos? Nunca un funcionario público de alto nivel da a conocer detalles investigativos de esa índole porque aducen que la pesquisa se puede dañar. Además, si él dijo que esta cooperando con las autoridades, ¿a qué se refiere? ¿Está negociando a cambio de qué? Si no hay nada que ocultar, ¿por qué no entregó a petición de la prensa los contratos dudosos?

El señalamiento de mafia institucional en el Departamento de Hacienda revela años y años de aprovechamiento ilícito y de promover conductas corruptas. ¿Qué tienen que decir los pasados exsecretarios de Hacienda al respecto? ¿Detectaron lo que estaba ocurriendo y por qué no lo refirieron? Este es un caso donde se refleja el poder político con todas sus ramificaciones. Cegados por el poder y los intereses económicos se llevan por delante a quien sea. Qué triste realidad para los funcionarios gubernamentales, honestos y profesionales que todos los días se levantan de madrugada para llegar a trabajar y, de repente, las personas que se supone den el ejemplo remueven la alfombra. Esto es cuestión de tiempo para estar más cerca de la verdad.

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