Documental: Todos íbamos a ser reyes

En 70 minutos, por medio de la “magia de la pantalla” y de esta joya fílmica, queda uno atrapado visualmente y emocionalmente

Por Denis Márquez

Recientemente, tuve el privilegio de asistir a la premier del documental Todos íbamos a ser reyes, de la cineasta puertorriqueña Márel Malaret. Han sido años de trabajo dedicados a la conceptualización y la producción fílmica, pero además, estos procesos vienen unidos a las múltiples vicisitudes de hacer cine en Puerto Rico. Este importantísimo documental que llegó a la “pantalla grande”, como expresa  Malaret, “es el resultado de un taller de guion que se llevó a cabo en la cárcel”, como parte del  importante proyecto de talleres de escritura creativa para confinados, impulsados y dirigidos por la profesora de la Universidad de Puerto Rico, Edna Benítez.

La filmación del documental se realizó en el Complejo Correccional de Bayamón, Puerto Rico, siendo los protagonistas algunos de los participantes de estos talleres: Juan Velázquez, Aníbal Santana, José Armando Torres, Luis Serrano, Emmanuel Torres, Joel García y José Delgado Dones. A través de sus testimonios se nos revelan sus historias, sus realidades y la importancia de los talleres de escritura con la profesora Benítez en su proceso de rehabilitación y transformación.

La historia de estos confinados se entrelaza con sus guiones, también filmados como parte del documental. Es importante reconocer la labor y la colaboración en la filmación de los guiones a sus cuatro directores, Arí Maniel Cruz, Alba Gómez, David Moscoso y Álvaro Aponte Centeno. Este documental nos habla directamente del mundo del narcotráfico, la violencia, del asesinato, del abuso sexual, de la vulnerabilidad y de la aceptación de lo realizado.  Nos acercamos a lo que fueron sus mundos antes de entrar en la cárcel, a la nueva vida de los que ya salieron y a la esperanza de salir algún día. También nos enfrentamos al peso del que nunca salió, del que murió entre rejas.

En 70 minutos, por medio de la “magia de la pantalla” y de esta joya fílmica, queda uno atrapado visualmente y emocionalmente en un recorrido biográfico de aprendizaje, de apertura al conocimiento y de la valentía de llevar la escritura y la literatura a este confín alejado física y socialmente de la Universidad. Es mantenerte absorto durante su duración en una realidad distante que uno pretendía conocer.

Pone de manifiesto, este documental, las extensas penas de cárcel que durante años algunos han promovido como la panacea al complicado y complejo problema de la criminalidad. Es denuncia, es reflexión sobre la existente quiebra social: el narcotráfico que nos arropa y el maltrato a la niñez. Es sobre la constitución y la obligación con la rehabilitación, pero más allá, es sobre el poder curativo de la escritura y de la lectura; sobre la creación literaria para crecer y para volver a vivir y mantener el optimismo y —por qué no—, también la fe en las posibilidades de cambio, de transformarse; de transformarnos todos los que estamos presos en diversas formas, los que están detrás de las rejas de hierro con sus condenas y los que estamos presos detrás de los barrotes de prejuicios e intolerancias.

La noche en que se presentó el documental, la profesora Benítez nos dijo antes de la proyección que la rehabilitación es de todos. Y así es. Estamos listos para reconstruir, rehacer y rehabilitar esta sociedad, para ser libres, individual y colectivamente, con justicia y solidaridad.

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