Cuchín, el feminista

Lea la opinión del periodista Julio Rivera Saniel

Por Julio Rivera Saniel

Cuchín. Con ese apodo informal nos referíamos a esa figura recia que había logrado enormes azañas políticas desde su aparición en el servicio público apenas rondando los 30 años. Primero senador y presidente de la Cámara Alta, más tarde secretario de Justicia y antes de los 40 años, gobernador, un cargo que ocupó durante tres términos.

El exgobernador ocupó —como es lógico al tratarse de una figura de su envergadura— titulares diversos y horas extensas de cobertura periodística tras conocerse la noticia de su deceso. Y entonces llegó la larga fila de condolencias y expresiones públicas, también anticipadas. Su legado fue ampliamente discutido, con sus aciertos y faltas. No fue un funcionario perfecto. Después de todo, ¿quién lo ha sido? Sus adversarios (dentro y fuera de su partido) le cuestionaron en vida su defensa férrea de un Estado Libre Asociado sin mayores cambios.

Desde el feminismo, también se le criticó en su momento su negativa de reconocer la aplicación en Puerto Rico del caso Roe vs. Wade y, con ello, el reconocimiento de las mujeres a interrumpir su embarazo. O su oposición a derogar la criminalización de las relaciones consentidas entre personas del mismo sexo en medio de las discusiones de cara a las enmiendas al código penal en 1974. Sin embargo, la evaluación de su vida —desde el espacio de tregua que permite la muerte— ha permitido que, incluso, sus rivales políticos hayan dado espacio al reconocimiento de sus fortalezas y aciertos. Y yo lo describí en un aire que no había pasado por mi radar personal: Hernández Colón se acercó, quizá más que cualquiera de sus colegas, al terreno del feminismo. Y me explico.

Fue la amiga y expresidenta del Colegio de Abogados y Abogadas, Ana Irma Rivera Lacén, quien me expuso los datos que colocan al exgobernador como promotor de importantes avances en la agenda de la mujer. Fue bajo su incumbencia que se firmó la Ley 17 que prohíbe el hostigamiento sexual en el empleo. También la Ley 54 de 1989, con el objetivo de penalizar la violencia doméstica. O la ley 57 de 1973, que creó lo que hoy conocemos como la Comisión de Asuntos de la Mujer. Hernández Colón también hizo posible la llamada reforma de familia de 1976, que enmendó el Código Civil para reconocer la igualdad de derechos entre mujeres y hombres en el matrimonio.

Las generaciones actuales lo pensarán imposible, pero antes de esa iniciativa, solo el hombre podía administrar la sociedad legal de gananciales y, con ello, decidir el lugar de residencia del matrimonio o tomar decisiones unilaterales sobre las vidas de los hijos. De igual manera, la mujer debía seguir y obedecer al esposo de manera incondicional.

Fue también bajo su administración que se firmó la Ley 93 de 1985, que eliminaba la obligación de la esposa a llevar el apellido de su marido. Hernández Colón firmó, además, la ley 18 de 1987, que declara la conmemoración, a nivel local del Día de No Más Violencia Contra la Mujer, y la Ley 102 de 1976, que reconoce el 8 de marzo de cada año como el Día Internacional de la Mujer.

Sus aportaciones para los avances de la agenda de la mujer llegaron, además, en la forma de designaciones de mujeres a posiciones clave y de enorme visibilidad pública. Repasábamos por estos días que fue el exmandatario quien nombró a la primera secretaria de Estado, Sila Calderón; la primera directora de la Administración de Corrección y Rehabilitación, Mercedes Otero; la primera secretaria de Educación, Celeste Benítez; la primera jueza del Tribunal Supremo, Myriam Naveira (quien luego se convirtió en su primera jueza presidenta); y la primera contralora, Ileana Colón Carlo.

Vistas en conjunto se trata de un importante bloque de iniciativas que, sin duda, ayudaron a adelantar la necesaria agenda de cambio en el discurso de género. Una importante zapata para las luchas actuales en las que parecerían estar sobre la mesa y bajo amenaza derechos ya obtenidos. Es evidente que las leyes firmadas por Hernández Colón no habrían sido posibles sin el activismo de mujeres y hombres aliados de una agenda de cambio. Sin embargo, esas firmas ubicaron al exmandatario en la página correcta de la historia. Sería mezquino no reconocerlo.

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