La agenda inconclusa de Rafael Hernández Colón

Lea la opinión de Armando Valdés

Por Armando Valdés

La partida de mi amigo, el exgobernador Rafael Hernández Colón, me llena de tristeza. En los últimos años de su vida, desarrollé una relación con Rafael, que si bien no habrá sido de especial importancia para él, fue trascendental en mi desarrollo político. Mi estrecha amistad con sus hijos, José Alfredo, Juan Eugenio y Rafael, su nietos, Pablo José y Ana Patricia, y su nuera, Patricia, solo abonan al profundo dolor que me embarga.

Rafael fue de las figuras insignes de nuestra historia política, no solo de la reciente, sino de toda nuestra larga trayectoria de pueblo. Un hombre de Estado como pocos que ha producido esta tierra, incluso, toda Latinoamérica. Sus tres cuatrienios en la gobernación de Puerto Rico marcaron importantes hitos en nuestros desarrollo colectivo. Es de notar, además, que su récord como servidor público es impoluto.

Como toda figura pública, también tenía sus detractores, y sería un error, a menudo cometido en nuestro país, que la muerte borre, en un esfuerzo por edulcorar el pasado, un retrato completo y complejo de quien era en vida Hernández Colón. Quienes lo criticaban, a veces con insospechada severidad, se enfocaban principalmente en su supuesto conservadurismo, y en más de una ocasión fue acusado de ser defensor del coloniaje.

Por el contrario, Rafael nos deja a los autonomistas una importante agenda inconclusa. Quienes suscribimos su visión del desarrollo del Estado Libre Asociado, tenemos la obligación ahora de tomar la antorcha, defender su legado —que no es otra cosa que la herencia intelectual de Muñoz Marín— y culminar la lucha por un estatus político que responda a las necesidades y las realidades de Puerto Rico.

Lejos de rehuir al cambio, Rafael promovió procesos, como el que convocó a los tres líderes principales de la política puertorriqueña de finales de los ochenta y principios de los noventa, Rubén Berríos, Carlos Romero Barceló, y Hernández Colón, propiamente, para negociar con el senador Bennett Johnston definiciones para cada una de las alternativas de estatus. Ese proceso culminó, tristemente, sin que se aprobara una ley para viabilizar un plebiscito con sanción federal. Pero, dejó ver que el autonomismo mantenía su espíritu de progreso y de evolución, su vocación de inclusión hacia otros sectores ideológicos, y nos mostró un posible camino para el desarrollo del ELA.

Esos tres puntos deben ser la agenda de los autonomistas de cara al futuro, y nos debemos comprometer a ella para que no muera el pensamiento y la gesta de Muñoz Marín y Hernández Colón. Nos toca demostrarles a las generaciones contemporáneas que el autonomismo no es solo pasado. Por supuesto que logramos mucho, que modernizamos el país, que le dimos agencia al pueblo en su Gobierno. Pero debemos, además, convocar hacia el futuro, el cambio y el movimiento; demostrar que no somos inmovilistas ni los happy colonials de los ya trillados ataques de la oposición. Reconocer que nuestro acuerdo con EE. UU. ha sufrido grandes retrasos y que, precisamente por ellos, nos toca reconstruir y dar un paso más allá.

Nos toca ser inclusivos y democráticos en nuestra gestión. La agenda del anexionismo es la de la imposición y la exclusión. El estadolibrismo se funda por el profundo respeto que les tenemos a las voluntades del pueblo, aun cuando esas puedan estar encontradas unas con las otras. El ELA no es otra cosa que una reconciliación de las aspiraciones contradictorias del puertorriqueño: querer mantener nuestra identidad nacional, querer gobernarnos en nuestro terruño y querer participar de la vida política de EE. UU.

Y nos toca articular el futuro del ELA, uno fundamentado en nuestra voluntad como pueblo y un acuerdo de respeto mutuo con EE. UU., que nos reconozca dentro de nuestra relación con dicho país, nuestro derecho a tomar decisiones que respondan a nuestras peculiaridades como pueblo caribeño.

Es hora ya de, orgullosamente, retomar esa agenda inconclusa. Nos toca responder al llamado que, desde el más allá, nos hace Rafael.

Que descanse en paz.

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