Integridad y empatía

Sobre la falta de integridad, Metro, correctamente, convirtió en poster child al senador Miguel Romero con su portada del pasado miércoles

Por Armando Valdés

El debate que se ha dado durante este, el mes de la mujer, sobre el P. del S. 950, medida que impondría restricciones adicionales sobre los derechos reproductivos de la mujer, delata dos grandes problemas de nuestra clase política. El primero es la falta de integridad; el segundo, la falta de empatía.

Sobre la falta de integridad, Metro, correctamente, convirtió en poster child al senador Miguel Romero con su portada del pasado miércoles. El 7 de marzo, Romero tomó un turno de más de 10 minutos para argumentar a favor del proyecto, al cual él mismo le había hecho una serie de enmiendas, y emitió su voto a favor. Solo 21 días después, y sin explicación alguna que justificara su súbito cambio de posición, el senador decidió comunicarle al presidente del Senado que estaría votándole en contra a la misma medida si se intentase ir por encima del veto del gobernador. Aunque este desenlace me complace, ya que he sido un férreo opositor de la legislación, el comportamiento y las pobres convicciones de Romero dejan mucho que desear.

Y es que Romero se ha desenmascarado como un político más del montón, sin principios fijos ni rectitud moral. Su parecer real sobre los derechos de la mujer en nuestra sociedad nunca lo conoceremos. Ha asumido posturas contradictorias, acomodando sus votos, y su conciencia, a lo que le conviniese desde un punto de vista electoral. La única excusa que ha dado es una jerigonza incomprensible de procedimientos legislativos que solo interesará a quienes viven dentro del frío mármol del Capitolio.

Cualquier observador astuto de su proceder político sabe lo que pasó aquí: Romero le votó a favor en primera instancia para arrimarse al liderato fundamentalista que ha promovido esta medida, sabiendo que el gobernador lo vetaría, por lo cual su voto sería, en gran medida, académico e inocuo. Los huevos se le pusieron a peseta cuando la Cámara reunió los votos para ir por encima del veto, y Thomas indicó que estaría llevándolo nuevamente a votación en el Senado. De pronto, su voto se tornó decisivo, y frente a un posible reto en la primaria de la más liberal Zoé Laboy, decidió que le convenía empatar esa pelea con ella y oponerse al proyecto de ley.

De más está decir que ese no es el proceder de un líder íntegro, vertical y transparente. Es el nebuleo de un político que es más de lo mismo.

La falta de empatía es más difícil de divisar, pero está en todos lados. Cuando un político dice que propone tal y más cual medida porque tiene un hijo o una hija, ¿qué nos está diciendo? ¿Que de no tener una progenie no podría empatizar con lo que sienten los niños o los padres? Quizá, por ello, no podemos entender como individuos lo que pasan otros personas en circunstancias distintas de las propias.

En días recientes, vi un sondeo que preguntaba si uno estaría de acuerdo con que una hija menor de edad se realizara un aborto sin consentimiento de los padres. Por supuesto que uno quisiera tener la confianza con sus hijos para tener esas conversaciones. Pero esa no es necesariamente la realidad de todos los que viven en Puerto Rico. Desde las cómodas butacas del hemiciclo, ganándose $80,000 al año, algunos con escoltas y choferes, y los nenes en colegio privado, será muy fácil pensar en lo que haría uno con su hija o hijo.

Por lo visto, resulta más difícil ponerse en posición del prójimo. Ahí es donde se tiene que colocar el líder que verdaderamente aspira a gobernar para todos y todas, sin pensar únicamente en su propia realidad y entorno. Según expertos en la materia, el 79 % de los casos de abuso sexual contra menores fueron cometidos por familiares del menor. ¿Cómo esperamos que ese menor acuda a sus propios familiares para procurar un aborto? ¿No entendemos que en las comunidades marginadas hay una desconfianza, a menudo merecida, contra las autoridades y la Policía? ¿No entendemos que muchas familias tienden a protegerse, a querer lavar los trapos sucios en casa? ¿No entendemos que el Gobierno está precisamente para proteger a los más vulnerables, en este caso, a niñas víctimas de violencia sexual?

En fin, que con los derechos del prójimo no se juega a la ligera, ni por conveniencia política ni por ceguera ante experiencias que no se conforman a nuestra manera de ver el mundo.

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