La avioneta, la barcaza y lo que pudo ser

Lea la opinión del periodista Julio Rivera Saniel

Por Julio Rivera Saniel

La controversia sobre la ayuda humanitaria enviada desde Puerto Rico a Venezuela sigue viva. Y lo está en gran medida por la manera en que la oficialidad ha manejado el asunto. En definitiva, se trata, en su mayor parte, de un cuestionamiento sobre “la forma” y no “el contenido” de la iniciativa.

Claro que la situación política de Venezuela es un enorme problema irresuelto con múltiples rostros y perspectivas políticas. Pero al margen de ellas se encuentran los ciudadanos de ese país que procuran, cada uno a su manera, lo mejor para su nación. Por ello es perfectamente comprensible el interés y la entrega con los que los hermanos venezolanos en Puerto Rico han empleado su tiempo y recursos para lograr canalizar el envío de ayuda a su país. La ayuda enviada, sin lugar a dudas, merece ser puesta en función de los mejores intereses de los hermanos venezolanos, puesto que, a fin de cuentas, se trata del resultado de una incuestionable labor de amor. Un proceso que ha involucrado, de igual manera, las buenas intenciones de cientos de hijos de esta tierra para quienes la crisis local no es (como nunca antes ha sido) un impedimento para compartir con otros lo que tenemos.

No obstante, “la forma” —esa escogida por el Gobierno— ha provocado múltiples cuestionamientos, particularmente por la falta de claridad a la hora de comunicar los pasos tomados y, en definitiva, por la adecuación de estos. Primero, el lamentable tracto público sobre el envío de una avioneta con suministros, de la que se aseguró que había entrado en el espacio aéreo venezolano en una afirmación que probó no ser cierta. Ahora, la nueva controversia se centra en la barcaza con suministros enviada desde la isla. Desde el saque se aseguró que el destino de la embarcación serían las costas de Venezuela. Una afirmación aplaudida por muchos, pero puesta en duda por otros. No porque quienes dudaron que lo hicieran movidos por el deseo de fracaso de la misión, sino porque una pregunta se hacía imperativa: si ningún país soberano había logrado penetrar sin permiso las aguas venezolanas, ¿qué haría posible que la barcaza de Puerto Rico sí lo consiguiera? No ponía a caso en riesgo la misión su propia naturaleza? ¿No era a caso anticipable que la barcaza no iba a poder entrar en aguas venezolanas sin permiso e, incluso, que insistir en ello podría poner en riesgo a la tripulación? El tiempo probó que la incredulidad de expertos en política internacional o ciudadanos de a pie sobre “la forma” y no “las intenciones” de la misión estaba anclada en elementos perfectamente previsibles. Como se anticipaba, la barcaza no pudo entrar.

Sucede que, cuando se trata de política internacional y de insertarse en situaciones de conflicto,no aplica aquello de que “la intención es la que cuenta”. La prudencia —tanto en acciones como en expresiones— debe ser la norma, aún más cuando la buena intención de quienes procuraban enviar con éxito los suministros se daba en el crítico contexto local de la escasez de recursos. Es preciso recordar que, al pago inicial de más de $200 mil por transportar los suministros, se añade, según el contrato, un cargo de $25 mil diarios por demora en la entrega a partir de la fecha prevista o la posibilidad de hacer al erario local pagar por daños a la embarcación. ¿Era previsible que el barco no podía entrar en aguas venezolanas sin autorización? Los expertos en asuntos internacionales afirman que sí. Entonces, ¿por qué insistir en hacer llegar la ayuda por esa vía —de fracaso previsible— y no por alguna de las fronteras, tal y como han hecho grupos de diversos países? ¿Había alguna otra forma de realizar la misión sin poner en precario los limitados recursos del Estado y, de paso, evitar crear la expectativa equivocada de que la ayuda podría haber entrado por mar? Probablemente, sí. Hacerlo no solo habría salvaguardado el buen uso de fondos públicos, sino también habría respetado las altas expectativas de los hermanos venezolanos que conviven con nosotros, que cifraban en la misión enormes esperanzas y, de paso, respetado el deseo de los ciudadanos de ver bien utilizado el dinero del Gobierno en momentos de escasez. De seguro, ambas expectativas habrían sido perfectamente compatibles.

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