Nacionalismo

Columna de opinión del licenciado Leo Aldridge

Por Leo Aldridge

El nacionalismo no es gritar “soy boricua pa’ que tú lo sepas” ni emocionarse cuando Kiaria Liz llega lejos en Miss Universe. Esas acciones son muestras inocentes de orgullo y de identificación con algo que trasciende al individuo.

El nacionalismo, realmente, suele ser una ideología extrema que, escudada en un patriotismo barato, excluye sistemáticamente a todo aquel que sea percibido como distinto. Llevada a su extremo más peligroso, Hitler y su Tercer Reich exterminaron a 6 millones de judíos a mediados del siglo XX, por considerar que no encajaban con la pureza de la raza alemana.

Luego de la Segunda Guerra Mundial que le puso un detente final a Hitler, surgió una suerte de consenso mundial que buscaba evitar las atrocidades sucedidas en Europa. Para darle concreción a ese nuevo consenso, surgieron instituciones que buscaban mantener una estabilidad mundial, incluida la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y la Organización del Tratado del Atlántico del Norte (OTAN).

Tan reciente como en la década de los noventa, el nacionalismo convirtió un lugar cosmopolita como Serbia en un cementerio donde eran enterrados vecinos que habían convivido por años. François Mitterand, el expresidente francés, dijo en 1995 que el “nacionalismo es guerra”.

Lamentablemente, el nacionalismo, que parecía haber sido contenido, lleva ya varios años ganando cada vez más adeptos —y poder— en Europa, Estados Unidos y Latinoamérica.

El principal exponente del nacionalismo es, por supuesto, Donald Trump, quien no tiene reparos en autoproclamarse a sí mismo con ese mote. Pero también han surgido con éxito nacionalistas en Brasil, Hungría, la región española de Andalucía, y México (porque el nacionalismo no se circunscribe solo a la derecha).

La versión del nacionalismo de este siglo está matizada por la cuestión identataria. Es decir, según los nacionalistas nuevos, sus identidades como españoles o estadounidenses —o cualquiera que sea el caso— está amenazada por la globalización rampante y por inmigrantes que están a punto de borrar sus costumbres y tradiciones.

En Puerto Rico, el nacionalismo más reciente que conocemos es el que lideró Pedro Albizu Campos a mitad del pasado siglo. Ese nacionalismo estuvo fuertemente influido por el Sinn Fein irlandés, que le hacía frente al Imperio británico. Al igual que en Irlanda, el nacionalismo en Puerto Rico era principalmente una respuesta a una realidad de colonia frente a la metrópoli poderosa.

En cambio, los nacionalismos que vemos hoy día no son de países oprimidos o en posición inferior a otro. Son, por el contrario, provenientes de la nación más poderosa del mundo (Estados Unidos), y de la nación más poderosa de América Latina (Brasil), entre otras.

Es fundamental que, como puertorriqueños, permanezcamos vigilantes a que los nacionalismos que tanta sangre y sufrimiento provocaron en otros lares no tengan posibilidad alguna de enraizarse en nuestras mentes y corazones. Estar orgulloso de los logros de nuestros compatriotas boricuas, querer lo mejor para la isla, e incluso desear la independencia o la soberanía jamás pueden confundirse con el nacionalismo excluyente y venenoso que proliferan actualmente en Europa, Estados Unidos y Brasil.

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