Opinión: De gruñón a amigo

Lea la opinión de Dennise Pérez

Por Dennise Pérez

No puedo evitarlo. Tengo hoy que escribir del tema del día, como cuando como periodista me tocó escribir sobre este novato que llegaba a la Legislatura con un claro potencial de sobresalir entre sus pares.

Héctor Ferrer se convirtió en representante cuando yo era una reportera asignada a la Legislatura y la relación no siempre fue buena. Héctor era fuerte como figura pública, aún desde sus inicios, y exhibía un sentido de autoprotección como pocos. Lucía a la defensiva prácticamente todo el tiempo, como quien busca darse a respetar.

Mi relación con él comenzó con el pie izquierdo y con un enojo tremendo de su parte luego de que yo escribiera un artículo que no le gustó. No vino con paños tibios a enfrentarme como muchos suelen hacer. Su persona de prensa en ese momento, José Cruz, me llamó y me advirtió que Héctor estaba furioso conmigo. Yo escuché sus argumentos y repetí los míos. Pero Héctor me llamó después. Y ahí descubrí su lado de guerrero, defensor, abogado, y hombre de familia. Todo en una conversación en la que pude hablar poco porque su pasión lo acaparó todo.

Al día de hoy, sigo pensando que esa reacción de Héctor no era para tanto. Pero era la suya. Y me llevó a conocerlo mejor. Casi literalmente, puedo decir que Héctor me puso “en la perrera”. Acceso cero. No existía. Pero un político no puede ignorar por siempre a un periodista, así que, poco a poco, y haciendo mi trabajo como de costumbre, Héctor volvió a dirigirme la palabra. Estaba en el salón de audiencias Severo Colberg cubriendo una vista pública cuando Héctor se salió de su banca y se sentó detrás de mí a hablar del proyecto de presupuesto. Yo miré para todos lados a ver con quién era la cosa. Era conmigo. Salimos al pasillo a hablar del proyecto como si nada. Todo datos, y entremedio, alguna expresión de Héctor del tipo “te perdoné”, cosa que hoy me da risa.

De ahí en adelante, establecimos una nueva relación, profesional, pero conociéndonos. Él sabiendo que yo me sostenía en lo mío, y yo sabiendo que él se sostendría aún más. Ambos como Jalisco, que nunca pierde.

Con el paso de los años, Héctor se convirtió, según los estándares de muchos, en adversario nuevamente porque yo trabajaba con un servidor público que él pretendía desbancar. Cuando yo supe que Héctor buscaba eso, les dije a todos a mi alrededor: “Ojo: Héctor es un adversario de temer”. Circunstancias de la vida cambiaron sus planes para él, al menos dos veces en esos próximos meses. Y todos los dieron por desaparecido y tronchado.

Retando otra vez la narrativa, Héctor reapareció hasta con una especie de aura de reivindicado. Se hizo paso, conquistó. Como lo hizo con muchos y como lo hizo conmigo. Porque Héctor daba la impresión de difícil, pero en lo personal era un pan.

Recuerdo que, en medio de su enfermedad, aunque ya en franca recuperación, se enteró de que yo atravesaba por un percance de salud, menor, mucho menor que el suyo, y me enviaba mensajes de texto preguntándome cómo estaba, dándome apoyo y poniéndose a mi disposición. Yo no podía creer que lo estuviera haciendo. No tenía que ganar nada Héctor con eso porque yo no ejercía ya en los medios. No tenía las de ganar ninguna indulgencia. Estaba siendo él.

Por eso, cuando el lunes me enteré de su muerte física, me sobrecogí. Mientras continuaba mi trabajo, que no podía darse el lujo de esperar, se concentró un aguacero de esos temibles, y me dije: “Coño, Diosito, hasta tú sabes que estaba a destiempo”.

No es cierto que en la política y en los medios no se hacen amigos. Tampoco es cierto que hacerlos sea impropio. La fibra humana tiene el poder de sobreponerse a toda esa falacia. Y no es necesario renunciar las convicciones ni al deber en el proceso.

Héctor ya no está. Y espero que no nos olvidemos pronto de que no lo está. Como creyente, sé que Dios tiene un propósito para todo, pero confieso que no encuentro aún el propósito en esto. Gracias, Héctor, por pasar de gruñón a amigo, para siempre.

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