Ciudadanía por nacimiento

El argumento legal en contra de lo que, aparentemente, pretende el presidente es abrumador: revertiría cerca de 1,000 años del derecho común angloamericano y violaría la Enmienda 14 a la Constitución de los Estados Unidos.

Por Alejandro Figueroa

En una entrevista en días recientes, el presidente Trump expresó que pretendía emitir una orden ejecutiva para derogar la ciudadanía por nacimiento, una ley que describió como “ridícula y absurda”.

El argumento legal en contra de lo que, aparentemente, pretende el presidente es abrumador: revertiría cerca de 1,000 años del derecho común angloamericano y violaría la Enmienda 14 a la Constitución de los Estados Unidos. Peor aún, la experiencia aquí y en Europa muestra que terminar con la ciudadanía por derecho de nacimiento limitaría la forma en que los inmigrantes y sus descendientes se asimilan y se convierten en estadounidenses.

La ciudadanía por nacimiento (si naces aquí, eres estadounidense o, como nos referimos en Puerto Rico, “americano”) significa que cada descendiente de inmigrantes tiene una participación en esta nación y no crece en una subclase legal. Cuando los hijos de inmigrantes nacidos en los Estados Unidos, los que están aquí con una Green Card o una visa de trabajo temporal especializada, los que llegaron como refugiados y hasta los que están aquí ilegalmente, se convierten en ciudadanos automáticamente; a su vez, la historia ha comprobado, que ellos y sus familias también se convierten en parte de la comunidad. La historia de los Estados Unidos lo muestra, y la historia reciente en Alemania lo confirma.

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Tradicionalmente, la ciudadanía alemana era una cuestión estrictamente de sangre. En su mayor parte, ambos padres debían haber sido alemanes para que la criatura concebida entre estos pudiera ser ciudadano en pleno derecho. Estas leyes crearon una crisis de asimilación. Los programas de trabajadores invitados en los años cincuenta, sesenta y setenta admitieron a un gran número de turcos, tunecinos, portugueses y otros que se necesitaban para trabajar en la creciente economía de la posguerra. A pesar de las intenciones del Gobierno alemán, muchos de estos trabajadores se quedaron y tuvieron hijos, pero los niños nacidos en Alemania durante su estadía no se convertían en ciudadanos automáticamente.

Esta situación produjo generaciones de jóvenes resentidos y desplazados a una clase social de segunda, con una lealtad parcial a la nación en que nacieron. Así las cosas, los no ciudadanos nacidos en Alemania comenzaron a formar “sociedades paralelas” y, en cierto sentido, como consecuencia del discrimen, eran más propensos a la delincuencia y a ideologías políticas como el islamismo radical o el nacionalismo kurdo.

Como medida remediadora, el Parlamento alemán aprobó legislación para impulsar la asimilación. En 1999, extendió la ciudadanía a algunos hijos de no alemanes nacidos a partir del 1.o de enero de 2000 y algunos de los nacidos en la década previa. De acuerdo con la evidencia que reflejan varios estudios sobre la materia, el efecto positivo ha sido indiscutible. Los padres inmigrantes de niños recién cubiertos por la ciudadanía por derecho de nacimiento se comenzaron a relacionar más con sus pares alemanes, comenzaron a utilizar el alemán como lengua principal y a participar con mayor frecuencia en los asuntos de sus respectivas comunidades.

El informe reciente de la Academia Nacional de Ciencias sobre los estudios de asimilación de inmigrantes en los Estados Unidos coincide en el hecho de que parte de la posición de que la ciudadanía por nacimiento es fundamental para la nación es “uno de los mecanismos más poderosos de inclusión política y cívica formal en los Estados Unidos.”

Desgraciadamente, Trump y su partido están en gran parte en desacuerdo. Alrededor del 62 % de los republicanos piensa que los inmigrantes de hoy están menos dispuestos a adaptarse a la vida estadounidense que los inmigrantes de hace un siglo, en comparación con solo el 17 % de los demócratas que sostienen esa opinión. De hecho, una encuesta realizada en 2015 sobre la ciudadanía por nacimiento reflejó que, aproximadamente, la mitad de los republicanos quería modificar la Constitución para derogarla, y los miembros más conservadores del Tea Party favorecieron la derogación por un margen de casi 20 puntos, 57% al 40,%.

Eso hace que las voces conservadoras que favorecen la ciudadanía por derecho de nacimiento sean aún más importantes porque, de lo contrario, corremos el riesgo de que los Estados Unidos se convierta en una nación con dos clases de residentes: los nacidos aquí, sin derechos y sin forma de asimilarlos, y los ciudadanos americanos. Tal y como resumió Jacob Vigdor, economista de la Universidad de Washington, en su investigación sobre inmigrantes recientes, los temores de una falta de asimilación en los Estados Unidos son exagerados. “Los indicadores básicos… desde la naturalización hasta la habilidad en inglés, son más fuertes ahora que lo que eran” en la era de Ellis Island. La ley que garantiza la ciudadanía por nacimiento es parte de la razón. Lejos de ser ridícula, garantiza que los inmigrantes y sus hijos formen parte de, y se incorporen a la fibra de la que está hecha la nación estadounidense.

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