Opinión: Se nos va la vida... en una fila

Lea la opinión de Dennise Pérez

Por Dennise Pérez

Tiene que haberle pasado que va guiando con tremenda prisa, y la sábana medio pegada al cuerpo, cuando se da cuenta de que la pantalla de su vehículo lleva un ratito avisándole que tiene poca gasolina. En mi caso “poca gasolina” significa que tengo un par de vueltas, kilómetros, millas más.

Por una malsana costumbre, siempre espero la notificación y dejo pasar un rato más hasta que, no falla, empiezo a mirar incesante, a apagar el aire acondicionado y a bajar la ventana como si fuera auto de los setenta. Como decimos en mi barrio, llego a la gasolinera “con la peste” como único combustible posible para motivar el motor.

Y muchas, incontables veces, me pasa que llego a la caja registradora a decir cuánta gasolina y a qué bomba, y aun acomodando mi cuerpo, por el sudor y el estrés de no llegar antes de que se me acabe, percibo que la fila es un poquito larga y lenta. No me digas. ¡Bingo! Hay cambio de turno. Y ese cambio de mando no es muy rápido que digamos. Hay una combinación de cash, Visa, MasterCard, American Express y Pega 3 que hace el proceso interminable, mientras el encargado de la caja evita a toda costa mirarte, no sea que se descuadre la caja contando, o su tiempo de ponche; ambas cosas totalmente comprensibles.

Normalmente, hay una sola caja registradora para hacer las transacciones de varias y hasta una decena de bombas. Y la fila se enfrenta a la persona que, como yo, aunque se grabe en la sien, en el brazo izquierdo y en la palma de la mano derecha el número de bomba a la que le va a echar gasolina, siempre vuelve a mirar para asegurarse de que está bien.  Quizás, como es tan cara, uno tiene dobles y triples precauciones.

Bottom line: demasiadas veces soy esa persona en la gasolinera. Muchos otros se quejan de que llegan y, entonces, el mega camión aparece para llenar los tanques. Me ha pasado, excepto que, en esos casos, no espero. Simplemente, me voy. Si llegué hasta allí “con la peste”, seguramente no tengo tiempo para esperar a que se llene un tanque de 15,000 galones. O dos. Total, que en esta isla densamente poblada de todo, hay una estación de gasolina cada tres pasos.

Aunque la tragedia es más grande en la gasolinera, por lo que les conté de andar empty con demasiada frecuencia, me pasa en muchísimos lados, por ejemplo, en los peajes. Ni bien decido qué carril voy a tomar, porque me parece que el paso por ahí es más expedito, alguien decide pararse, se le queda el carro a alguien o se le desaparece la tarjeta para recargar, que es la tardanza de ahora, porque en el pasado, y me incluyo, la tardanza tenía que ver con el conteo de pesetas, vellones y perras prietas que había que echar a la canasta. Literalmente, hubo veces que viví el que la persona pusiera el carro en parking y cruzara de caseta en caseta buscando cambio o pidiendo los últimos tres centavos que le faltaban.

También está la fila del correo. La uso. Poco, pero no es poco frecuente que, estando cerca de que me atiendan, aparezca una persona de edad avanzada, un impedido o una mujer embarazada, y la cuelen. Esa no me molesta para nada porque creo en esos privilegios. Solo me llama poderosamente la atención mi capacidad de encontrármelos cuando más prisa tengo.

Igual pasa en el supermercado. Vas con tu compra, en mi caso, muchas veces chapuceramente hecha, por no cargar las bolsas recusables suficientes, y voy desde la penúltima góndola midiendo qué fila es la más corta para cuando vaya a pagar. Ajá. Una de dos: o este cajero, como el de la gasolinera, está cambiando de turno; o esta persona que está pagando pierde la tarjeta, o paga con una tarjeta y cash, o viene con encargos de la vecina que se niega a mezclar las chuletas suyas con mi pan. Virgen de mi vida.

Perdemos la vida en una fila. Yo ahora la pierdo riéndome de cuán inoportuna soy. De seguro, usted también.

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