¿Terapias de conversión en P. R.?

Columna de opinión de Rafael Lenín López

Por Rafael Lenín López

Veía yo el pasado fin de semana la serie mexicana La casa de las flores, de Netflix. La terminé y le comentaba a amigos que es buena para relajarse y reírse de situaciones que parecen ajenas y exageradas. Ayer me tocó cubrir una vista en el Senado de Puerto Rico y me di cuenta de que no era como pensaba. Me di cuenta de que, en el país donde vivimos, en 2018, todavía ocurren cosas que parecen episodios de antaño y que muchos tratan algunos temas con estilos que solo son comparables con los ejecutados por los nazis.

En La casa de las flores, gran parte de la trama gira en torno al hijo de una familia rica, quien se angustia al tener que comunicar que es gay, o bisexual, como termina proclamándose. El qué dirán o el fracaso económico que le ocasionará a su familia eran parte de su debate. Hasta ahí comprendía que es una realidad en muchas familias. Pero en el ínterin dramático de la serie televisiva, las viejas chismosas del barrio debaten sobre el rumor y cuentan entre ellas que otros en el barrio han tenido que enviar a sus hijos al extranjero para someterlos a electroshock con el propósito de quitarles su homosexualidad. Esa era la parte surreal para mí, aunque había escuchado de estos como cosa del pasado. Pues esas terapias de electroshock, supe ayer que se llaman oficialmente terapias de conversión, reparadoras o de reorientación sexual. Y resulta que, en Puerto Rico, se practican. Peor aún, algunos padres someten a sus hijos a estas y hasta se promueven en publicaciones mayormente religiosas. ¡What! ¿En esta era?

El proyecto legislativo que se discutía ayer, de la autoría de la senadora Zoé Laboy, y con apoyo de todos los sectores políticos, busca prohibir esa práctica. No es para menos. Lo sorprendente es haber visto ayer a profesionales y gente presumiblemente inteligente rechazando la propuesta.

Pensaba ayer mientras cubría la vista legislativa (irónicamente en el salón bautizado con el nombre de alguien que hubiese rechazado esa propuesta, el pastor Yiye Ávila), si nuestros legisladores y todos no debíamos estar invirtiendo nuestro tiempo en debates más importantes; por ejemplo, la quiebra del país o nuestra universidad pública, entre otros. Sin embargo, al escuchar las opiniones de algunos, me di cuenta de que es meritorio que se actúe sobre estos asuntos, en vista de las cosas que, evidentemente, están ocurriendo y que son producto del más anticuado prejuicio. Si hay padres sometiendo a sus hijos a tipos de exorcismo, como lo describió ayer una víctima de una de las terapias, a las que fue expuesto cuando era pequeño, eso tiene que acabar.

  El abuso infantil no solo ocurre con agresiones físicas o con no proveerles a los menores de sus necesidades básicas. También ocurre cuando se les reprime a los más jovencitos su identidad y, por ende, de sus aspiraciones a ser felices.

El que haya individuos sometiendo a sus niños a estos tratamientos es inhumano. Lo que hay que hacer es todo lo contrario: fortalecer su identidad y hacerles saber que nadie debe privarles de ella. Estas terapias fomentadas por iglesias, que yo creía que solo eran producto de las mentes distorsionadas de los personajes de la comedia del momento, deben acabar. Y para esos consejeros que se dedican a eso, mi exhortación es a que redirijan sus esfuerzos a los males que verdaderamente nos aquejan, como la desigualdad social.

Nada, seguiré buscando en Netflix alguna otra serie que me desconecte, con la esperanza de no chocar de nuevo con una realidad espantosa.

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