Opinión: Cine de adultos

Lea la opinión de Dennise Pérez

Por Dennise Pérez

El cine de adultos era para mí una clasificación para las películas con gente de poca ropa, hasta el día que fui madre.

Es como si con su llegada me hubieran arrebatado el poder del control remoto, el poder de las claves y los passwords de todas mis cuentas, pero, principalmente, el poder de elegir la película que quiero ver en el cine.

Con muy escasas excepciones, he ido al cine con mi hijo y he podido ver “cine de adultos”, que para mí no es otra cosa que ver una película que no sea de muñequitos ni de cosas animadas ni de disfraces. PG 13 pa’ arriba. Nada de Disney ni de Marvel, ni de action heroes. Es a tal extremo que él mismo lo reconoce y, a veces, cuando siente que él me debe premiar a mí, me dice: “Mami, hoy puedes elegir la película tú”.

Yo dejo que se crea que en eso tiene poder de decisión.

La cantidad de películas que tiene como alternativa es tremenda. Todas las semanas hay una o dos, y ya perdí hasta la cuenta de cuántos Marvel van. Son como los gremlins.

Para ver algo mío me he resignado a esperar a que la tengan en Netflix o en cualquiera de los otros sistemas de online streaming. Y no basta con tener que esperarla, encima tengo que verla, generalmente, sola. También me he tenido que escapar sola al cine, aprovechar un espacio en agenda para transportarme un rato y disfrutar lo que me gusta del cine, que no es difícil, no es muy fancy ni muy específico. Que sea cine de adultos, es todo.

El niño tiene un chiste sobre mis películas favoritas: son en idiomas extraños, cantan mucho o se habla poco. Y pensándolo bien, ¡es verdad! Es que me encanta Fine Arts. Y ya ni con la comodidad de las butacas puedo “chantajearlo” porque, cada vez, hay salas más amplias, más monstras y más parecidas a cualquier ride de Universal Studios.

Soy de las mamás que, cuando lo invitan al cine, celebran en silencio porque “es una más que no tengo que ver yo”. Y lo digo con culpa porque no solo lo adoro, sino que me encanta ver lo feliz que le hace ir, por ejemplo, al cine. Pero también me hace feliz verlo del camino al colegio y no regresaría a séptimo grado por eso.

Son tantos los papás a los  que he escuchado decir que no ven nada de adultos desde que tienen a sus nenes bebés. Y en más de una ocasión me he encontrado al padre juzgador que  cuestiona ese lamento como si no fuera natural. Oye, yo quiero tener al niño al lado mío toda la vida, pero hay gustos que no se comparten, otros que se viven solos.

Total, que no es como que, de todas las cosas y experiencias importantes de la vida, él va a terminar siendo un resentido porque no pude tirarme otra película de The Rock.

Yo voto por el cine de adultos. Y una que otra de esas cool de niños, cuando estoy en mood de esos switch off. Quizás lo voy a ir educando, o dañando, como diría mi marido. El otro día fue conmigo a ver Mamma Mía! Y pudo reconocer que esas son las canciones que escucho: “Mami, esos son tus domingos”.

Mi tiempo y su tiempo es muy diferente. Yo lloré siendo chiquita al ver E.T. Ajá, el del dedito, y ahora no logro ni que sonría en el parque temático. Claramente, es un asunto generacional. Esa fila hace años que es la más corta. Todo bien.

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