¿Dónde están las llaves?

Lea la opinión de Dennise Pérez

¿Dónde están las llaves?

No tiene que ver nada el hecho de ser mujer. No hay un gen que determine cuánto puede olvidarse alguien de algo o, al menos, eso pienso yo, que no tengo preparación profesional científica. Pero conozco macharranes —y sí, gente “normal”— que a la mera pregunta de “¿dónde estarán mis llaves?”, comentan: “Tenía que ser mujer”. Me pasó ayer.

No puedo bregar con carteras pequeñas porque, normalmente, cargo con demasiadas cosas, necesarias de hecho, como para ignorarlas. La cartera grande no se debe a ser mujer.  Se debe a ser persona  —sin que el género importe— que trabaja 16 horas diarias fuera, que tiene clientes variados y que no tiene la posibilidad de prescindir en un mismo día de una gala, o de un día de juegos, o de un festival en una playa. Es la misma razón por la que en mi guagua hay tacos regulares, tacos con escarcha, trajes largos, mahones, trajes de baño, rolos y chancletas.

Y eso es solo la mitad, porque el resto anda en mi cartera. Los maquillajes, perfumes, medicamentos —para ninguna afección, pero para cualquier eventualidad, la que usted piense—, libretas, periódicos, cuentas de banco, dinero (aunque sea en tarjetas). Y siempre, desde que me conozco, he tenido problema con mis llaves.  Las benditas llaves. El problema comenzó cuando me independicé a los 19 años; es decir, hace más de dos décadas.

Casi casi puedo decir que no tenía muy claro dónde estaba mi cabeza cuando ya tenía que descifrar dónde estaban mis llaves.

Por una cuestión de seguridad, desde una tierna edad, busco mis llaves cuando ya estoy clara de que voy de salida. Las buscaba entonces desde el salón de la universidad, porque no quería ir de camino al hospedaje en pleno Río Piedras, sin la seguridad de que podía entrar rápido al edificio donde vivía. Las buscaba desde donde estuviera tan pronto pude comprar mi primer carro, porque no quería ir desde ningún lado hasta mi Toyota para convertirme en blanco fácil de un delincuente. Y las tenía bien en mano antes de bajarme a mi apartamento una vez ya era propietaria. De hecho, siempre busco mis llaves cuando termino cualquier trabajo y voy de camino al estacionamiento. Le temo a las sorpresas en ambientes no controlados.

Entonces, ¿por qué nunca sé dónde están las llaves? Hace un tiempo descubrí que mi memoria corta falla un poco. Así que determiné que, al llegar a mi apartamento, era cuestión de tirar las llaves de inmediato al sofá de la derecha. Desde que hago eso, siempre encuentro las llaves. A menos que alguien me las saque de ahí sin estrategia y no me lo informe. Bueno, aún si me lo informan, debido a que al salirse de mi cotidianidad, me pierdo.

Así que en la cartera, ¿por qué siempre se me pierden las llaves? Según yo, por falta de tiempo, o por despiste —permanente—personal. Eso sí puede ser una enfermedad, porque no importa cuántas estrategias haya empleado —meaning comprar carteras con compartimientos delineados, comprar envases para colocar en las carteras, comprar alarmas electrónicas que identifiquen ubicación o anotar en el teléfono inteligente—, soy incapaz de saber dónde están las llaves, siempre.

Mis compañeros de trabajo, que suelen ser súper solidarios, se ríen siempre que me ven en plena odisea de tipo Cristóbal Colón, porque uno de los elevadores es súper lento. Si lo pierdes, mueres en espera del otro.

Mi hijo, que me acompaña como cualquier madre moderna en muchas encomiendas laborales, ha decidido que no perderá más tiempo buscando llaves. De modo que, al salir de casa, siempre me pregunta si tengo las llaves. Si nos bajamos del carro, me pide ser custodio de las llaves. Cuando nos vamos a montar, me asegura: “Todos tranquilos; tengo las llaves”. Lo hace casi automáticamente, cuando me bloquea el celular para que no reciba llamadas o mensajes de texto mientras manejo. (Todavía busco cuál es la endemoniada aplicación que me mantiene sin chocar, pero alejada del mundo…)

Lo bueno del caso es que siendo hijo de quien es, mi Manu está claro de que no es un asunto de ser mujer. Su padre tampoco sabe dónde están las llaves, nunca. De hecho, las hemos echado a la lavadora, literalmente,  y no se encuentran hasta que se pone los pantalones luego del laundry.

El problema no soy yo por ser mujer. La culpa es de las llaves. ¡Las benditas llaves!