Querido doctor que se fue o se irá

Lea la opinión de Dennise Pérez

Por Dennise Pérez

Estas líneas están dirigidas a todos aquellos doctores que se fueron de Puerto Rico y/o que planifican marcharse.

A los que se han marchado por todas las circunstancias que prevalecen en nuestro sistema de salud, de disparidad en el pago, de mejores ofertas fuera de aquí, de hartazgo con lo que no funciona en su isla, mis respetos. Tienen razón. Es su decisión, la que comparten demasiados compatriotas de todas las ocupaciones y profesiones, según demuestran las estadísticas. Lamentable.

Los profesionales —bah, cualquier trabajador porque para tener ética no se necesita título— se van de sus lugares de trabajo y se despiden. Renuncian, avisan, hacen arreglos, lo que sea el caso. Otros se van sin aviso, pero no es culturalmente una cualidad nuestra irnos sin avisar, al menos no del trabajo. En el caso de los médicos, uno no se monta en un avión y “hasta nunca”. No sé cuántas leyes y códigos de ética violan esa acción.

Ya después de María, varias personas que he conocido por mi participación en el programa Jugando pelota dura me han contactado porque sus médicos desaparecieron. En el programa, constantemente, estamos evaluando el estado de situación de la isla después de María, así que varios televidentes, al ver que tocamos el asunto de los médicos y su fuga, me escribieron y yo les pedí que me contaran sus casos.

Doctor que se fue o que piensa irse, no queremos que se vaya. Lo necesitamos. Estamos escasos y, realmente, lo valoramos. Pero si se quiere ir, deje todo organizado y cumpla con la ley. Usted tiene pa-cien-tes, es decir, “vidas” en sus manos. Paciente, que, por definición, serlo en esta isla es sinónimo de “valiente mártir que dejas tu vida en un consultorio esperando que te atiendan”. Según la Real Academia de la Lengua —la española, no la mía, que es menos reverente— es “persona que padece física y corporalmente, y especialmente quien se halla bajo atención médica”.

Si me hallo bajo atención médica, no es en ausencia de ella. Si usted se va abruptamente, sin avisar, y no dejó ni instrucciones ni récord, usted incumplió hasta con la madre de Hipócrates. No es que no le importe que su paciente esté cobijado por una Carta de Derechos de la Ley 194 del 25 de agosto de 2000— es que no le importa ni su juramento.

Casi la absoluta mayoría de los médicos hacen este proceso de irse de una manera correcta. Pero hay médicos que han dejado a pacientes sin idea de qué sigue en su tratamiento o con la necesidad de incurrir en nuevos gastos de su bolsillo en busca de no interrumpirlo, porque las aseguradoras, que no son santas tampoco, no te van a aprobar todas la mamografías que quieras al año ni todos los MRI ni todos los CT-SCAN. Son negocios, no monjitas de la caridad.

Otros los han dejado con tratamientos que requieren de seguimiento estricto y no les han dejado ni explicaciones, mucho menos un médico alterno referido al que acudir. Entre los casos que me llegaron, créalo, hay una paciente de cáncer de mama, un pacientito autista y un joven con braces. Póngase en su lugar. Una paciente de cáncer de mama puede morir; un niño autista exige medicación ininterrumpida y evaluaciones constantes hasta para entrar en el baño de un lugar que no sea su casa, y un joven con braces —que es el más liviano de los casos que me han llegado— se quedó a merced de que se le pudran hasta los cables en lo que usted, médico desaparecido, aparece, o él tiene chavos para reiniciar un tratamiento con otro doctor.

Por supuesto que para eso está el Colegio de Médicos y todos los demás colegios, para atender querellas y comenzar procesos contra los insensibles que se fueron sin importarles nada. ¡Suerte ahí a todos esperando que le resuelvan! Y suerte a los que llegan a quejarse legalmente porque las enfermedades no conocen de espera.

De veras que todos los días encontramos lo mejor y lo peor que sacó María de nosotros. Está por todos lados y están mal, pero un médico no puede. Punto. Su juramento hipocrático es claro: “Si observo con fidelidad este juramento, séame concedido gozar felizmente mi vida y mi profesión, honrado siempre entre los hombres; si lo quebranto, caiga sobre mí la suerte contraria”.

Eso es, Hipócrates. Si te fuiste y me dejaste guinda’o, yo le llamo “karma”.

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