Ricardo anda desnudo

Jerohim Ortiz explica cómo, poco a poco, el gobernador ha quedado al descubierto frente al país. La memoria de su padre y los casos de corrupción en su administración lo agravan todo.

Por Jerohim Ortiz Menchaca

Esta semana lo vimos completo. No es agradable ni placentero. Es repugnante, puede causar malestar, náuseas y hasta un retortijón. Como el cuento de aquel emperador que fue engañado por los sastres.

Hoy hace más sentido que nunca aquel aplauso sonoro que le dieron los accionistas de los fondos de cobertura en Nueva York cuando recién salió electo.

Es indubitable que, quienes controlan el país a través de la Junta de Control Fiscal, son los mismos que llevaron al abismo a países tan ricos como Chile en la década de 1980 y Argentina en los 1990.

No queda duda alguna: el gobernador está desnudo. Su aspecto es el de la usual mutación política de los dirigentes que le han dado la espalda a su pueblo: patas de rata, cuerpo de salamandra y cabeza de buitre.

Son los mismos que  dejaron morir a los negros en Nueva Orleans y luego les despojaron de sus viviendas y sistema educativo.

Son los mismos cuya avaricia llevó a que, en la ciudad de Flint, Michigan, miles se envenenaran con el agua tras privatizar los servicios de distribución del líquido y eliminar procesos de purificación para ahorrar dinero.

Como esos hay ejemplos de sobra a lo largo y ancho del mundo.

Sin embargo, no es osado plantearse que, para el gobernador, este proceso de despojos y privatizaciones tiene lazos mucho más entrañables.

Después de todo, la única razón por la que Ricardo logró irrumpir en el escenario político puertorriqueño es porque es el hijo de su papá. De haber sido Ricardo Rodríguez Nevárez no hubiese llegado ni a primera base.

Si algo descubrimos en el pasado ciclo electoral es que el apellido Rosselló sigue teniendo peso para una minoría sustancial del país.

Esa realidad ha llevado al primer ejecutivo a vivir irremediablemente bajo la sombra de su padre.

Y  ahora resulta evidente que su forma de salir de esa sombra es culminando el legado que este inicio hace 25 años atrás.

Papá Rosselló privatizó de forma atropellada nuestro sistema de salud y su hijo se apresta a privatizar nuestra corporación pública más importante, la Autoridad de Energía Eléctrica.

Hoy comprobamos que el modelo de su padre fracasó rotundamente. Quedamos sin una mejor salud colectiva, endeudados y sin los activos que representaban nuestros hospitales públicos. Los planes que se han esbozado entorno a la privatización de la AEE plantean la posibilidad de que al final nos quedemos con la deuda, sin nueva infraestructura y sin el activo que representa la corporación. De seguro es una mera coincidencia.

Papá Rosselló  intentó privatizar el sistema educativo del país, hoy su hijo busca revivir la propuesta de su progenitor impulsando una medida que ha pululado los centros de poder de nuestro gobierno desde entonces.

Papá Rosselló intentó lograr una mayoría estadista a través de dos plebiscitos y fracasó aparatosamente.

Su hijo intentó lo mismo el año pasado y logró que la estadidad obtuviera la menor cantidad de votos en más de cuatro décadas y el porciento de participación más bajo en la historia plebiscitaria de Puerto Rico. Ni hablar del hecho de que  jamás han podido certificar de forma oficial los resultados de esa consulta.

Eso nos lleva al otro renglón en el que ya comienza a observarse un claro paralelismo. Y es que, si bien el gobierno de Papá Rosselló ha sido al que más corrupción se le ha podido evidenciar en nuestra historia, el de su hijo da avisos de que podría ir por el mismo camino.

El escándalo de corrupción alrededor de Whitefish, la Comisión Estatal de Elecciones, su ahora expresidente Rafael Ramos Sáenz, la comisionada Norma Burgos, el referido al Departamento de Justicia de la súper secretaria Julia Keleher y la citación a testificar de los servidores de más alta jerarquía en La Fortaleza son fuertes recordatorios de la dinastía corrupta Rossellista.

Cierto es que Rosselló padre introdujo muchas de estas políticas a nuestro juego político, pero los mandatarios que le sucedieron (de ambos partidos) las continuaron y fueron partícipes de ese fracaso.

Hace mucho que nuestros gobernantes terminan sus cuatrienios desnudos ante el país. Asediados por su incapacidad de ejecutar, carcomidos por el apetito voraz de un capital extranjero que nunca esta satisfecho. Seducidos por el embriagante sabor del poder que es la madre y el padre de la corrupción.

Derrotados por su ineptitud y extraviados por la miopía que no les permite ver que el rumbo por el que han llevado al país no solo provocaba cada vez mayor sufrimiento y desasosiego en el pueblo sino que actuaba en contra de su interés de mantenerse en el poder.

El deterioro del gobernador es palpable. Es un dirigente diezmado, sin capital político, frágil y castrado. Abatido en una batalla campal con la oposición interna de su partido, signo evidente del deterioro de un colectivo político.

El asunto es que, hace dos décadas, el desgaste de nuestras figuras políticas era paulatino y progresivo. En en esta época es acelerado y definitivo. Si el cuatrienio anterior duró dos años, este duró uno.

Hoy más que nunca el PNP se puede mirar en el espejo del Partido Popular Democrático y percatarse de que, a menos que den un giro de 180 grados, van destinados al mismo derrotero.

El gobernador, al igual que su padre, y sus predecesores está desnudo. Y, la verdad, da asco.

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