La buena voluntad al diferir

Lea la opinión del secretario de la Gobernación

Por William Villafañe

Las miradas retrospectivas a noticias recientes obligan a comenzar el año redescubriendo que, aún en los tiempos y circunstancias que estamos viviendo, hay quienes intentan seguir disfrazando en política partidista la política pública. La búsqueda de soluciones razonables a la cantidad de situaciones que enfrentan diferentes sectores de la isla, aun estando fundamentadas en la sana administración, han sido objeto de ataques infundados que solamente se pueden identificar como ejemplo de las estrategias y actitudes que, evidentemente, nuestro pueblo ha decidido dejar en el pasado. Y es que, aun cuando la mesa de diálogo en la que la presente administración ha logrado, o sido testigo instrumental de importantes acuerdos, siempre hay quienes llegan a ella con mucho en qué diferir y poco en que estar dispuestos o dispuestas a acordar e, inclusive, dejar atrás.

Cuando miramos el presente bajo el colorido crisol que más se asemeja al que llevan las insignias de nuestra colectividad, perdemos de perspectiva que, como bien decía Miguel de Unamuno, tenemos que actuar más como “padres de nuestro porvenir” que como “hijos de nuestro pasado.” Quienes residimos en este terruño borincano hemos demostrado que ya dejamos de disfrutar del juego político partidista, y aprendido a observar a quienes viven para justificar sus fines, en vez de promover mejores medios para alcanzar el bien colectivo. No es momento de transformar las dificultades del presente en potenciales ventajas electorales, mucho menos señalar con espíritu acusador a quienes la madre naturaleza nos ha dado la gran lección de reconocer como semejantes, en medio de la adversidad y el dolor.

Nos dice William J. Bennett que “no podemos convertirnos de improviso en aquello que no hemos cooperado en llegar a ser.” Y soy del parecer que, aun cuando ha pasado la tormenta y hemos descubierto que unidos podemos “soportar la lluvia”, las dificultades a las que nos vamos enfrentando diariamente, no nos han permitido “ver el arcoíris”, aun cuando tenemos puesta nuestra mirada en un mismo norte. Las alternativas y medidas razonables para continuar levantando a Puerto Rico están sobre la mesa. Las puertas están abiertas y el diálogo continuará en la medida en que, aun en medio de las diferencias, aflore siempre la buena voluntad; que el deseo de servir sustituya la desatinada necesidad de prevalecer en todo.

Quienes me conocen saben que siempre he pensado que una de las virtudes de diferir es que, en el mejor de sus contextos, siempre viene en compañía de la oportunidad de avanzar. La consecuencia de presentar y defender opiniones en contrario no debe ser el estancamiento de conversaciones ni mucho menos del inmovilismo al que estuvimos sujetos por tantos años.

Cuando hay buena voluntad y el principal interés es el bienestar colectivo, el diferir debe ser la puerta que nos lleve a descubrir que es más lo que nos une que aquello que nos separa.

Hoy por hoy, nuestro pueblo requiere que actuemos como en aquel difícil e inolvidable primer día luego de María: ofreciendo a todos y todas una mano amiga, reconociendo la responsabilidad que cada residente de la isla tiene con Puerto Rico, y que el mayor deseo de quienes dependen de las determinaciones que se tomen, desde los municipios hasta la capital federal, es que nos mantengamos enfocados en lo verdaderamente importante y aunemos esfuerzos y recursos para seguir adelante. Caminemos a la meta marcando el paso por la ruta de progreso. En cada oportunidad, mostrando nuestra buena voluntad, dando un nuevo primer paso, como decía aquel anuncio de antaño, con nuestro mejor pie al frente.

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