Le fallamos a los que se fueron

Lea la opinión de Dennise Pérez

Por Dennise Pérez

Las cifras varían según la fuente. Y en honor a la verdad, ya son inconsecuentes para mí a estas alturas. Son demasiadas las personas que se han ido de Puerto Rico desde María.
Ya el fenómeno del éxodo había comenzado hacía unos años y se atribuía a múltiples factores, siempre siendo la más lógica y la que mejor recoge las razones el buscar una mejor calidad de vida y mejores oportunidades para la familia. Esa razón es dura si se evalúa en profundidad. Significa que para alguien fue imposible obtener sus sueños en su isla, cerca de los suyos, o que, al menos, momentáneamente vio en otro lugar del hemisferio una mejor oportunidad.

Es doloroso de alguna manera, pero hay un propósito noble en esa mudanza. ¿Quién puede juzgar esa intención? ¡Nadie! Hasta que llegó María, yo escuchaba: “Me mudo a Estados Unidos”, y suspiraba con tristeza, lamentaba que se nos fuera otro ser valioso más y me preguntaba internamente si sería para siempre, si recuperaríamos ese recurso para Puerto Rico, si volveríamos a ser suficientemente atractivos para esa persona, compitiendo con nuevas raíces que echaría en otro lugar. Siempre me iba en esa nube. No es fácil ser yo. Me voy a la cama con esos pensamientos que son como las letritas de CNN: no paran.

Tener que salir de Puerto Rico por unos días después de María, vivir esas horas en el aeropuerto y escuchar las conversaciones de la gente a mi lado me marcó: unos que se iban huyendo, otros que juraban que no volvían, otros que decían adiós temporalmente hasta que asomara nuevamente la normalidad, y otros hablando fatal de su tierra.
Yo volvería. Salía con un proyecto específico.
Pero ya han pasado más de 100 días de María, y escuchar “Me mudo a Estados Unidos”, o enterarme por las redes de que alguien que aprecio se ha marchado es diferente. El que se fue de la isla después de María se fue porque se cansó de que no le devolviéramos con premura una esperanza de normalidad, se cansó del peor sentimiento que es la incertidumbre, se cansó de que no le devolviéramos una vida. Sabrá Dios cuántas veces resistió la tentación de partir, sabrá Dios cuántas veces hizo fuerza para mantenerse batallando en su isla, sabrá Dios cuántas veces puso la cercanía a su familia en la isla por encima de cualquier cosa y se levantaba todos los días pidiendo fuerza y buscando razones para quedarse. No se las dimos. Punto.

Día tras día le facilitamos un titular que le quita las ganas a cualquiera. Que si las escuelas, que si la seguridad, que si los bolsillos, que si la Junta, que si las peleas, que si el Congreso, que si FEMA, que si la lentitud. Más vale que se harta el más bravo.

Dicen que se ha ido un cuarto de millón de puertorriqueños en 100 días. ¡Wow! Ayer, con la partida de una talentosa buena amiga a Estados Unidos, me dio una tristeza que ni ella imagina. Su esposo se había ido después de María, y ella fue un par de veces para “acomodarse” antes del paso final. Y yo me enteraba de sus “acomodos” intermitentes y me daba como cosita. Hasta que se acomodó y se montó en el avión con el esposo y su bebito. La foto tradicional de “nos vamos” en el avión, con todos sonriendo. Pero yo, que la conozco, sé que esos ojos habían llorado tremendamente antes de haber dicho “cheese!”

Mal momento ese porque vi la foto en un lugar público donde me tomaba un café. Y sin darme cuenta ya tenía los cachetes llenos de lágrimas. Obvio que fue porque la quiero y porque sé del amor que tiene por los suyos en la isla. Pero es que en esa pareja de profesionales tremendos vi reflejado a un Puerto Rico que me dio miedo y, a la vez, me dio una gran tristeza.

Me dio tristeza porque no son los primeros. Tampoco serán los últimos. Nos hemos quedado cortos en darle una Patria a tanta gente que ama esta tierra que es suya. Y vivo a la expectativa de que el próximo en coger el avión sea un ser querido mío, que justificadamente arranque a buscar una mejor oportunidad. No es miedo, es terror. Y tenemos que hacer algo ahora. Les fallamos a los que se fueron.

Con lágrimas empecé a escribir y con lágrimas terminé.

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