Come como una llaga mala

Lea la opinión de Dennise Pérez

Por Dennise Pérez

Mami es una experta en dichos pueblerinos. Unos son de pueblo y otros se los ha inventado ella. Es nivel en que nadie la supera.

Nunca he sabido si este en particular es de ella o le pertenece a alguien, pero solo a ella la he escuchado decir: “Come más que una llaga mala”. Yo siempre lo repetía sin darme cuenta de la repulsioncita que eso representa médica y físicamente. Ahora me doy cuenta de que, cuando uno tiene una llaga que te “come”, es porque tienes una especie de enfermedad terrible.

Literalmente, se pierde la piel porque una bacteria se la come. Imagínese eso. Y a mí, que me dices alguito y me lo imagino en vivo y a todo color. Pero mi madre usa el término para identificar a alguien que come sin parar.

Con eso me he topado en estos meses recientemente. Cuando conocí a mi hijo, tenía nueve años y siempre me llamaba la atención que lo veía inapetente, un total tiquismiquis para comer. Llegaba al punto de mi desesperación, porque primero, una madre siempre quiere que su hijo coma. Al día de hoy y a mis 42 años, mi mamá pretende que coma a todas horas, y si bajo dos onzas, las nota a leguas; y aunque me dice que me veo guapa, a la hora de sentarnos a la mesa me indica, al menos en tres modalidades diferentes: “Ponte a comer”. Ahora le ha dado con que me voy a poner diabética. (Antes era que me iba a morir del corazón).

Y ahora que soy madre del niño que ya no tiene nueve años y que es un preadolescente, siento que de repente tengo un hijo con triquinosis (total exageración), que consume algo y es como si tuviera un animalito esperando en el sistema gástrico para atajarlo, comérselo él y que el niño se quede como si nada. Literalmente, de comer poco ha pasado a comer más que yo, y me atrevo a decir que casi más que su padre, porque al menos su padre conoce las consecuencias de comer mucho, pero, como mi hijo ni las conoce ni las ve en su cuerpo, no para. Ni pensar en el kid’s menu. Eso es un chiste para él y para sus tripas.

He pasado de casi llorar para que desayune a hacer dos desayunos porque la avena se le queda en una muela y a mitad me pide una tortilla “con tomate picadito encima”. He pasado de tener quejas en el colegio de que no come en el almuerzo a levantarme a las 5 a. m. para hacer arroz, habichuelas y bistec para que caliente en el almuerzo. He pasado de que la lonchera llegue tal cual la envié a llena de cosas que NO envié porque encima hace trueque con sus compañeros. Y cuando se monta en el carro, a la salida del colegio tiene hambre, a la hora de llegar a casa vuelve a comer y a las siete ya está buscando como ratoncito por las esquinas. A veces, me ha despertado el sonido de los gabinetes porque está buscando qué más comer y yo no entiendo ya cuántas veces es que uno come al día. Literalmente, he despertado y lo he visto comiéndose un pedazo de pizza. Inexplicable. ¿Dónde mete todo eso el flaco este?

Solemos ir a un lugar a comer sábados o domingos, porque nos conocen, y nos atienden tan bien que no es necesario mucho protocolo. Es un lugar conocido por las porciones enormes que sirve. Hace como cinco meses pidió unas costillas, y mientras la mesera escribía incrédula su pedido, yo iba de lo más feliz porque pensaba que eso significaba doggie bag, que se lo comería después en casa y me evitaría cocinar. También, como dice mi madre, aquello no lo brincaba un cabro. Pues nope. Se lo jartó bien jartadito ante los ojos atónitos de los comensales, empleados y su madre.

Supe ahí que, a sus 11 años, mi wallet cambiaría para siempre. Y recordé los años en que iba con mis padres a comer fuera. Yo no recuerdo que mis padres nos dieran el menú para elegir. Nos pedían ellos —éramos tres hermanas, tres precio$$— y era un lujo permitirnos abrir la boca. Todavía recuerdo un día, ya más grandecitas, que abrimos la boca las tres y pedimos “mar y tierra” en El Tenedor, en Juncos, sin saber lo que era, solo porque sonaba lindo. Y papi, que jamás usó una tarjeta de crédito, miró a mami como diciendo: “Pero ¿y el pollo y las papas?”
Ahora este niño elige lugar, come lo que quiere y se lo come todo. Yo le digo que aproveche, que el día menos pensado tendrá que medir bolsillo y porciones. Y ya no será tan placentero…

Quizás le pase como a mí ahora, y ya no comerá como llaga mala, sino como pajarito de río.

¡Que coma! ¡Que crezca!

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