Acostumbrados

Lea la opinión de Mariliana Torres

Acostumbrados

Eclipsado en las noches por la tiniebla que nos arropa hace mes y medio, el reinado del gobernador Ricardo Rosselló ha pasado desapercibido. Ha pasado un año y, no mal interpreten, pues no me refiero a desaciertos. Su figura ante la llegada de la no invitada María, que hizo colapsar hasta el que se guilla de más fuerte y brabucón, no pasó desapercibida. Llegaron los fuertes vientos y el colapso de toda la infraestructura de comunicaciones y del servicio de electricidad del país. Aunque se anticipaba, no es lo mismo anunciar la llegada del lobo que verlo entrar.

Así las cosas, don Ricky ha tenido que lidiar con la peor catástrofe en la historia del país. Sí, es cierto que es muy joven y sin experiencia política, pero nadie le puede quitar que, al principio, manejó con madurez y rapidez las respuestas con los pocos medios que tenía, aunque días más tarde el mundo se le cayera encima. Por más promesas del mundo ideal, la realidad es que para el 15 de diciembre, fecha establecida por el gobernador para completar la energización, no todo el país tendrá luz. Los que hemos ido montaña adentro lo sabemos.

No hay ni un solo poste en pie. Y solo pensar que alambrar y alzar esos postes podría tardar años. No soy pájaro de mal agüero, pero es que observé comunidades en cerros del centro de la isla en Jayuya, Orocovis, Utuado y en la costa de Yabucoa y Humacao que parecían sacados de los años cuarenta. Es como si una bomba le hubiese caído en el mismo centro del pueblo.

Muy parecido a esa década traumática de Puerto Rico cuando el afamado fotógrafo ucraniano Jack Delano se enamoró de nuestras tierras verdes y de las caras de su gente trabajadora. Así captó el corazón y la fuerza del jíbaro puertorriqueño en la pobreza que lo consumía. Si Jack estuviera vivo, me imagino que estaría perturbado al volver a observar lo que una vez le sirvió para mostrar al Gobierno norteamericano por qué eran necesarias las ayudas federales.

Hoy día, también considero que su hijo Pablo sufre desde Connecticut cómo su patria se hace cantos entre las nefastas consecuencias de María y la pelea absurda de políticos y administradores corruptos. Por el amor y la distinción que siento por esa familia, planteo cuán deshonorable es todo lo que está ocurriendo: desde miles de familias durmiendo entre sabandijas hasta los más acomodados que siguen pidiendo espumosos en los restaurantes metropolitanos como si no hubiera ocurrido nada. Qué difícil se les hace entender que nacieron sin nada y que ha sido el esfuerzo del trabajo y su educación los pilares que han conformado su conciencia.

Cada vez que escucho al gobernador elaborar promesas pienso si realmente habrá consultado con alguien. Una cosa es lo que él desea y otra lo que se puede hacer. Como sucede en la mayoría de los mandatos, los que se arriman dañan las semillas plantadas, así que no me sorprendería si en el transcurso de 12 meses observamos la radicación de cargos y arrestos por traqueteos con contratos mal habidos.

Un conocido me expresó los otros días sobre lo bendecida que yo era al tener el servicio de electricidad (se fue al día siguiente) y le contesté que no lo era por tener el servicio, sino más bien tenía servicio porque mes y medio después de la catástrofe las brigadas de la autoridad energética hicieron lo que les corresponde y por lo cual se les paga. No es cuestión de suerte ni de promesa. Si cada cual hace su trabajo, todo saldrá bien. Si roban, la estructura gubernamental una vez más se irá abajo.

¿Y quién nos salvará? Ni idea, porque entre el calentamiento global que alimenta los huracanes y lo atípico de la temporada terminaremos acostumbrándonos a María y a los desencantos de los ladrones.