María nos quitó la venda

Lea la opinión de Julio Rivera Saniel

Por Julio Rivera Saniel

María nos sacudió con fuerza y a todos los niveles. No solo hizo colapsar nuestras estructuras físicas, sino que sus vientos han hecho tambalear a más de una de nuestras instituciones. Pero por sobre todo, esa resaca de la que aún intentamos sacudirnos ha hecho que —quienes habían fallado en reconocerlo— descubran por fuerza que gran parte de nuestra vida como pueblo ha transcurrido en medio de una borrachera de imprecisiones, realidades creadas y nociones falsas que nos hicieron pensar que nos paseábamos en un país del primer mundo. La venda se descorrió por completo.

La crisis creada por la deuda ya nos daba un jamaqueón fuerte. Pero María completó el trabajo.

Logró lo que cantidades industriales de información provista por peritos,durante años, no pudo conseguir: abrir los ojos del colectivo sobre la verdadera situación de la isla.

Atrás quedó la idea de la “isla rica” ejemplo de desarrollo económico y progreso para el hemisferio. Puerto Rico se ha descubierto a sí misma —en una suerte de mirada colectiva al espejo— como una nación pobre. Un país de amplia desigualdad social en donde la clase media es un animal en peligro de extinción. Donde la pobreza, oculta por la maleza o la distancia, ha sido adornada durante décadas con toneladas de asistencialismo. María ha quitado el maquillaje a la pobreza que hoy anda con la cara lavada.

María ha destapado a un país de planificación defectuosa. No por falta de advertencia de los expertos, sino por la terquedad institucionalizada. Esa que insiste en ignorar incluso las leyes existentes para convertir las prohibiciones en la norma. Así, la construcción en zonas inundables, en primera línea de playa o en zonas susceptibles a derrumbes se convirtió en la costumbre en lugar de la excepción. Hoy las consecuencias de esa terquedad están a la vista.

María ha destapado a un país que, desde la oficialidad, ignora su realidad caribeña. Ahora, en el país que nos dejó el ciclón, sin energía eléctrica y, como consecuencia, sin la posibilidad de encender los acondicionadores de aire, parecemos haber descubierto que en estas latitudes las temperaturas requieren estructuras de diseño fresco y ventilación cruzada. Que con esas fachadas “del norte” con cochera y un encerramiento invernal, estamos condenados a vivir en un horno.

Que aunque cuando lo vemos en otras coordenadas geográficas resulta más llamativo, aquí también, y muy cerca de nosotros, el 40 % de la población no tiene conexión al sistema de acueductos y tiene pozos sépticos.

Ahora que María nos ha quitado la venda de los ojos y que el país parece transformarse ante nosotros, ha llegado el momento de acoger las lecciones aprendidas y evitar tropezar con la misma piedra.

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