El bufón de Trump

Lo que sí nos dejó la visita de Trump fue la imagen de un truhán que, aprovechándose de la desgracia ajena, lanzó rollos de papel toalla a una audiencia de focas inútiles, incluyendo políticos y funcionarios del gobierno que aplaudían el despreciable gesto presidencial.

El bufón de Trump

Más que un presidente, Donald Trump es un bufón del mundo del espectáculo, pero con mucho poder. Por eso, a nadie debe sorprenderle la actitud que mostró el pasado martes cuando realizó su primera visita oficial a Puerto Rico para conocer “de primera mano” la devastación sufrida tras el paso del huracán María.

Trump llegó a la isla para protagonizar un encuentro relámpago. Luego de un par de horas se marchó sin haber pactado ningún compromiso de ayuda para el país, tal y como confirmó esa misma noche el gobernador Ricardo Rosselló Nevares en una conferencia de prensa.

Entonces, el gobernador certificó que tras sobrevolar algunas de las zonas afectadas Trump había logrado reconocer la magnitud del desastre que vivimos todas y todos los puertorriqueños. Mas ese “reconocimiento” no valió para obtener ninguna certeza de cómo el gobierno estadounidense ayudará a la reconstrucción del país, más allá de las pocas ayudas que se proveen a través de la Administración Federal para el Manejo de Desastres (Fema) y del ruido que producen los helicópteros de la armada estadounidense deslizándose por nuestros aires.

Lo que sí nos dejó la visita de Trump fue la imagen de un truhán que, aprovechándose de la desgracia ajena, lanzó rollos de papel toalla a una audiencia de focas inútiles, incluyendo políticos y funcionarios del gobierno que aplaudían el despreciable gesto presidencial.

Trump convirtió su ligera visita a la isla en un espectáculo mediático de mal gusto. Una acción estratégica que responde a un modelo de hacer política en el que prima la fastuosidad del espectáculo, aunque eso implique pisotear la dignidad de un pueblo, lo que a este señor poco parece importarle.

Pero así es el juego político que protagoniza Trump, construido sobre una lógica que procura impactar audiencias construyendo imágenes. Bien lo señaló el pensador francés Guy Debord al exponer que “el espectáculo organiza con destreza la ignorancia de lo que sucede e, inmediatamente después, el olvido de lo que, a pesar de todo, ha llegado a conocerse. Lo más importante es lo más oculto”.

En ese sentido, la receta más recurrida en la arena política trumpiana es aquella que posiciona con más fuerza los matices de la imagen. Construir fórmulas menos discursivas que intentan provocar frenesíes; atender más a lo retórico e imbuirse en la ligereza de lo cotidiano pretendiendo trazar puentes de “simpatía” hacia sectores de la población que están más acostumbrados a la banalidad del espectáculo que al discernimiento de ideas.

Trump es de esos políticos que no pierden oportunidad para exhibir las claridades de sus defectos. Anda despavorido por la vida intentando que el mundo se entere de su existencia, aunque sin bondades por mostrar. Es el resultado perfecto de una conjugación de narcisismo y megalomanía. Ese estado psicopatológico que revela signos de grandeza y que lleva a las personas a un delirio que roza en desórdenes mentales.

Lo peor es que esa actitud es contagiosa y su alcance supera a quienes con sus acciones degradan el ejercicio de lo político. Por eso resultó penoso la retahíla de selfies que políticos, funcionarios públicos y ciudadanos disfrutaron tirarse con este señor burlón. Un mordaz sarcástico y pendenciero que no perdió oportunidad para, en nuestra cara, recordarnos que nuestros muertos valen menos que los provocados por el huracán Katrina en Nueva Orleáns y que ya hemos desbalanceado el presupuesto gringo con tanta petición de ayuda.

Y mientras esto ocurría, nadie lograba responder las desdichas de miles de familias que aún están al desamparo porque no muy lejos de la periferia metropolitana, inclusive en la capital, se viven realidades muy complejas.

Por eso, cuando salimos a la calle nos encontramos con gente que frunce el ceño y mira con ironía cada vez que escucha en la radio a algún representante gubernamental diciendo que, luego del azote de María, las cosas en el país van mejorando.

Y aunque se puedan percibir algunos avances, citando al famoso sociólogo Emilio Durkheim, reina la “anomía de depresión”. Un estado en el que la gente percibe que no existen estrategias políticas racionales que puedan ser efectivas para resolver sus problemas y tampoco vislumbran un cambio cercano.

Y ante ese estado, poca importancia tiene la visita de Trump y el farandulereo de los políticos del patio si no hay compromiso concreto para aliviar las penurias del país. La mejor parte es que nuestro pueblo, aun en su desgracia, vive esperanzado y trabaja en la reconstrucción de sus vidas, sus familias y sus comunidades.