Furia racista y xenófoba en Estados Unidos

Lea la opinión de Hiram Guadalupe

Por Hiram Guadalupe

Racistas y ultraderechistas estadounidenses se apoderaron el pasado sábado de las inmediaciones del Parque de la Emancipación, en la ciudad de Charlottesville, condado de Albemarle del estado de Virginia. Fueron a protagonizar una de las demostraciones de odio e intolerancia más abominable en la historia reciente de ese país.

Grupos alineados al denominado movimiento supremacista blanco se convocaron para defender la permanencia de una estatua que yace erigida en homenaje al militar Robert E. Lee, uno de los íconos de los xenófobos y racistas norteamericanos y quien luchó por mantener el sistema de esclavitud de los negros en la última mitad de 1800.

“Unir a la derecha” fue la consigna más sonada de esa jornada, la que guardó mucha semejanza con aquellos días oscuros en que los racistas del Ku Klux Klan destruían hogares y comunidades de afroamericanos. Un concertado esfuerzo propagandístico ha pretendido borrar del presente las agresiones del KKK para hacernos creer que Estados Unidos es un país democrático y de libertades.

Sin embargo, es harto conocido que no es así. Algo anda mal en ese país cuando a finales de la segunda década del siglo XXI sectores de la derecha nacionalista teñidos de tez blanca profesan un terrible sentimiento de odio y furia contra ciudadanos negros, latinos, asiáticos, rusos, musulmanes, orientales, entre otros tantos.

Lo peor es que hoy esos racistas radicales no temen mostrar sus rostros. Van al descubierto, como aquellos manifestantes de la pequeña ciudad universitaria de Charlottesville que gritaron consignas neonazis, revelando el sentimiento segregacionista y de enemistad que ha tomado vuelo en Estados Unidos desde la llegada a la Casa Blanca de Donald Trump.

La aterradora manifestación del sábado produjo enfrentamientos con grupos antirracistas. Hubo muertos y decenas de heridos. Las imágenes del disturbio divulgadas en redes sociales y medios informativos eran espeluznantes. El gobernador del estado de Virginia declaró un estado de emergencia, mientras que el presidente estadounidense condenó los incidentes.

Hay una fuerte dosis de cinismo en la tibia condena expresada por Trump. En sus lacónicas expresiones nunca utilizó las palabras racismo, discrimen, odio y xenofobia para referirse al pavoroso disturbio. Pronunció un mensaje sui generis que evadió condenar las acciones de los extremistas nacionalistas blancos.

Pero nadie debe extrañarse por la retraída y encubridora reacción del presidente, quien arribó al poder esgrimiendo un discurso incendiario, colmado de rencores, repleto de improperios contra afroamericanos, latinos y asiáticos, y que ha atacado con fuerza a los mexicanos y musulmanes.

Un presidente que estigmatiza a los inmigrantes y los llama criminales y delincuentes; que se burla de sus rasgos físicos y desprecia su cultura y sus costumbres. Un presidente burdo, vulgar e irrespetuoso.

Un presidente imperialista que juega al desafío de una guerra frente a Corea del Norte con mensajes por Twitter de 140 caracteres. Un sujeto demente y desequilibrado que carga en sus hombros una historia nefasta de agresiones raciales y acciones xenofóbicas, como aquella primera colisión que tuvo ante el Departamento de Justicia federal en 1973, cuando, siendo jefe de la empresa inmobiliaria de su padre Fred Trump, fue demandado por discriminar contra los negros al negarse a rentarles viviendas.

Tampoco se debe olvidar su ferviente oposición al movimiento de derechos civiles de los años 1960 y 1970, así como su histórica y consistente defensa de la pena de muerte.

Su historial de racista empedernido está documentada en ensayos, notas periodísticas y libros, como aquel publicado en 1991 por John O’Donnell, un expresidente del Plaza Hotel and Casino Trump en Atlantic City que describió cómo el magnate se enfurecía si algunos de los empleados negros de su departamento de contabilidad hacían las cuentas de sus ganancias.

Sobran las historias que revelan la furia racista y xenófoba de Trump. Por eso hay que calibrar los efectos de su discurso en la sociedad estadounidense; cómo envalentona a los grupos ultraderechistas propagando una ola de violencia verbal y física extremas.

Los incidentes de Charlottesville tienen responsable. Ese es Trump y su ideología racista. Un presidente que está quebrando la sociedad estadounidense. Una amenaza para la estabilidad del presente y el futuro.

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