¿Conoces a alguien para quien todo es urgente?

Lea la opinión de Marta Michelle Colón

Por Marta Michelle Colón

Todos hemos sido víctimas de un colega que tiene tres velocidades; lento, lentísimo y parado, y esas esperas nos desesperan. Sin embargo, lo más común hoy día es la profunda necesidad de que todo sea urgente. La intensidad de la prisa, la incapacidad de dilucidar lo que, en efecto, es urgente y las posibilidades de establecer prioridades continuamente causan falta de productividad y conflictos interpersonales.

Parte del problema es que el Sr. y la Sra. Urgente son usualmente elogiados y este estilo se adhiere a la cultura organizacional, afectando el ambiente laboral significativamente.  A pura luz, el sentido de urgencia es esencial, pues genera actividad, dinamismo y creatividad. El peligro es convertirlo en un hábito y una práctica organizacional porque sus efectos negativos son poco a poco y sin mucho alboroto. ¿Medidas para mitigar el impacto negativo?

Reconoce cómo se impactan los demás. Cuando las personas solo demuestran urgencia para lo suyo y no muestran colaboración con lo urgente de los demás, se crea un ambiente desnivelado y de tensión. Peor aún, cuando en la urgencia se ve falta de cooperación, procesos atropellados, carece de planificación e integración, los resultados a corto y largo plazo son nefastos para la motivación individual y para organización.

Anima a los fanáticos de la urgencia a analizar las consecuencias de sus acciones. Para asegurar éxito a largo plazo, se requiere pensamientos profundos, deliberados, planificación y energía. Usualmente  —y la data continúa validándolo enfáticamente— es precisamente lo urgente lo que mata lo importante.

Distingue el sentido de urgencia de lo “urgente”. El sentido de urgencia es necesario para asegurar resultados y enfoque. Lo urgente usualmente no logra los resultados esperados, ya que el proceso tiende a ser desenfocado, se percibe egoísta, carece de resultados sostenibles, información esencial y toma de decisiones en equipo.

    ¡Sepamos distinguir la presión real y lo verdaderamente urgente! Cuando somos conducidos por una  urgencia excesiva, erradicamos el análisis, la deliberación y la reflexión adicional que son esenciales para generar resultados significativos y mejor desempeño.

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