La envidia de dormir

"A mí la universidad y el trabajo me dañaron el reloj interior"

La envidia de dormir

Siento envidia de la gente que duerme.

Érase una vez que dormía con mucha facilidad. Dormía horas corridas, tantas que mi mamá a veces iba a mi cuarto a tocarme para asegurarse de que respiraba. Y a veces dormía tanto y tanto que me pedía que por lo menos me levantara a comer y me volviera a acostar si quería.

Tiempos que no volverán.

A mí la universidad y el trabajo me dañaron el reloj interior. Romper noches y tirarme madrugones con el tiempo lograron que solo pudiera dormir corrido los fines de semana, como si el reloj de  lunes a viernes fuera mi enemigo. Pienso que quizás era así porque me hospedaba y los estudiantes que se hospedan como que no tienen vida propia. Se bañan cuando pueden, comen cuando pueden o cuando los dejan, o cuando otro no lo piensa antes, o cuando lo dice la tablita de las tareas. Y, lógicamente, duermen cuando pueden, cuando los dejan y cuando raramente deciden todos callarse a la vez.

Yo recuerdo levantarme en mi hospedaje, meterme a bañar, irme a la universidad y sentarme en Biología a dormir en lo que llegaba el profesor, salir de la clase y literalmente regresar al hospedaje a dormir porque sabía que a esa hora todas mis compañeras tenían clase, lo que, en teoría, me garantizaba al menos tres horas de sueño corridas los martes y jueves. Hasta que llegó el segundo semestre y a todas les dio con hacer lo mismo. Bye, bye, sueño.

Literalmente llegaba a casa de mis padres los viernes con las ojeras tamaño luna como si estuviera estudiando Leyes o Medicina, o clonando células en un laboratorio. Usaba todo el fin de semana para dormir. Iba a la iglesia casi arrastrada por mis papás y no tenía mucho interés en el jangueo. Yo quería, necesitaba dormir.  Después me puse a trabajar y a estudiar y ahí sí que se fue todo a la porra porque el tiempo de dormir era para reponer el tiempo que no había podido estudiar. Y ahí el café vino a acariciar mi vida para siempre.

Luego me casé y esperaba a que saliera mi marido del trabajo, a cualquier hora de la noche. Ciao al sueño. Cuando fui madre, ahí le corté de cuajo hora y media a la mañana y, cuando esta madre decidió que tenía que ir al gimnasio en las mañanas antes de que le diera un infarto, le quité tres horas. Listo. Café expreso, por favor.

Hay algo entre la edad y el sueño, dicen algunos estudios de esos de a montón por chavo. Yo creo que algo de eso hay, pero también hay extrañas excepciones, como mi papá y mi esposo, a quienes  la edad no parece hacer mella  a la hora de cerrar los ojos y mirarse por dentro.

La facilidad de tomarse siestas de horas es una cosa pasmosa. Yo lo miro y quiero hacer ruido por envidia. Jurao. Y, para dormir, con poner la cabeza en la almohada es suficiente. A veces se queda dormido tan pronto que yo todavía voy contándole por el mediodía, hasta que oigo el zzzzzzzz o, peor aún, un ahogo de ronquido. Señal inequívoca de que llevo hablando sola hace bahhhh… rato.

En este mismo instante estoy que me como de envidia. Estamos los cinco —mi esposo, mi hijo, los dos perros y yo— a bordo de un avión de regreso a Puerto Rico. Los cuatro están plácidamente durmiendo. Y no es que yo no tenga sueño. Si me quieren reventar la cabeza y los ojos. Es que no me puedo dormir. Y no tomo siestas. No me quedo dormida. Pero a estos cuatro, antes de que les dijeran: “Gracias por volar en …” ya estaba uno con la boca abierta y el otro babeando. Si el desayuno hubiera sido bueno por lo menos,  me habría podido comer el de todos —despierta y jartita—, pero ni eso.

En fin, que de mis años de juventud no extraño ni los novios ni los pajaritos preñaos. Si pudiera echar atrás el reloj, solo pediría dormir, dormir, dormir… hasta que me vengan a tocar el pecho a ver si estoy viva.