Oscar y lo que quiero escuchar

Lea la columna de opinión de Julio Rivera Saniel.

Oscar y lo que quiero escuchar

Oscar López Rivera ha sido liberado. Y ya sabemos bajo qué circunstancias. Pero tal vez conviene repasarlas. Lo que inicialmente fue un reclamo protagonizado exclusivamente por el independentismo y la llamada izquierda del país se convirtió con el paso de los años en un reclamo colectivo. Figuras asociadas a la izquierda, la derecha, grupos de la llamada sociedad civil y la totalidad de los partidos políticos se unieron al pedido de excarcelación. Tanto que, al filo del pasado proceso electoral, todos los candidatos a la gobernación aparecieron en un video que solicitaba la salida de la cárcel. Por lo mismo, y bajo cualquiera de las reglas del periodismo, la liberación de López era, indudablemente, un evento noticioso en toda norma.

Pero también quedaba claro que incluso en la unidad no había un consenso definitivo. Los pedidos de liberación se anclaban en argumentos diversos. Unos llegaban desde la afinidad ideológica. Otros desde un planteamiento humanitario o un reclamo de justicia que giraba en torno a la norma en penas como las que cumplía López. Por ello, tal vez la lectura sobre su regreso ha sido diversa. Y también las expectativas sobre su llegada. Para algunos, López debió haber sido recibido con todos  los honores, como “héroe de la patria”, afirmaban. Para otros, la participación de la oficialidad debía ser inexistente. Se trataba de un “criminal convicto”, decían. Y en medio de la guerra de opiniones sobre Oscar, llegó el escrutinio a la prensa, su cobertura de los hechos y las múltiples “listas de deseos”.

Con Oscar resulta imposible, estoy convencido, complacer a todos los sectores ideológicos. Pero, en definitiva, no es nuestro trabajo hacerlo. Lo entiendan o no, los diversos sectores ideológicos del país. El trabajo del periodista no supone un menú a la carta que se adapta a los reclamos de partes en controversia. Pero, para los representantes mas apasionados de los polos ideológicos del país, esa parecía ser la expectativa.

Para los unos, la prensa fue insuficiente. Oscar merecía más. Más tiempo al aire. Más entrevistas. Más perfiles. Mayor cobertura de su recorrido tras la liberación en y fuera de Puerto Rico. Para otros, la prensa se excedió. “¿Por qué lo entrevistan?”, preguntó más de uno sorprendido. “Reseñar su llegada y la fiesta de pueblo que se le organizó fue un exceso”, soltaban mientras intentaban vincular cobertura con afiliación ideológica. Todos sumergidos en su soliloquio de reclamos y demandas, todas ancladas en lo que la prensa “debe ser”, no según los estándares propios de la profesión, sino desde sus propias presiones ideológicas. Bastaba con mirar las redes sociales para verlo. En una misma página y con segundos de diferencia, ambos bandos sentenciaban y acusaban. “Ahí están trabajando para los ricos, tratando de envolver a las masas”, lanzaba Chester Torres en Facebook, como queriendo plantear una agenda de “derecha”. Justo debajo de su comentario, una usuaria de esa misma red que firmaba como Rosa IgleRodz acusaba a la prensa de todo lo contrario. “Qué mucha prensa amarillista y populete”. Dos comentarios más abajo, Bebatito Cruz aseguraba que la prensa era “socialista”. Un paseo por Instagram en cualquier foto sobre Oscar López o su cobertura arrojaba un panorama similar. Comentarios como “¿Por qué lo entrevistan?” o “¿Por qué no fueron a Chicago a acompañarlo?”, se intercambiaban ante mis ojos con la facilidad de aquel que se cambia de sombrero. Y quienes comentaban llegaban a su veredicto. Este, aquel y el otro son buenos o malos periodistas.

El problema con los veredictos de unos y otros es que no partían de un análisis basado en lo que los periodistas deben ser si se anclan en los preceptos básicos de la profesión. Partían de sus propios afectos y posturas ideológicas. El periodista es “bueno” solo si dice lo que “yo quiero escuchar” y entrevista a quien yo quiero que se entreviste. Malo, por todo lo contrario. El periodista es “bueno” si pregunta lo que “yo quiero” que pregunte y cuestiona a mis “enemigos”. Si lo hace con “mis amigos” y los objetos de mis afectos ideológicos, entonces no. Es malo.

Si usted es de los que se ubica en ese grupo, le anticipo que experimentará muchas más desilusiones. Los periodistas entrevistarán a quienes a usted le simpatizan y a quienes no. Cuestionará a “los suyos”, pero también “al resto”. A capitalistas y miembros de la “derecha”. A socialistas, jefes de Estado, criminales y héroes. A todos, le guste a usted o no. Si usted busca lo contrario, no quiere información. Busca propaganda.  En cuyo caso le sugiero ignore la cobertura periodística y opte por algún panfleto con la información de su predilección. No estará debidamente informado, pero sin duda tendrá acceso solo a lo que sus oídos estén dispuestos a escuchar.