La encrucijada del inmovilismo

Jerohim Ortiz Menchaca habla de la "revolución" que el inmovilismo sufrirá; una que, según él, ya está en marcha y se llevará a todos lo que tengan poder

Por Jerohim Ortiz Menchaca

A simple vista parece que este país se encuentra sumido en un inmovilismo crónico. Todo apunta a que solo los estudiantes y grupos de activistas que defienden alguna causa en particular son quienes protestan ante las medidas que está tomando la Junta de Control Fiscal y el gobierno de Ricardo Rosselló. Pero eso no es cierto. Aquí se viven tiempos de revolución.

La mayoría del país se encuentra atolondrado por la andanada de golpes que nos han propinado.

Todo lo que está sucediendo es un buen ejemplo de la Doctrina del Shock esbozada por Naomi Klein. Ella plantea que los gobiernos utilizan sucesos trascendentales que afectan dramáticamente la siquis colectiva para empujar transformaciones perjudiciales para las grandes mayorías que de otra forma serían muy cuesta arriba ejecutarlas.

Tomemos esta semana como ejemplo: Mientras la mayoría parlamentaria derogaba la Comisión para la Auditoría del Crédito Público, a las afueras del Capitolio Thomas Rivera Schatz volvía a utilizar la fuerza de choque para empujar, macanear, rosear con gas pimienta, suprimir la libertad de expresión e impedir la entrada de ciudadanos y medios de comunicación al Capitolio.

Pero nadie tuvo tiempo de digerir ese nefasto episodio de abuso y atropello de derechos civiles básicos. Al día siguiente nos madrugaron con la noticia de que ya no serían 300 ni 450 millones de dólares lo que se proponían recortarle al presupuesto de la Universidad de Puerto Rico, sino 512.

En medio de semejante torbellino el gobierno celebró una convención en la que puso en venta de pasillo gran parte de los activos del Estado. Es decir, la Autoridad de Energía Eléctrica, la AAA, la Autoridad de Carreteras y muchísimas otras corporaciones en las que hemos invertido miles de millones de dólares ahora serán administradas por compañías privadas que se quedarán con las ganancias pero no con sus deudas. Esas seguirán siendo nuestras.

Ante esta debacle y represión uno se pregunta genuinamente: ¿Porqué la gente no sale a protestar masivamente en las calles?

La verdad es que más de 500 años de coloniaje, represión y carpeteo no vienen en vano. Como decía el fenecido analista Benny Frankie Cerezo, este es un pueblo “aguantón”.

Pero no nos llamemos a engaño, aunque por el momento la mayoría físicamente no se moviliza, mental y emocionalmente en este país está en marcha una auténtica revolución.

No se está dando en el plano de las armas (Gracias a Dios) o en la toma de las calles de forma masiva. Esta revolución se está desarrollando en el plano de las ideas.

Si quieren una muestra revise los resultados de las pasadas elecciones. Y así se muestran pequeños ejemplos que denotan como el pueblo se va desprendiendo de sus afectos. Va despertando a su realidad y cambiando su forma de ver su entorno. Es una revolución que aún no llega de forma masiva al Capitolio, la Fortaleza o la Milla de Oro. Se siente con fuerza en la fila del banco, el supermercado, la iglesia, en la panadería y la barbería.

La gente está desdibujando las fronteras de su tolerancia y los linderos de sus lealtades. Han comenzado por romper emocionalmente con la clase política, pero, como toda revolución evoca a un reordenamiento de lo establecido, acabará por llevarse de por medio a todos los que hoy ostentan alguna forma de poder y sean vistos como una amenaza al nuevo orden que se establezca.

Si los sucesos maduran como pintan ese pensamiento eventualmente se convertirá en acción y se extenderá a todos los renglones de la vida colectiva.

¿Cómo lo se? Porque es lo mismo que se ha vivido en Grecia, España, Estados Unidos, Venezuela, Argentina, Oriente Medio y tantos otros confines de la Tierra. Nosotros no somos extraterrestres.

Y es que como bien dice el adagio que aprendí de mi abuela: no hay mal que dure 100 años ni cuerpo que lo resista.

El inmovilismo está en crisis en todas su manifestaciones. Se enfrenta a una revolución de la cual no habrá retorno.

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