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Palo doblao

El plebiscito de junio es un palo que nació doblao. Es una artimaña, una trampa electorera, un proceso cuyo resultado es conocido porque fue diseñado no para tomar el pulso de la opinión pública, sino para producir artificialmente un respaldo amplio a la alternativa anexionista. No se puede convertir en otra cosa, redefiniendo un voto bajo la independencia como un mensaje contra el Gobierno, la Junta o la estadidad. Si el PPD, como institución, lo intenta, estará legitimando el proceso y abocándose a un camino tortuoso. Veamos.

El propósito del plebiscito es dual. Primero, se trata de desarticular y desmembrar al PPD. El PNP sabe que el tema ideológico nos divide a los populares, en parte porque en tiempos recientes renunciamos a la defensa del Estado Libre Asociado, con sus luces y sus sombras, fallamos en educar al pueblo sobre los peligros de la anexión, e insistimos más en nuestras diferencias que en los valores comunes que nos unen. Un proceso en el que el ELA y su desarrollo o, dicho de otra forma, el autonomismo, está excluido, y en el que se nos obliga a escoger únicamente entre la anexión y la independencia, privilegia a un sector minoritario del PPD y excluye a la vasta mayoría de nuestro electorado.

El PPD se debe a y existe por su base. Rehuir a su obligación de defender el derecho de toda esa base a luchar por su ideal sería una traición a cientos de miles de puertorriqueños que han depositado su confianza y sus votos bajo la insignia de la Pava. Peor aún, podría ocasionar una división insalvable, si nos movemos a defender una alternativa —la independencia — en la que la mayor parte de esa base no cree. ¿Podríamos imaginarnos al PNP o, más aún, al PIP, abandonando su ideal y a los electores, muchos o pocos, que los han respaldado?

Segundo, el plebiscito es el racional para la reelección de Ricky Rosselló. El liderato del PNP no es tan iluso. Saben que en este momento histórico, con un Partido Republicano en ascendencia y más conservador que nunca, y un presidente Trump que aboga abiertamente por la exclusión de los hispanos de la vida pública en Estados Unidos, las perspectivas para la admisión de Puerto Rico están en su punto más bajo. Por ende, un resultado a favor de la anexión en el plebiscito, máxime si el PPD decidiera abogar por la independencia, le daría a Ricky un argumento sólido de cara a una elección que debería ser dura para un PNP que se enfrentará a las consecuencias de las decisiones que están tomando en estos momentos para lidiar con la crisis fiscal del país.

El argumento es sencillo: “aun cuando no se logró adelantar la causa de la admisión de Puerto Rico como un estado en este cuatrienio, si el PNP logra revalidar, el pueblo se asegura de que habrá un gobierno que buscará hacer valer el resultado del plebiscito. Por el contrario, si se vota por el PPD, partido que apoyó la independencia, nos aseguramos de tener en Fortaleza un gobernador que abogará en contra de lo que ya el pueblo reclamó”.

Es por ello que el PPD no debe refrendar el proceso adoptando una postura a favor de la independencia. Si lo hace, no habrá forma de cuestionar los resultados. No habrá forma de expresar nuestra indignación ante la exclusión de cientos de miles de autonomistas. No habrá cómo explicarle al Gobierno estadounidense que, aunque se votó bajo una alternativa ideológica, realmente esa expresión significaba otra cosa, máxime cuando ya algunos funcionarios electos del PPD han dicho que apoyan la definición que aparece en la papeleta. El PPD habrá abandonado para siempre su posición ideológica —compleja, sí, pero centrista y unificadora— y habrá decidido convertirse en un partido minoritario.

No se puede corregir a la naturaleza, a menos que el PPD luche contra ella adoptando una postura que legitima esta trampa y le haga el favor al PNP de enderezarle el tronco.

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