"100 años y un día"

Lea la columna de opinión de William Villafañe.

Ayer jueves, 2 de marzo de 2017, conmemoramos el primer centenario del momento en que el presidente Woodrow Wilson firmó la Ley Jones, también conocida como la Ley Orgánica de 1917.  Entonces, se otorgó a los nacidos en el archipiélago de Puerto Rico el privilegio de ser considerados y reconocidos como ciudadanos de los Estados Unidos y la opción de no aceptar la misma para quienes, bajo juramento, declararan intención de mantener su “presente estatus político”. En fin, hace cien años y un día que los nacidos en esta tierra ostentamos, por decreto del Congreso de los Estados Unidos, la ciudadanía que tantos otros individuos alrededor del mundo añoran.

En todas las familias puertorriqueñas aún se escuchan anécdotas o se repiten testimonios de quienes vivieron en aquellos tiempos. Nunca pierde relevancia la discusión sobre el efecto que tuvo en las relaciones familiares tomar una determinación, a menos de dos décadas de haber culminado la guerra hispanoamericana y de diecisiete años bajo los postulados establecidos en la Ley Foraker.  Para algunos, la legislación del Congreso era la culminación de los anhelos de quienes recibían con beneplácito las tropas estadounidenses cuando entraban a sus respectivos pueblos.  Para otros, por el contrario, representaba una imposición de la nueva metrópolis sobre “criollos” percibidos como individuos acostumbrados a las realidades del colonizado.

Cien años y un día después, seres que no queremos ver partir hacen sus maletas para buscar las oportunidades que ofrece el reconocimiento igualitario de tal ciudadanía. Llegarán a Florida, Texas, Pennsylvania, Ohio e Illinois para emprender un nuevo mañana. Muchos gozan de juventud y enormes talentos. Llevan consigo generaciones venideras y el corazón de los que quedamos atrás. La obligada pregunta es la siguiente: “¿Volverán?”. La respuesta: “Depende”.

En la película Field of Dreams (Campo de Sueños), un granjero (Ray) es alentado a transformar su cultivo de maíz en un parque de béisbol. La frase culminante era “If you build it, he will come” (“Si lo construyes, él vendrá”). La referencia era sobre su padre fallecido, un fanático del béisbol. Ray emprendió ante la adversidad, lo construyó y la magia trajo devuelta a su ídolo. Aquí no hablo de resucitar a nadie. Pero evoco tal frase para establecer que, si construimos un nuevo Puerto Rico, “ellos” (nuestros seres queridos) vendrán. La magia especial para ese Puerto Rico es la igualdad, una relación digna que valide a plenitud nuestros derechos ciudadanos aquí, en nuestro “campo de sueños”.

Esta administración está decidida a construirlo. Al igual que en aquella clásica película, en la que Ray enfrentaba la bancarrota, toca hacer frente al pesimismo y la absurda negación. Estamos convencidos del trayecto preciso y necesario para renacer. Hace unos días, mientras el gobernador Ricardo Rosselló pronunciaba su primer mensaje de situación, miles de compatriotas le veían con anhelo y entusiasmo desde algún estado federado.

Para quienes se han ido y quienes tienen el pasaje reservado solo “de ida”, sepan que los queremos devuelta. Nada de adiós, solo hasta pronto. Ayúdennos desde sus circunstancias a convencer de que los puertorriqueños no estamos dispuestos ni merecemos esperar cien años más. Sentimos orgullo por nuestra ciudadanía, pero la queremos sin reservas.