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Lea la columna de opinión de Rafael Lenín López.

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Está de moda entre los exalumnos de la UPR publicar el número de estudiante para mostrar la solidaridad con la universidad pública del país ante los recortes presupuestarios propuestos. Así empieza el mío. 

Como exestudiante de la IUPI, conozco la institución. Ahora, como periodista, la sigo conociendo y apoyando.

La Universidad de Puerto Rico es uno de los tesoros más valiosos que no podemos abandonar. Si lo hacemos, se nos va la vida como país. En el Departamento de Educación y en la UPR, desarrollados a su máximo potencial, está el verdadero plan fiscal de Puerto Rico si queremos un futuro socioeconómico sustentable. Lo demás surge por añadidura y como complemento de ello.

Empecé en el entonces Colegio Universitario Tecnológico de Ponce (CUTPO), uno de varios campus que estaban bajo la desaparecida Administración de Colegios Regionales (ACR). No teníamos el estatus de “recinto” y queríamos serlo. Fui parte del comienzo de una lucha para así lograrlo.

Años más tarde, cuando ya había decidido terminar mi bachillerato en Política en Río Piedras, la ACR desapareció y los colegios regionales se convirtieron en recintos, al mismo nivel de los demás, con mejores ofertas académicas y autonomía administrativa. Hoy, después de aquella transformación, se plantea como una de las soluciones el achicar el sistema universitario y eliminar algunos campus regionales. 

Estudié en la UPR en el final de la era de los procesos de matrícula verdaderamente rústicos, cuando el crédito rondaba en los $33, cuando se observaba un activismo estudiantil distinto (no por nada negativo, sino por las circunstancias de mi generación), en los tiempos de la visita de Norma Burgos, en medio de la venta de la Telefónica y otras privatizaciones que nos ocupaban, en medio de la construcción de Plaza Universitaria y con tantos problemas que se mantienen vigentes.  Estudié en la IUPI, imponiéndome la responsabilidad de costearme mis estudios con trabajo, a fuerza de prórrogas y sin ayuda de clase alguna. Viví en Santa Rita y en otros tantos rincones.    Tuve profesores que marcaron mi vida y una experiencia educativa maravillosa.

Soy un orgulloso producto de nuestra universidad pública y creo que es el último bastión que debe señalarse en el debate sobre las finanzas públicas.

Ciertamente, la UPR tiene que mejorar en muchos aspectos, sobre todo en su operación administrativa. Pero ninguna reorganización debe suponer menos ofrecimiento educativo. Hacerlo supondría darle la espalda al país y renunciar a un proyecto de futuro esperanzador.

En esta etapa de mi vida, estoy expuesto a la dinámica universitaria en el lado privado. He visto como se trata de un mito altamente injusto y falso el argumento que nos han hecho creer de que en el sector educativo privado son más eficientes. 

Ah, claro, no existe ese molestoso activismo estudiantil que en Puerto Rico se rechaza por algunos sectores y que en cualquier sociedad progresista es visto como una manifestación esperanzadora de la juventud preocupada por los problemas sociales. 

En estos días, la administración Rosselló ha tratado con cuidado el tema y parece estar buscando opciones fiscales para que “la sangre no llegue al río”. Algunas ya esbozadas tienen que ver con la contratación de recursos universitarios por parte del Gobierno central para dar servicios. Ello es cónsono con lo que desde la universidad se ha propuesto. 

Todo tiende a indicar que La Fortaleza dejará que la Junta Fiscal federal imponga su onerosa receta y que sean ellos los responsables del caos. 

Es cuestión de días y tenemos que tener cuidado con irnos por el lado equivocado. Podrían parecer algunas soluciones las más convenientes ahora, pero regresarán como problemas peores más adelante.

Mucha atención y… ¡que vivan los estudiantes!