Columna de Julio Rivera Saniel: Hundidos en el fango

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

Se trata de la locura colectiva. Durante los casi 20 años en los que he tenido el privilegio de trabajar en los medios de comunicación del país, el monstruo de la corrupción pública y la falta de honestidad en el recaudo de dinero para las campañas políticas han sido un elemento constante. No creo necesario recordar los casos porque, aunque muchas veces parece que nuestra memoria colectiva desecha esos tristes episodios —tal vez como mecanismo de autoprotección—, solo hará falta un minuto para comenzar a recordar.

Es una fórmula cíclica que parecería tener algo de masoquismo. El político es corrupto; se radica un caso; el país se entera; la gente se indigna y, con el paso del tiempo, olvida. Luego, cuando el ciclo se repite, lo hace encabezado por la sorpresa y el espanto. Reaccionamos sorprendidos como aquel que nunca ha visto un muerto. Solo que los cadáveres se nos han paseado de frente en una fila interminable y, tristemente, tan repetible como esa sensación de déjà vu que a veces nos llega. Sin embargo, aunque eso de la corrupción en las campañas políticas no es asunto nuevo, como país hemos fallado a la hora de ponerles freno a los factores que permiten que el ciclo de la corrupción se repita. Y no hablo del compromiso individual. Lo que es moral y lo que no lo es, ese material del que estamos hechos y que nos frena o nos impulsa a dejarnos seducir por la corrupción, no es suficiente para frenar el fantasma de la corrupción del colectivo. No es suficiente la buena voluntad individual. El país, como colectivo, necesita armas para defenderse de la corrupción, sobre todo aquella cimentada en el inversionismo político. Pero, aunque todos coincidimos en el repudio a actuaciones como las que se le imputan a Anaudi Hernández, seguimos consintiendo las circunstancias que las provocan. No queremos que los billetes privados seduzcan a los políticos deshonestos, ¿verdad? Pero los partidos políticos participan de un sistema de recaudación de fondos que descansa en el capital de bolsillos privados. De esos que no dan dinero por caras lindas o convicciones ideológicas, sino buscando que el billete que sueltan hoy se convierta mañana en un contrato otorgado, una “pala” para un ascenso rápido o un puesto para amigos y familiares en una agencia de gobierno. No queremos “atornillados”.

No hacen falta y desangran el erario por cuanto se les paga un salario por realizar funciones que el país no necesita. Son algo así como “refugiados” del partidismo. Pero favorecemos el partidismo “raja tabla”, ese que gana elecciones buscando funcionarios que soportan el activismo de barricada bajo agua, sol y sereno, comiéndose la calle y pegando pasquines en los postes a cambio de la promesa de un puestito “por ahí donde puedas acomodarme”.  Nos molestan las “planchas”. Detestamos que los legisladores pierdan la conciencia individual y la sometan a la colectiva detrás del escudo del caucus, pero los partidos promueven un sistema en el que la presidencia de los cuerpos la logra el que ayuda a pagar la campaña de sus compañeros que luego le deben lealtad a son de billetes verdes. Nos preocupa que los legisladores no evalúen los proyectos en sus méritos, que favorezcan o rechacen piezas de ley no por sus conviciones personales, sino por las de aquellos que, tras haber donado dinero a sus campañas, luego tiran de los hilos y los convierten en marionetas del capital privado, un eterno “no pero sí” que nos mantiene empantanados, hundidos en el mismo lodazal de siempre. La pregunta es qué está dispuesta a hacer nuestra clase política para frenar las raíces de la corrupción y el inversionismo político. ¿Están realmente dispuestas a renunciar voluntariamente a las aportaciones privadas a sus campañas políticas? ¿Existe verdadera intención de eliminar la aportación de dinero en cash a los candidatos y partidos? ¿Hay verdadera disposición para acortar las campañas y, con ello, reducir la necesidad de dinero para pagar campañas eternas y costosas? Es momento de hablar de verdaderos cambios que conviertan el camino del corrupto en uno cuesta arriba. Estas ideas y otras han estado sobre la mesa durante años, pero los partidos les han volteado la cara probando que promover cambios reales no les conviene. Y los ciudadanos nos hemos conformado con esa sorpresa que nos sobrecoge cada vez que un caso de corrupción ocupa titulares, como si se tratara de la primera vez. O promovemos cambios reales, o seguiremos hundidos en el fango de esa corrupción que no distingue entre partidos.
 

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