Columna de Rafael Lenín López: Cazuelas

Así nos decían cuando llegaba esta época del año. A la escuela a comer cazuela. La frase implicaba que estábamos de vuelta a la rutina y tenía una connotación implícita de penitencia.

Recuerdo que eran días de mucha ilusión. ¿Con qué maestra nos tocará? ¿Habrá estudiantes nuevos en el salón? ¿Cúan difícil será este año?  Era una sensación agridulce. Se acababa el verano, lo cual no sonaba bien, pero al mismo tiempo ya nos aburría el exceso de ocio.

Luego venía el ajetreo diario, las asignaciones, proyectos, los exámenes, los éxitos, los fracasos, los momentos excitantes, los aburridos, las clases difíciles, las que eran un mamey, los amores y desamores, los maestros retantes, los que debían dar un poco más, los abusadores, los amigos, las dudas, la vida, el aprendizaje. Aunque no había conciencia de ello, cada día era un paso en la formación de uno como ser humano, algunos más, otros menos significativos.

Esta era la experiencia de estudiante y ahora, la revivo como papá.  Mi hijo Rafael Antonio ya va para quinto grado y está en todo apogeo su vida escolar. Cada grado, cada día, cada semana es un evento en el que el crecimiento físico y mental se hace cada vez más evidente.   La matemática se hace cada vez más difícil, mientras sus ojos abren de manera distinta a la vida. Ambos asuntos son complicados. En nuestro hogar, la formación de nuestros hijos en todos sus aspectos, es el tema más importante. 

Ese esfuerzo de estos días para que nuestros hijos lleguen listos al nuevo año escolar resulta fascinante.  Es como el arquitecto o ingeniero que va diseñando poco a poco ese edificio grande y fuerte que va a servirle a la comunidad.  Sé que así se ve esta experiencia en muchos hogares y así debe serlo en todos.

Ahora, ¿Por qué esa ilusión, esa conmoción, que vivimos muchos papás en estos días, no se traduce al colectivo? ¿Por qué desde el Gobierno no se siente la misma vibra en estos días diseñando y preparando un sistema dirigido a construir una sociedad fuerte que sea de beneficio para el país en el presente y futuro?  Parecería que los papás estamos solos, como dicen los letreros en las playas sin rescatistas entrenados, bajo nuestro propio riesgo.

Yo no dudo de las buenas intenciones del secretario Román, o del presidente Bhatia, o del propio Gobernador, por mejorar nuestro sistema educativo. Tampoco dudo de la buena intención de las asociaciones, federaciones y las coaliciones sindicales. Sin embargo, las buenas intenciones no son suficientes. La voluntad no ha sido la necesaria.

Hablemos claro, el cuatrienio se acabó. Atrás quedaron las promesas de un mejor sistema educativo y los discursos del ciclo electoral pasado. Recuerdo como ahora, los discursos legislativos que anticipaban, al comienzo de esta administración, una escuela distinta. También tengo fresco en la memoria la inmensa expectativa que se lanzaba al país cuando se anunciaba que “el director de la escuela de Barrio Obrero de Santurce” dirigiría el complejo mounstro burocrático que representa el Departamento de Educación.  Esto se acabó y las expectativas se quedaron cortas.

Sí hay que reconocer que el Secretario Rafael Román ha movido, como ha podido, al Departamento de Educación a cambios, tanto en aspectos curriculares como en los asuntos administrativos. En muchas ocasiones en la dirección correcta. Mucho más que otros secretarios. Buenas o malas, ha logrado iniciativas atrevidas en una agencia acostumbrada a que nada pase y a que los sindicatos, bonafides hasta hace poco, dicten una pauta irracional. Sin embargo, sus esfuerzos se han quedado sin respaldo y acciones adicionales de sus superiores en la Rama Ejecutiva.

Como ha ocurrido en todas las áreas de Gobierno, el desempeño de Román no ha contado con un plan efectivo de comunicaciones y de acciones por parte de La Fortaleza.  Pero eso no es de sorprender, pues ese es el caso de muchos jefes de agencia exitosos, gracias a la inexistente Oficina Central de Comunicaciones de La Fortaleza.

En la Rama Legislativa, el Senado, durante este cuatrienio, impulsó tardíamente legislación promoviendo cambios drásticos en educación, mientras la Cámara se dedicó a debatir el asunto durante cuatro años, como solo allí saben hacerlo para dar la falsa impresión de que algo se está haciendo. Al final, los egos y los intereses sobre otros asuntos impidieron un avance sobre este tema en el Capitolio. 

Los sindicatos, por su parte, han perdido ocho años luchando por cuotas, y siguen en esas.
De nada vale la melancolía que nos puede provocar que se reviva desde el estado un jingle publicitario ochentoso como el que dice “esta es mi escuela” si nada sistemático y fundamental se hace.

Ante todo este panorama desalentador, la mayoría de los papás estamos en las casas forrando libros (en mi casa de una manera extremadamente meticulosa lo hace mi esposa Priscilla), ojeándolos para averiguar qué nos depara este año, averiguando cada interioridad de lo que pasará a partir de la próxima semana y preparándonos mentalmente para el nuevo año escolar. Sí, porque nosotros también empezamos las clases con ellos.

No hay justificación para que cambios dramáticos no ocurran. Estamos ante una coyuntura en la que la zapata de la sociedad debe recibir el respaldo más grande que haya recibido en la historia de nuestra isla. Así han salido otras sociedades de sus más profundas crisis.

Hoy hay menos estudiantes en nuestros salones de clases, mientras se mantiene la misma cantidad de recursos económicos para la educación. Y no importa si hablamos de la educación privada o la pública, los educadores –en su inmensa mayoría– salen del mismo laboratorio universitario. No se justifica el éxito de un sector ante el fracaso del otro. Tampoco el éxito de un grupo de escuelas públicas versus otro conglomerado de planteles.

Lo más frustrante es que, en medio de los debates por la junta fiscal y otros tantos asuntos, el tema de la educación no figura con prominencia en el discurso de los candidatos a la gobernación que se disputarán el poder en poco más de 90 días.

Es hora de que todos hagamos el compromiso de ir este lunes a comer cazuela y dejar ya de posponer la solución de problemas apremiantes.

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