Columna de Julio Rivera Saniel: Mirándonos el ombligo

Por Julio Rivera Saniel @riverasaniel

El país y nuestra clase política aún procesa el alcance y las repercusiones de las movidas del Gobierno de Estados Unidos sobre Puerto Rico en las pasadas semanas. Y, mientras lo hacemos —todos, como colectivo—, una cosa me parece más evidente que nunca: ha llegado el momento de cambiar de estrategia si queremos que la situación de la isla sea atendida como corresponde y que la capital federal coloque finalmente a la isla y la indefinición de estatus en su lista de prioridades. Porque, aunque muchos crean que lo hemos sido, estamos —y hemos estado— muy lejos de ser eficientes a la hora de lograr que se atienda el tema de Puerto Rico.


Hasta hoy hemos vivido en un extenso soliloquio, un estado mental en el que hemos creído que el universo gira a nuestro alrededor, que nuestros problemas como país son únicos y deben ser prioritarios para todos —nosotros y Washington—.


Tal vez por eso nuestra estrategia para llamar la atención del Gobierno de Estados Unidos ha sido, en esencia, mirarnos el ombligo, hablarnos a nosotros mismos, como lo hemos hecho en una interminable lista de consultas locales sobre nuestro estatus, en las que escogemos y rechazamos fórmulas de estatus. Definimos y redefinimos “opciones descolonizadoras”, pero nunca habiéndolas discutido con anterioridad con Washington. Nunca procuramos que los resultados de esas consultas vinculen al Congreso de turno. ¿El resultado? La nada. 


Lo mismo ha sucedido históricamente con nuestro activismo que —salvo contadas excepciones (Vieques)— ha sido más el equivalente a una pataleta a puertas cerradas que un esfuerzo eficaz para atraer la atención de la capital federal y la llamada comunidad internacional sobre nuestros asuntos y la necesidad de tomar acción. En lugar de desarrollar estrategias que provoquen esa “crisis” por la que se mueve tradicionalmente Washington o llevar nuestros pedidos al epicentro de la toma de decisiones, nuestro activismo se queda en el patio.

Protestamos aquí pidiendo acción de “allá”. Exigimos en el Capitolio o la Fortaleza las acciones que deben ser tomadas en el Congreso o Casa Blanca. Piqueteamos y exigimos a nuestros líderes locales (esfuerzo válido y necesario, sin duda), pero olvidamos la necesidad de ir a “bailar a casa del trompo” para llamar la atención de los medios de comunicación que mueven los cimientos del mundo político federal. Ignoramos que las acciones estrictamente locales tienen un efecto estrictamente local. Subestimamos la necesidad de no solo llamarnos a nosotros mismos hispanos, sino procurar que la llamada agenda hispana reconozca nuestra existencia y nos inserte en sus reclamos.

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