Columna de Julio Rivera Saniel: Nos escupen en la cara

Las señales que llegan desde Washington son claras y quien no las vea, simplemente no quiere hacerlo. Después de años de negación dentro de un sector del Partido Popular Democrático hoy es más que evidente que Puerto Rico es, simple y llanamente, una colonia. Y en letras mayúsculas. Las teorías sobre un acuerdo bilateral que partía de la soberanía de ambos pueblos fue echado a la basura de manera contundente por el Tribunal Supremo de Estados Unidos, la pasada semana. Y esta, el remate. Por si alguno de los excépticos quedaba en pie, ese mismo Tribunal determinó que la llamada “quiebra criolla” legislada desde la tan cacareada soberanía insular, su legislatura soberana y firmada por el gobernador soberano fue declarada inválida. Soberana bofetada.

Para añadir al agravio, el Congreso dio pasos para aprobar de manera definitiva la PROMESA. Esa que nos endilgará la Junta de Control fiscal que ha sido rechazada por la mayoría de los candidatos a la gobernación y que tiene el poder que otorga el Congreso para aplanar nuestras leyes, desplazar nuestra legislatura y relegar al rango de niño de mandado al gobernador o gobernadora que resulte electo.

Pero a pesar de todo lo anterior, de los reiterados recordatorios de que en nuestra propia tierra no podemos tomar decisiones, de esa visión de que una nación debidamente constituida desde el punto de vista sociológico es vista como poco menos que un pueblito del Norte o una tribu indígena, la reacción de ciudadanos y líderes políticos por igual parece ser la conformidad. Como aquel que recibe una bofetada a su dignidad y responde colocando su otra mejilla. Es perfectamente comprensible. Se trata del efecto de décadas de autoreduccionismo. De ese que tienen en común los territorios colonizados. Siempre buenos. Siempre dóciles. Siempre listos para seguir las instrucciones de la metrópoli. Siempre conformes. “No quiero la Junta, pero es inevitable. No podemos hacer nada” es el mantra al que se aferran muchos con la conformidad de siempre. Pero se equivocan. Ningún pueblo tiene que esperar con la cabeza en el hoyo que se le obligue a hacer lo que no quiere. El rechazo es posible, pero para ello es necesaria la militancia. El orgullo propio y la proliferación de un mensaje efectivo. Ya lo vivimos con Vieques, dónde la fórmula para vencer la imposición fue el liderato efectivo y la puesta en marcha de una estrategia para crear una crisis en los cimientos de una nación que se jacta de velar por los derechos civiles de los países del mundo, pero que falla estrepitosamente en hacer valer los de aquellos que, como los puertorriqueños, estamos legalmente bajo su propia bandera. Tener colonias es un delito ante la comunidad internacional y Estados Unidos ha aceptado, por primera vez de manera tan contundente, que sigue teniendo una. ¿Qué hará al respecto? Y más importante aún, ¿qué harán nuestro gobierno y  la clase política para denuciarlo y exigir la modificación de una relación indigna? Ha llegado el momento de crear la crisis. Suficiente de quedarnos sentados, esperando que nos escupan la cara.