Columna de Lily García: El tótem de la ballena

En febrero del año 2003  fui a pasar mi fin de semana de cumpleaños en un hotel en Rincón.  Aproveché esos días para ir a ver apartamentos como un primer paso hacia mi sueño de un día poder tener el mío frente al mar.  Mi plan era comenzar a conocer el mercado, no comprar en aquel momento. 

Pero me enamoré del primer apartamento que vi. Contaba con algo para un pronto; así que pedí aquella tarde una señal del Universo que me indicara si era buena idea invertir todos mis ahorros en esa propiedad.  De hecho, pedí una señal bien específica.  “Si veo una ballena desde este balcón, entonces debo comprar el apartamento”, me dije.  A los dos minutos escuché la voz de quien era mi esposo en aquel momento llamándome para que saliera al balcón a ver la ballena que se divisaba a lo lejos. Compré el apartamento, y, a pesar de las altas y bajas, he podido conservarlo y todavía hoy es mío y del banco. 

Nunca había vuelto a ver una ballena desde allí, a pesar de que en Rincón son tan comunes entre los meses de enero a abril. Y digo había, porque este pasado fin de semana se me dio.  Estaba trabajando en mi nuevo libro cuando mis amigas me gritaron desde la piscina que me asomara al balcón mientras señalaban el mar.  Agarré los binoculares y logré ver la majestuosa cola de una ballena jorobada sumergiéndose en las aguas de playa Córcega.

La imagen llegó en un momento en el que me encuentro en medio de muchas transiciones personales y profesionales. No había pedido ver una ballena, pero sí una señal sobre si las decisiones que estoy tomando son las correctas. Publiqué en Facebook lo que acababa de ver y pregunté cuál podría ser el mensaje. Dos personas respondieron compartiendo información que indica que el ver casualmente una ballena nadando en su hábitat natural  es símbolo de buena fortuna, además de una invitación para crear siguiendo nuestra intuición. Parece que estoy nadando en las aguas correctas.

Nada más con el testigo.